Aquel día, el salón del consejo estaba más frío de lo habitual.
Las brasas en los braseros apenas lograban templar el aire y el olor a cera derretida se mezclaba con el del pergamino viejo acumulado sobre la mesa central. Afuera, el viento golpeaba los vitrales con un sonido constante que hacía vibrar levemente las llamas.
El asiento del rey permanecía vacío, y alrededor de él el salón parecía haberse reorganizado en torno a esa ausencia
No estaba cubierto ni adornado. Lo habían dejado tal como estaba, entregado por completo a su vacío. Nadie se atrevía a mencionarlo.
—El anuncio ya salió hacia las provincias —dijo uno de los consejeros mientras acomodaba varios documentos—. Para mañana el reino entero sabrá que el luto ha comenzado.
El anciano sentado frente a él no respondió de inmediato. Sus dedos, llenos de manchas de tinta, golpearon suavemente la madera.
—El luto no reemplaza la verdad —dijo finalmente—. Seguimos sin un cuerpo.
Algunos bajaron la mirada.
Uno de los nobles más jóvenes cruzó los brazos.
—No podíamos esperar. La incertidumbre debilita la frontera y las ciudades empiezan a inquietarse.
—Lo que las inquieta —respondió otro— es no saber quién gobierna realmente.
El silencio volvió a caer.
Las sillas crujieron. Una pluma rodó lentamente hasta el borde de la mesa.
—Las patrullas revisaron el lugar de la emboscada —continuó el primero, intentando recuperar el control de la conversación—. No encontraron supervivientes.
—Tampoco encontraron cadáver —murmuró el anciano.
Una llama chisporroteó.
Nadie quiso sostenerle la mirada.
—El pueblo necesita creer que esto terminó —insistió alguien desde el fondo.
—¿Y si no terminó?
La pregunta quedó suspendida.
Un consejero respiró hondo antes de hablar.
—El rey era… impredecible. Cambiaba leyes sin consultar. Escuchaba demasiado a quienes no correspondía.
—Escuchar no es un defecto —replicó el anciano.
—Depende de a quién escuches.
Las palabras no se desvanecieron al ser pronunciadas; quedaron suspendidas con un peso sombrío.
El asiento vacío parecía ocupar más espacio que todos ellos juntos.
—Si sobrevivió —dijo una voz grave, casi cansada—, volverá distinto.
Nadie respondió. Todos conocían la posibilidad, aunque nadie hubiera querido darle forma con palabras. Y ninguno estaba verdaderamente preparado para afrontarla.
En Valdrenn, todo se sentía más áspero, desde las voces hasta los silencios.
El salón de guerra estaba iluminado por braseros bajos que llenaban el aire de humo y olor a hierro caliente. Un mapa cubría casi toda la mesa, marcado con piedras y pequeñas fichas de madera.
Un hombre observaba el borde del mapa mientras giraba lentamente un anillo en su dedo.
—El consejo de Luvembar actuó rápido —comentó.
—Era lo esperado —respondió otro—. Sin rey, necesitan aparentar control.
El primero levantó la vista.
—Control… o miedo.
Un mensajero entró con la capa húmeda y barro seco en las botas.
—Los caminos principales están vigilados —informó—. No hay señales del rey.
El hombre del anillo se inclinó sobre el mapa.
—Entonces tomó el desvío.
El mensajero dudó.
—¿Debemos enviar más hombres?
—No —respondió otro antes de que el primero hablara—. Si el rastro es correcto, seguirá avanzando solo.
Hubo un silencio breve.
Nadie parecía completamente cómodo con aquello.
—Espero que sepan lo que están haciendo —murmuró uno de los presentes.
El hombre del mapa no respondió.
Solo observó el bosque dibujado en la madera.
Muy lejos de allí, en una habitación pequeña iluminada por una sola vela, un fragmento de pergamino descansaba abierto sobre una mesa.
El símbolo del eclipse estaba dibujado con líneas precisas.
Una figura permanecía inmóvil observándolo.
—¿Eligieron el camino? —preguntó una voz desde la oscuridad.
—Sí —respondió el hombre.
La vela parpadeó.
—Entonces todo sigue su curso.
El pergamino fue enrollado lentamente.
La llama se apagó.
Luego de dos días de viaje, el bosque empezó a cerrarse sobre el camino.
Los árboles crecían más altos en aquella parte de la ruta, con troncos anchos y oscuros que levantaban una barrera natural a cada lado del sendero. Las raíces sobresalían de la tierra en relieves torcidos, obligando a Cuervo a disminuir el paso y medir cada apoyo. El aire estaba cargado de humedad, de hojas viejas y tierra removida. De vez en cuando, el canto breve de algún pájaro quebraba el silencio y se extinguía enseguida, tragado por la espesura.
Cuervo avanzaba con constancia, aunque el cansancio empezaba a notársele en el cuerpo.
Lysander observaba el camino con la capucha cubriéndole parte del rostro. La luz se filtraba entre las ramas en franjas irregulares que se deslizaban sobre ellos al ritmo del viento. A ratos le rozaban las manos, el perfil, los pliegues de la ropa. Luego desaparecían otra vez bajo la sombra.
Caelan llevaba las riendas con firmeza.
No hablaban mucho.
Desde la taberna, algo se había desplazado entre ambos. La cercanía seguía allí, impuesta por el viaje, por el caballo compartido, por la necesidad de avanzar juntos. Aun así, el silencio ya no tenía la misma forma. Había más atención en él, más conciencia de cada pausa, de cada palabra dicha y de las que quedaban atrás, suspendidas.
Cuervo resopló y sacudió apenas la cabeza.
—Está cansado —dijo Lysander al cabo de un rato.
Caelan mantuvo la vista al frente.
—Todos lo estamos.
Una sonrisa breve tocó la boca de Lysander antes de desaparecer.
El sendero empezó a descender de manera suave. La tierra se volvió más blanda bajo los cascos, y el aire cambió. Llegó más fresco, más limpio, atravesado por una humedad que se adhería a la piel y a la ropa.
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Editado: 12.03.2026