El Lapiz

HB ─ INTENTO

La primera vez que tuvo miedo de escribir fue cuando descubrió que alguien podía borrar antes de que terminara la frase.

Al principio, el lápiz le parecía una cosa pequeña.

Ligera.

Casi insignificante.

Cabía entre sus dedos y dejaba detrás de sí una línea gris que podía convertirse en cualquier cosa. Una casa. Un árbol. Un nombre. Una puerta. Incluso un camino que todavía no existía.

Le gustaba esa posibilidad.

Podía equivocarse.

Podía volver atrás.

Podía borrar.

Eso era lo que más le gustaba.

El borrador en el extremo parecía una promesa: nada tenía que ser definitivo.

La primera vez que alguien tomó el lápiz de sus manos fue para ayudarla.

Eso dijeron.

—Así está mejor.

Borraron una palabra.

Ella observó cómo el grafito desaparecía bajo el roce blanco. Quedó una sombra casi imperceptible. Le dijeron que no importaba.

Y ella lo creyó.

Después volvieron a corregir.

Una palabra.

Una línea.

Una respuesta.

Cada vez que terminaba algo, alguien encontraba una parte que debía desaparecer.

—Eso no.

Borraban.

—Así tampoco.

Borraban otra vez.

—Hazlo de esta manera.

Y escribían encima.

Al principio no le molestaba.

Todavía quedaban espacios.

Todavía había páginas donde podía hacer lo que quisiera.

Hasta que descubrió que las correcciones empezaban antes de que ella pudiera equivocarse.

Tomaban el lápiz.

Escribían.

Le devolvían el papel.

—Ahora sí.

Ella miraba las palabras y trataba de reconocerlas.

A veces eran cosas que pensaba.

A veces no.

Pero estaban escritas con su lápiz.

Eso hacía que parecieran suyas.

Aprendió a asentir.

Era más fácil.

Con el tiempo dejó de escribir algunas cosas.

No porque no quisiera.

Porque ya sabía lo que ocurriría.

Escribía una frase y esperaba.

La mano aparecía.

El lápiz desaparecía de entre sus dedos.

Una goma blanca borraba lo que acababa de poner.

Después venía una frase nueva.

Más correcta.

Más conveniente.

Más parecida a lo que esperaban de ella.

El borrador comenzó a desgastarse.

No lo notó al principio.

Solo era un poco más pequeño.

Una esquina redondeada.

Una superficie gris.

Pero cada corrección dejaba menos.

Cada error que no había cometido consumía un poco más.

Cada palabra que no había elegido arrancaba una pequeña parte de él.

Ella seguía escribiendo.

O creyendo que escribía.

Una tarde quiso escribir su nombre.

Solo eso.

Su nombre.

Tomó el lápiz y trazó la primera letra.

La mano apareció.

—No.

Borró.

Ella volvió a intentarlo.

La segunda vez escribió más despacio.

La mano volvió.

Borró otra vez.

—Te estás equivocando.

Miró la marca gris que había quedado debajo.

No entendía qué había hecho mal.

Era su nombre.

Lo había escrito cientos de veces.

En documentos.

En cuadernos.

En márgenes.

En lugares donde nadie más lo había visto.

Pero aquella vez parecía incorrecto.

Tomó el lápiz nuevamente.

La mano se lo quitó.

—Yo lo hago.

Y escribió por ella.

La letra era parecida.

Pero no era la suya.

Ella la observó durante mucho tiempo.

Después dejó de intentar escribir su nombre.

Fue entonces cuando comenzó a tener miedo del papel en blanco.

Antes significaba posibilidad.

Ahora significaba espera.

Una página vacía era un lugar donde todavía podían decirle qué poner.

Dejó de dibujar puertas.

Dejó de inventar caminos.

Dejó de escribir finales distintos.

Cuando le preguntaban qué quería, tardaba demasiado en responder.

No porque no tuviera respuesta.

Porque había aprendido a buscar primero cuál sería aceptable.

El lápiz continuaba entre sus dedos.

Cada vez pesaba menos.

El borrador se hacía pequeño.

Tan pequeño que ya no podía sostenerlo entre dos dedos sin que se le escapara.

Aun así, seguían corrigiendo.

—Borra eso.

Frotaba.

—Otra vez.

Frotaba.

—No así.

Frotaba.

El papel comenzó a adelgazar.

Las correcciones dejaron pequeñas zonas ásperas. La superficie perdió su textura. Algunas palabras desaparecieron por completo; otras permanecieron como sombras debajo de las nuevas.

Nada desaparecía realmente.

Solo quedaba oculto.

Eso empezó a inquietarla.

Porque algunas noches, cuando estaba sola, inclinaba el papel hacia la luz.

Entonces aparecían.

Las palabras antiguas.

Las que había intentado borrar.

Las que alguien había decidido que nunca debían existir.

Seguían allí.

Más débiles.

Pero allí.

Un día tomó el lápiz sin que nadie se lo pidiera.

Había una hoja limpia frente a ella.

El corazón le latía demasiado rápido.

Pensó durante mucho tiempo.

Después escribió:

Quiero.

Se detuvo.

Era una palabra pequeña.

Pero parecía enorme.

Volvió a escribir.

Quiero decidir.

La mano apareció.

Le quitó el lápiz.

Borró.

Ella no dijo nada.

Esperó.

La mano escribió:

Quiero hacerlo bien.

La frase quedó limpia.

Perfecta.

Ajena.

Ella miró el papel.

Después miró el lápiz.

Por primera vez comprendió que el problema nunca había sido equivocarse.

El problema era que alguien había conseguido convencerla de que sus errores pertenecían a otros.

Esa noche tomó el lápiz otra vez.

No escribió.

Lo sostuvo.

Lo giró entre los dedos.

La madera estaba gastada. La pintura había desaparecido en algunos lugares. La punta era pequeña.

Pensó en todas las cosas que había querido escribir.



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En el texto hay: pensamientos, diferente

Editado: 27.08.2026

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