El lamento de Nócthyra

Capítulo 12 - La sangre y la raíz

La mañana llegó sin suavidad. No hubo luz dorada filtrándose entre las hojas, solo una claridad gris que parecía juzgar sin decir nada. El bosque estaba húmedo y el aire olía a tierra removida y madera fría. No se oían demasiados insectos, probablemente ya se habían refugiado del invierno que se asomaba.

Lysander estaba despierto mucho antes del amanecer. Su piel se notaba más pálida de lo normal debido al frío, su cabello estaba atado de forma descuidada, apenas unos mechones delgados caían a los lados de su rostro.

Ninguno había dormido bien, no hacía falta preguntar.

Caelan lo veía inclinarse antes el caballo con esa postura recta, impecable incluso cuando nadie lo observaba. La forma en que sostenía el saco de grano. La forma en que hablaba con el animal con tono contenido.

—No tienes que comportarte así. —dijo al fin.

—¿Así cómo? —contestó Lysander, sin voltear.

—Como si estuvieran evaluando tus movimientos.

Cuervo seguía masticando con calma, ajeno al agobio y el cansancio de tantos días viaje y de incertidumbre que empezaba a pasar cuenta.

—Siempre hay alguien evaluando. —dijo con naturalidad.

Caelan dejó escapar una risa seca.

—No aquí.

Hubo silencio, Lysander dejó escapar un suspiro mientras cerraba el saco y se ponía de pie, aún sin voltear a ver al otro.

—Un rey no deja de serlo porque cambie el entorno. —dijo mientras se sacudía.

No había arrogancia, más bien eran años de condicionamiento.

—No hay reino aquí. —respondió Caelan caminando hacia él.

—Eso no cambia mi deber. —discutió Lysander, volteando a verlo.

—Sí lo cambia, Lysander. Tu único deber ahora es mantenerte vivo. No representar una idea.

Lysander frunció el ceño. Se acercó a Caelan mientras hablaba, casi ofendido.

—He sido educado para mantener la compostura.

—Y, sin embargo, anoche no hubo compostura que valiera —dijo Caelan—. Solo un instante en que dejaste de contenerte.

El silencio se volvió tirante mientras ninguno rompía la mirada. De sus labios escapaban pequeñas nubes de vapor, y la respiración de Lysander cargaba una inquietud difícil de disimular.

Entre ambos aún persistía la noche anterior, con el río, la respiración compartida y aquella línea que ya no podían fingir intacta.

—No soy frágil. —respondió Lysander. Su voz había salido más baja de lo que pretendía.

—No. Pero no eres de piedra tampoco.

Caelan lo dejó sin respuesta, luego de sostener la mirada un segundo más, se apartó. Estaba cansado. Cansado de fingir que aún debían seguir un protocolo, de medir palabras como si por cada frase había testigos invisibles.

El palacio había quedado atrás, y volver empezaba a parecer una posibilidad cada vez más lejana. Persistir en aquellas formas solo iba a volverlos más vulnerables.

El silencio que quedó entre ambos ya no tenía nada de accidental.

Lysander apartó la mirada primero. El aire frío le pesaba en el pecho de una forma incómoda, y quedarse quieto frente a Caelan empezaba a resultar más difícil de lo que estaba dispuesto a admitir.

Caelan dio un paso hacia Cuervo y tomó las riendas con calma, aunque su atención seguía fija en él.

—Deberíamos seguir —dijo.

Lysander asintió, agradecido por la interrupción aunque no lo mostrara.

Caelan se volvió apenas hacia él, con la intención evidente de ayudarlo a montar. El gesto fue discreto, casi natural, pero Lysander lo advirtió de inmediato. Hubo una pequeña rigidez en su expresión.

—Puedo hacerlo solo.

No esperó respuesta.

Apoyó una mano sobre la montura y se impulsó hacia arriba con una rapidez más orgullosa que cómoda. El movimiento fue limpio, aunque menos elegante de lo que le habría gustado. Ya sentado, ajustó la capa sobre los hombros sin mirar a Caelan.

Durante un instante, el guardia permaneció inmóvil junto al caballo. No dijo nada. Tampoco sonrió. Solo montó detrás de él, firme y silencioso, dejando entre ambos la distancia mínima que el viaje permitía.

Cuervo retomó el paso.

el camino se reanudó bajo un silencio sin resolver. El sendero comenzó a ensancharse poco a poco, y la tierra mostró antiguas marcas de ruedas hundidas en el barro seco, señales de tránsito frecuente y cercanía con una ruta más usada. El bosque empezó a ceder de manera gradual. El aire también cambió. Traía olor a humo, a hierro trabajado, a presencia humana asentada no muy lejos.

Las puertas de Vaeloria estaban cerca. Cuervo avanzó unos metros más.

Entonces un silbido cortó el aire.

Lysander apenas tuvo tiempo de girar la cabeza antes de que el caballo se encabritara con violencia. Una flecha había caído frente a sus patas delanteras.

Perdió el equilibrio y su espalda golpeó el suelo con un sonido opaco. El aire escapó de sus pulmones en un jadeo abrupto.

Tres hombres emergieron entre la niebla. El olor llegó primero: sudor rancio, cuero húmedo, metal oxidado.

—Entreguen todo lo que lleven —dijo uno, mostrando sus dientes manchados—. Y nadie sale peor.

Caelan desmontó con calma mostrando las manos en señal de que no estaba armado. En segundos midió la distancia, el hombre del arco mal tensado preparaba una segunda flecha. Corrió directamente a él desviando la dirección del arco con una mano, mientras con la otra el golpe fue directo al rostro.

El cartílago se sintió ceder bajo su puño, la sangre caliente estalló saliendo de la nariz rota. El hombre cayó hacia atrás con un grito que se quebró en un gorgoteo.

El segundo bandido lo embistió desde la izquierda. Caelan se giró recibiendo el impacto en el hombro, tomó al hombre del cabello y respondió con un rodillazo brutal en el estómago. Sintió el aire salir del cuerpo ajeno en un gemido húmedo.

Al girarse, vio al tercero forcejeando con Lysander en el suelo. El bandido había logrado arrastrarlo de espaldas, una rodilla presionando su abdomen.




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