La lluvia comenzó antes de que terminaran de subir el último tramo del sendero.
Al principio fue una llovizna fina, casi educada. Pero a medida que Vaeloria se acercaba, el cielo se volvió de un gris pesado y el bosque tomó ese olor característico a corteza mojada y hojas viejas deshaciéndose en silencio.
Morgrin caminaba delante apoyado en su bastón, sin prisa, como si conociera cada piedra incluso con los ojos cerrados. El agua le resbalaba por el cabello blanco trenzado y no parecía importarle. Caelan, en cambio, llevaba el ceño fruncido desde hacía rato; no por la lluvia, sino por el cansancio acumulado de sostener un equilibrio que ya no existía.
Lysander avanzaba en silencio detrás, con la capa húmeda pegándosele a los hombros. El ardor en la clavícula le recordaba a cada paso lo ingenuo que había sido al creer que el mundo funcionaría como lo imaginaba. El corte era mínimo; lo que dolía estaba dentro.
El sendero se abrió de pronto en una pendiente suave y, al descender, se reveló Vaeloria.
A un lado, un arroyo estrecho serpenteaba entre piedras pulidas, alimentado por la lluvia. No era enorme como el Vael’theryn, en el bosque Lúmina donde habían estado antes; era más bien una vena clara que corría insistente, cantando bajo incluso cuando el cielo se enfurecía. Cerca del agua había marcas de pasos, huellas pequeñas, y una zona donde la tierra se veía más aplastada: allí la gente se arrodillaba con frecuencia.
Más abajo, entre dos árboles viejos, se distinguía una estructura simple de madera sobre un pozo de piedra gris. El brocal estaba gastado y el musgo crecía en sus grietas como si llevara siglos intentando reclamarlo.
Y un poco más allá, donde el terreno se levantaba apenas, estaba la casucha.
No parecía construida: parecía nacida de la tierra y el musgo. Las tablas oscuras estaban hinchadas por la humedad y el tiempo. El techo se inclinaba con esa forma típica de casa antigua, como si la lluvia la hubiera moldeado a su antojo. Bajo el alero colgaban haces de hierbas secándose, y el aire estaba impregnado de resina, humo viejo y un amargor vegetal que recordaba a medicina.
A pesar del aislamiento, el lugar no estaba completamente apartado de la vida.
Un par de aldeanas estaban junto al arroyo, cubriéndose con mantos; llevaban bebés colgando a la espalda y lavaban prendas con manos rojas por el frío. Un niño llenaba un cántaro y miraba de reojo, curioso y cauteloso. Cuando vieron a Morgrin, inclinaron la cabeza con una mezcla de respeto y prudencia.
El gnomo no les devolvió el saludo con palabras. Solo levantó una mano, un gesto mínimo, y siguió caminando.
—Vienen aquí porque el agua es buena —comentó sin mirar atrás, respondiendo a una pregunta que nadie había hecho—. Y porque no les pregunto demasiado.
Caelan soltó una exhalación corta.
—Qué generoso…
Morgrin se detuvo un instante bajo el alero. Sus ojos grises se clavaron en Caelan con una calma que no era blanda.
—La generosidad es un lujo cuando se vive cerca del bosque —replicó—. Yo intercambio silencio por respeto.
Caelan lo miró con los ojos entrecerrados, pero no discutió. Ya había aprendido, aunque le costara, que cada persona que sobrevivía lejos de las ciudades tenía reglas propias, y romperlas era una forma rápida de terminar herido.
Morgrin abrió la puerta y el interior recibió a los tres con un calor débil, pero real.
El olor a humo se mezclaba con hojas trituradas, savia e infusiones. Había frascos colgando, racimos de raíces secándose, piedras grabadas con símbolos que no parecían decorativos. Una mesa de madera ocupaba el centro, marcada por cortes antiguos.
Morgrin se movió rápido, como si su estatura baja le diera una eficiencia natural. Dejó el bastón junto a la puerta y comprobó la pata del animal con manos firmes.
Luego miró a los dos viajeros, midiéndolos por segunda vez.
—¿No van a entrar? —preguntó.
Sin otra opción, se quedarían mientras Cuervo se recuperaba en la casucha, a un costado de la casa.
Caelan se quitó la capa con un movimiento brusco y la dejó escurrir cerca del fuego. Luego se volteó a mirar a Lysander.
—No me mires así —murmuró Lysander.
—Te estoy mirando porque sigues respirando como si quisieras tragarte el mundo sin dejar que te toque.
Lysander tensó la mandíbula.
—No estoy… —iba a decir «bien», pero la palabra se le quedó a mitad de la garganta—. Estoy cansado.
—Eso sí te lo creo —respondió Caelan, con esa honestidad áspera que empezaba a mostrar cada vez más—. Y ahora, por una vez, compórtate como un hombre mojado y herido, no como una estatua de salón.
Lysander iba a abrir la boca, indignado por reflejo, pero ya no era tan sólido como antes. Había cosas que se le estaban cayendo por dentro.
Morgrin carraspeó, cortando el filo sin tomar partido. Observó al elfo: sucio de barro, empapado, herido, con la ropa hecha pedazos.
—El pozo está afuera. Si quieres lavarte, hazlo antes de que el cielo decida castigar con ganas —dijo, mientras le entregaba un cambio de ropa.
Lysander agradeció con un gesto de cabeza, tomó la ropa y salió.
La lluvia lo recibió con una fuerza mayor que antes; el mundo se achicó a un sonido constante: gotas golpeando hojas, piedra y madera; el arroyo respondiendo con un murmullo más alto.
Bajó hacia el pozo con pasos cuidadosos, sintiendo el barro tragarse sus botas.
Había aldeanos cerca del arroyo, pero el pozo estaba más apartado, protegido por los árboles. Allí el agua parecía más quieta, más profunda. Más antigua.
Se detuvo frente al brocal y se quedó mirando su reflejo distorsionado por las gotas que caían en la superficie. No lograba reconocerse del todo: el cabello húmedo pegado al rostro, la piel pálida por el frío, y un cansancio en los ojos que no pertenecía a un rey coronado hacía meses, sino a un muchacho que había descubierto lo que el mundo podía hacer cuando no había testigos.
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Editado: 12.03.2026