El lamento de Nócthyra

Capítulo 11 - Más allá del límite

El sonido del río les llegó antes de que el agua se dejara ver entre los árboles.

Primero fue un murmullo hondo, casi confundido con el viento entre las ramas altas. Después se volvió más claro, más constante, una voz de piedra y corriente abriéndose paso bajo el bosque. Cuervo alzó las orejas y apuró el paso por sí solo, olfateando el aire húmedo. El sendero descendía en una pendiente suave, cubierta de raíces viejas y hojas oscuras pegadas por el rocío.

El bosque cambiaba en aquella zona.

No era solo que hubiera más sombra o menos paso humano. Había una quietud distinta en los troncos, una forma más antigua del silencio, como si los árboles crecieran allí con memoria y no con simple paciencia. El aire se volvió más frío a medida que bajaban. Olía a tierra mojada, a musgo, a agua viva golpeando piedra.

—El río —dijo Caelan, sin volver la cabeza.

Lysander asintió detrás de él.

El viaje empezaba a sentirse en el cuerpo. Los hombros, la espalda, la tensión de los muslos sobre el caballo, el peso de los días sin techo verdadero. Pero había también alivio en oír agua. En saber que, por unas horas, podían quitarse de encima el polvo del camino y el rumor de hombres que hacían demasiadas preguntas.

Cuando por fin el bosque se abrió lo suficiente, el río apareció entre la piedra.

Corría rápido, limpio, con espuma blanca donde el agua mordía rocas oscuras. La luz se quebraba sobre la superficie en fragmentos pálidos, y las raíces de algunos árboles se inclinaban hacia la orilla como si también bebieran de él. No era ancho, pero sí vigoroso. Tenía esa belleza inquieta de las cosas que no se detienen para nadie.

Caelan tiró de las riendas y detuvo a Cuervo cerca de un claro pequeño junto a la orilla.

—Aquí descansaremos.

Desmontó primero, con el cuerpo endurecido por la herida del brazo y por las horas de cabalgar sin aflojar del todo la guardia. Cuervo bajó la cabeza hacia el agua antes incluso de que Caelan aflojara bien las riendas. Lysander lo observó un momento, dejando que el sonido del río le entrara por el pecho y le barriera algo del ruido que aún arrastraba desde la taberna.

Caelan le tendió una mano para ayudarlo a bajar.

Lysander la tomó.

Al tocar suelo sintió el peso del viaje en las piernas con más claridad que sobre la montura. El cuerpo se le fue un instante hacia adelante y la mano de Caelan, firme en su antebrazo, le sostuvo el equilibrio antes de soltarlo.

No dijeron nada.

Caelan llevó a Cuervo hasta la orilla para que bebiera y luego lo dejó pastar en una franja de hierba corta entre las piedras y los árboles. Lysander se quedó de pie unos momentos mirando el agua. La corriente parecía demasiado limpia para pertenecer al mismo mundo que la emboscada, el humo, la sangre y la noticia del rey muerto. Aquello, sin embargo, también era parte del mismo continente. La misma tierra donde unos llamaban luz a lo que otros llamaban usurpación.

Se sentaron cerca del río, donde la tierra estaba más seca y algunas piedras planas permitían descansar sin hundirse en el barro.

Durante un rato ninguno habló.

La fatiga del viaje se acomodó entre ambos con la naturalidad de una presencia conocida. Cuervo arrancaba hierba unos pasos más allá. El agua llenaba el aire con su movimiento constante. A ratos el viento cruzaba el claro y agitaba apenas la capucha de Lysander, trayendo consigo olor a corteza húmeda y hojas frías.

Fue él quien rompió el silencio.

—Sobre las tierras usurpadas...

Caelan levantó la mirada hacia él.

—¿Sigues pensando en eso?

Lysander asintió. Tenía los codos apoyados en las rodillas y los dedos entrelazados, mirando el río como si la corriente pudiera ordenar la inquietud que llevaba dentro.

—En los libros del reino, Nocthyra aparece como un lugar peligroso. Un foco de magia fuera de control. Una amenaza que terminó por devorarse a sí misma. —Frunció apenas el ceño—. Pero cuanto más avanzo, menos me cierran esas versiones. Todo parece demasiado limpio en los relatos. Demasiado conveniente.

Caelan recogió una piedra pequeña y la hizo girar entre los dedos.

—Porque la historia la escribieron quienes necesitaban salir limpios de ella.

Lysander volvió la cabeza hacia él.

—Eso dijiste antes.

—Y lo sostengo.

Caelan lanzó la piedra al agua. Rebotó dos veces antes de hundirse.

—Aeltharion no estaba vacío cuando los elfos llegaron. Nunca lo estuvo. Había clanes orcos. Había hombres del norte. Había aldeas levantadas mucho antes de que una sola torre élfica tocara la altura. Había pactos viejos, fronteras sin piedra ni tinta, pero comprendidas por quienes vivían en ellas.

El viento cruzó el claro.

Lysander lo escuchaba con atención absoluta.

—Los libros del palacio hablan de orden —murmuró—. De civilización.

Caelan dejó escapar una sonrisa breve, amarga.

—Eso hacen los vencedores cuando quieren dormir tranquilos. Cambian las palabras. Donde hubo robo, escriben destino. Donde hubo conquista, escriben luz. Donde otros cayeron, hablan de fundación.

Lysander bajó la vista al agua.

—Los elfos la llaman tierra elevada.

—Porque creen que la altura justifica lo que hicieron en ella.

Hubo un silencio corto.

—Y los otros la llaman usurpada —dijo Lysander.

Caelan asintió.

—Porque recuerdan quién estaba primero.

La corriente golpeó una roca y se abrió en espuma.

Lysander volvió a mirar al frente, pero ya no veía solo el río. Veía también los salones del palacio, los mapas bordados, las clases de historia dadas por viejos de voz pausada que hablaban de armonía, misión y herencia. Pensó en la forma en que había repetido esas palabras sin sentirlas del todo propias. Pensó en la facilidad con que el poder se nombraba a sí mismo inocente.

—Nunca me sentí parte de ellos —dijo al fin, más bajo.

Caelan lo miró.

—¿De quiénes?




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