El amanecer se abrió paso sin que nadie pudiera señalar el instante exacto en que comenzó
La luz filtraba entre las ramas altas y cayeron sobre las cenizas de la fogata. Todavía humeaba apenas, desprendiendo un olor húmedo y ácido. El aire estaba más frío de lo que se esperaba para esa época del año.
Lysander abrió los ojos con el cuerpo rígido, su aliento se convertía en una leve nube de vapor. El suelo le había dejado la espalda entumecida. Se incorporó apoyándose en una mano mientras la otra fue instintivamente a las costillas, el dolor ya no era constante.
Respiró hondo. Frente a él, Caelan ya estaba despierto.
Sentado sobre una raíz gruesa, con la armadura apoyada a un lado. Solo llevaba la camisa oscura ajustada al torso y el pantalón de viaje. El vendaje improvisado cruzaba su brazo izquierdo, azul pálido con el hilo plateado deshilachado en un borde. No parecía haber dormido mucho.
—Majestad, despertó—dijo, bajo.
Lysander se puso de pie despacio. La cabeza le dio un leve mareo que acabó por disiparse.
—¿Has escuchado algo?
—Nada fuera de lo normal.
Los sonidos del bosque eran claros ahora: insectos, hojas rozándose, un pájaro que rompía la quietud con un chillido agudo. Una calma extraña comparado a lo que había pasado antes.
Lysander miró alrededor. La fogata, el metal oscuro de la armadura. La sangre seca en la tela. Nada de eso encajaba con la palabra «normal».
—Si regresamos —dijo sin mirarlo— ¿qué nos espera?
Caelan tardó un momento.
—Un palacio enlutado. Guardias redistribuidos. Y preguntas vestidas de preocupación.
Lysander alzó la vista hacia él. Avanzó unos pasos, pasando junto a la armadura. La rozó con la punta de los dedos. Estaba fría.
—Sabían dónde atacar, sabían cuándo, entonces alguien tuvo que hablar.
Caelan sostuvo su mirada sin incomodarse.
—La ruta solo estaba en manos del consejo reducido.
El rey apretó la mandíbula. El recuerdo del ataque volvió en ráfagas: el ruido del primer impacto, el relincho agudo, el metal chocando con metal, gritos que se cortaron en seco.
—Si vuelvo ahora —dijo con voz más baja— todo seguirá su curso. Investigaciones formales. Juramentos renovados.
—Y quien organizó esto sabrá que sobrevivió.
El viento movió las cenizas, levantando una pequeña nube gris que se dispersó enseguida.
—Podrían intentarlo otra vez y con menos margen de error — añadió.
Lysander quedó en silencio durante un largo momento. No era miedo lo que lo recorría, sino una claridad incómoda, severa en su forma de ordenarlo todo.
—Si no vamos a volver, entonces necesitamos saber qué ocurrió realmente.
El guardia se puso en pie y comenzó a colocarse la armadura con movimientos precisos. Ajustó el peto luego las hombreras. Cuando levantó el brazo izquierdo, el gesto fue más lento, pero no permitió que el dolor se notara.
Lysander lo observaba.
—Primero —añadió Caelan— volvamos al claro.
El olor llegó antes que la imagen. Ceniza mojada, cuero quemado. Un fondo metálico que se pegaba al paladar. El claro estaba tal como lo habían dejado.
El carruaje volcado mostraba la madera reventada. Una rueda partida estaba a varios metros. El suelo surcado por marcas profundas de cascos y arrastres.
Lysander caminó entre los restos sin hablar. No había cuerpos.
—Los retiraron—respondió Caelan, examinando el perímetro—. No dejaron nada que pudiera contarse después.
—Esto no fue improvisado. —Lysander lo miró — No fue solo para matarme.
Un sonido leve hizo girar la cabeza del caballero antes de responder, algo movido por el viento. A unos pasos del carruaje, medio enterrado bajo tierra ennegrecida, asomaba un borde amarillento. Caelan se acercó primeros. Se agachó y apartó la capa de ceniza con los dedos enguantados.
Era un fragmento de pergamino. Los bordes estaban quemados y quebradizos. Parte del dibujo central había sobrevivido.
El rey se inclinó junto a él. Líneas curvas, trazos precisos. No era un mapa común; la disposición no seguía caminos actuales. Y en el centro del fragmento intacto había un símbolo. Un círculo atravesado por una línea vertical, con pequeñas marcas en los extremos, similares a raíces.
Lysander dejó de respirar un segundo. Algo en su pecho respondió. El calor subió bajo la piel, expandiéndose desde el punto exacto donde su lunar estaba, se llevó la mano bajo su clavícula sin pensar. Caelan lo notó.
Forzó su mano a bajar.
—¿Reconoces el sello?
El caballero observaba el símbolo con una concentración ajena a lo analítico, atravesada por algo mucho más personal.
—No pertenece a Lúvembar —dijo al fin.
—Eso lo veo.
Una ráfaga de viento sacudió el claro. El pergamino vibró en la mano del guardia. En el borde quemado apenas quedaban restos de palabras junto al mapa, apenas legibles.
Lyr’Noct...
Caelan dobló el fragmento con cuidado para evitar que se deshiciera y lo guardó dentro de su túnica. Al hacerlo, su mano quedó apoyada un segundo más sobre su pecho, bajo la tela, sus dedos se cerraron en torno a una joya oculta. Lo apretó con fuerza, luego lo soltó.
Lysander no lo vio, estaba ocupado ocultando el calor que sentía bajo su hombro.
—No es una simple traición —dijo el rey, controlando la respiración—. Esto está ligado a algo anterior.
Caelan levantó la vista hacia el norte del bosque, donde los árboles se volvían más densos. Lysander lo observó.
—¿Qué?
—Si queremos respuestas, no están en el palacio. —añadió el guardia.
El silencio entre ambos no nació de la duda, sino de una verdad que terminaba de ocupar su lugar. Lysander no respondió enseguida. Sintió el peso de aquella idea descender en él con una claridad áspera, casi dolorosa. Dentro del palacio solo quedaban versiones medidas, gestos vigilados, palabras incapaces de tocar el centro de las cosas. Permanecer allí significaba aceptar la niebla. Y algo en él, más hondo que el miedo, ya no estaba dispuesto a hacerlo.
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Editado: 12.03.2026