El bosque tardó en recuperar el sonido.
Al principio solo hubo quietud densa, incluso el viento parecía haber retrocedido ante el incendio. Después, poco a poco, regresaron los murmullos; el roce de las copas altas, el zumbido persistente de los insectos, el crujido leve de algún ser vivo moviéndose entre la maleza.
El humo ya no se veía desde allí. Pero seguía adherido a la ropa, al metal, al cabello.
Lysander estaba apoyado contra el tronco ancho de un roble antiguo. Mantenía la espalda recta, las manos apoyadas a ambos lados sobre la hierba. Tenía la mirada fija entre los troncos, perdida en una distancia que ya no existía.
El peinado que había llevado al abandonar el reino apenas conservaba su forma original. Las trenzas finas que nacían desde las sienes y se entrelazaban hacia atrás seguían sujetas, aunque algunos mechones plateados se habían soltado del tejido y caían libres sobre sus hombros. El resto del cabello descendía en ondas claras hasta el pecho, desordenado por la caída, machado con cenizas en algunas partes.
Sus orejas élficas quedaban completamente expuestas ahora, altas y delineadas con precisión natural, una de ellas marcada por una leve sombra de hollín en el borde superior. La luz del atardecer, filtrada entre las hojas, dibujaba pálidos reflejos en los hilos de plata que entretejían las trenzas.
Una línea oscura de sangre descendía desde su sien derecha hasta el ángulo de la mandíbula. Su respiración era regular, aunque a veces parecía quedarse suspedida a mitad del recorrido.
Caelan permaneció de pie unos instantes, atento al entorno. Solo cuando el bosque le devolvió nada más que sus propios latidos, solo entonces envainó su espada.
Se acercó a pasos lentos, habló firme y sin urgencia.
—Majestad.
Lysander giró apenas el rostro hacia él, le costó enfocar la distancia exacta entre ambos.
Caelan se arrodilló frente a él. Se quitó los guantes dejándolos sobre la hierba. Aflojó una de las piezas del antebrazo; el metal cayó con un sonido bajo, amortiguado por la tierra húmeda. Extendió la mano.
Sostuvo el mentón del rey con cuidado para inclinarle el rostro hacia la luz que aún quedaba entre las ramas. Con la otra mano apartó una de las trenzas finas que cruzaban cerca de la herida, deslizándola con precisión para no deshacer el tejido. Sus dedos rozaron el hilo de plata entrelazado y lo acomodó detrás de la oreja expuesta.
Observaba la herida sin hablar, el pulgar limpió con suavidad la sangre seca alrededor del corte, evaluando.
—No es profunda.
Apartó otro mechón suelto que caía sobre la sien y lo sostuvo allí un instante antes de dejarlo descansar detrás de la oreja. La piel bajo sus dedos estaba tibia, con el pulso estable.
Su mano descendió hasta el cuello, comprobando ritmo y temperatura. Después apoyó la palma abierta sobre sus costillas.
—Respire.
Lysander obedeció. El aire entró y salió más despacio. Caelan presionó con cuidado, cambiando ligeramente el ángulo.
—No está roto, solo contusión.
Retiró la mano y se incorporó lo suficiente para quedar a su altura.
El bosque continuaba murmurando alrededor. La luz se volvía más tenue a cada minuto. Durante los siguientes minutos ninguno habló.
El silencio se extendió un poco más, hasta que Lysander bajó la mirada hacia sus propias manos. Tenía restos de hollín en los dedos y una pequeña astilla incrustada cerca del nudillo.
—No eran bandidos.
Su voz salió baja, más bien pensando en voz alta, casi un susurro.
Caelan no respondió de inmediato. Se incorporó por completo y comenzó a desbrochar la coraza del pecho. Las hebillas cedieron una a una con un sonido seco. Dejó la pieza apoyada contra el tronco cercano.
—No —dijo al fin.
Lysander levantó la vista.
—Entonces… —vaciló apenas— ¿por qué?
El viento atravesó las hojas con un susurro largo.
—¿He hecho algo que no veo? —continuó, más despacio—. ¿Una decisión que haya…?
No logró terminar la frase. Su mirada se había vuelto distante, en un cálculo interno. Una revisión silenciosa de decretos, alianzas, concesiones, nombres.
—Majestad —la voz de Caelan fue firme, sin dureza—. No todo odio nace de un error.
Desató la siguiente pieza de armadura del hombro izquierdo. El metal rozó el suelo con un golpe controlado.
—Gobernar no es ser amado. Es sostener lo que otros quieren tomar.
Lysander apretó ligeramente la mandíbula.
—El pueblo no—
—El pueblo no lo intentó matar hoy —interrumpió Caelan, sin alzar la voz.
El rey guardó silencio. El bosque seguía respirando alrededor de ellos.
—Si esto fue planeado —añadió Caelan mientras soltaba las protecciones del costado—, no fue por un capricho reciente. Esto requiere recursos. Coordinación. Información que no circula en tabernas.
La última pieza del peto cedió finalmente. Caelan la sostuvo segundo antes de dejarla caer junto a las demás. Entonces su gesto cambió.
No mucho, apenas una tensión breve en el rostro, una contracción involuntaria al mover el brazo izquierdo hacia atrás. El dolor le atravesó el costado en una punzada limpia que no logró disimular del todo.
Lysander lo notó.
—Estás herido.
Caelan giró apenas el rostro, luego negó con la cabeza.
—Nada que impida seguir.
Intentó flexionar el hombro. El movimiento fue más lento de lo habitual.
Lysander se inclinó ligeramente hacia adelante, olvidando su propia contusión.
—Déjame ver.
Caelan sostuvo su mirada unos segundos. Luego, sin discutir, terminó de quitarse la última protección del antebrazo. Al hacerlo, la tela inferior quedó manchada de sangre oscura. No era profunda, pero sangraba lo suficiente.
Lysander no esperó permiso.
Se incorporó con cuidado, ignorando la protesta leve de sus costillas, y llevó una mano al borde inferior de su túnica. La tela azul estaba manchada de ceniza y polvo; aun así, el bordado en hilo plateado seguía intacto en el dobladillo.
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Editado: 05.03.2026