El lamento de Nócthyra

Capítulo 9 - Sin estandarte

Después de caminar por alrededor de dos días, un pueblo apareció cuando el camino dejó de oler a resina y empezó a oler a humo.

Casas de madera baja, techos irregulares, una cerca torcida alrededor de un pequeño sembradío. Un gallo gritó desde algún patio. El golpeteo metálico de una herrería marcaba el ritmo del mediodía.

Antes de cruzar el primer poste de entrada, Caelan habló sin mirarlo.

—No puede entrar así.

Lysander bajó la vista a su propia túnica. Aunque el viaje la había ensuciado, el hilo plateado seguía captando la luz en el cuello y los puños. Las botas eran demasiado buenas. Las pequeñas argollas en sus orejas brillaban a cada paso.

Una mujer que colgaba la ropa los observó más de lo necesario.

—Lo sé —respondió él, en voz baja.

El guardia señaló un edificio con telas colgadas afuera y herramientas apoyadas contra la pared.

—Ahí.

Había una pequeña casa, estaba hecha de barro, paja y algo de madera. Por fuera estaba el mercader, limpiando algunos artefactos sobre una mesa.

Los miró a ambos en cuanto se acercaron, primero la ropa, luego a ellos.

—No son de aquí.

—No. —respondió Caelan con seguridad.

Lysander se llevó los dedos a su oreja izquierda. Retiró el pendiente y la argolla con un movimiento firme. Dejó las joyas sobre la mesa con un sonido limpio.

—Necesitamos ropa.

El mercader alzó las cejas.

—Eso paga más que una muda de ropa.

—También un caballo. —agregó

El mercader indicó a Lysander, apuntando a los bordados en plata de su túnica.

—También esos y es trato hecho.

Lysander miró a Caelan de reojo con indignación, aceptando. El mercader trajo una cuchilla pequeña con la que arrancó lo acordado.

Volvió al cabo de un rato con prendas.

—Pantalones de lino, camisa simple y una capa con capucha, lo que pidieron —dijo, entregándole la ropa. —con el resto les alcanza para un caballo, pero no será el mejor.

—No necesitamos el mejor. —respondió Caelan.

El mercader sonrió de lado, mientras le indicaba que lo siguieran.

—Eso dicen todos.

El establo olía a una mezcla de heno húmedo y cuero viejo. Dentro había caballos que levantaron la cabeza al ver a los desconocidos.

Uno marrón, que parecía tranquilo. Uno gris, bastante inquieto. Y uno negro, más bajo que el resto, con una línea blanca torcida en el hocico.

Este último pateó la puerta de madera cuando se acercaron.

—Ese no —Advirtió el mercader—. No sigue rienda, muerde. Lo han intentado todos Caelan suspiró.

—Entonces el marrón está bien.

Pero Lysander ya se encontraba frente al caballo negro, no le acercó la mano de inmediato, esperó mientras el animal lo observaba resoplando fuerte. Luego, despacio, levantó su mano con la palma abierta para que se acostumbrara a su olor, era evidente una pequeña conexión.

El mercader insistió.

—Va a morderte.

Sin embargo, el caballo bajó la cabeza permitiendo el contacto, un roce leve en la línea blanca imperfecta.

Caelan miró la escena con una leve sonrisa.

—Nos llevamos ese.

El hombre murmuró algo sobre que estaban locos. El trato quedó hecho.

La ropa nueva se sentía áspera. Los pantalones le quedaban apenas grandes. La camisa, simple, algo ancha en la zona de los hombros. Sin peso de bordados, sin historia.

El caballero sostuvo la capa frente a él.

—Incline un poco la cabeza.

La tela cayó sobre el cabello platino, ocultándolo casi por completo, a excepción de algunos mechones que se escapaban hacia el frente.

Caelan tiró de la capucha para ajustarla, sus dedos rozaron la piel ajena.

—Si vamos a hacer esto —dijo Lysander en voz baja— tendrás que tratarme como a cualquier persona.

El guardia le sostuvo la mirada durante un segundo.

—De acuerdo, Lysander.

El mercader les devolvió un par de monedas por llevarse a un caballo «barato», así que decidieron pasar a una taberna cercana a reponer algo de energías.

Entraron a la taberna cuando el sol comenzaba a bajar.

El olor a cerveza amarga y a pan tostado llenaba el lujar. La madera bajo sus pies crujía al paso. Se sentaron cerca de la ventana para mirar al caballo mientras permanecía amarrado a un poste.

Un orco de barba gris y sin cabello estaba en la barra, la espalda recta pese a los años. Una cicatriz le cruzaba el rostro.

La puerta se abrió de golpe. Un individuo más joven ingresó con un anuncio en la mano.

—¡Es oficial! —anunció un muchacho, sin saludar—. El consejo declaró luto. El rey cayó en la emboscada.

La noticia golpeó a Lysander con una brusquedad que le vació el pecho. A su alrededor, las conversaciones bajaron de volumen. El orco de la cicatriz dejó la jarra sobre la madera.

—¿Cuerpo?

—No recuperado

—¡Entonces no está muerto! —contestó golpeando la mesa.

—El consejo no esperó cuerpos —replicó el muchacho—. Está buscando estabilidad.

Un murmullo tenso recorrió el lugar.

—Siempre fue demasiado indulgente —dijo alguien desde una mesa.

El orco veterano giró la cabeza lentamente.

—No era indulgente, él escuchaba, él era la salvación de la tierra usurpada.

—Escuchar no detiene traiciones —respondió el joven.

El silencio fue largo. El veterano bebió un trago antes de volver a hablar.

—Si fue traición… espero que no haya muerto sin saberlo.

En la esquina de la taberna, el encapuchado siguió inmóvil, aunque sus dedos se tensaron apenas sobre la mesa. Caelan captó el gesto. No lo señaló ni rompió el momento con palabras. Solo permaneció allí, firme y vigilante, con la atención afilada sobre todo lo que pudiera romper el equilibrio.

Cuando salieron, el cielo ya estaba teñido de naranja, el caballo negro ya tironeaba la rienda, impaciente.

—Habrá que ponerle un nombre. —dijo Lysander, mientras quitaba la cuerda del poste.




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