Prólogo
El invierno más crudo no es el que congela los campos, sino el que se instala en el centro del pecho cuando te das cuenta de que eres un estorbo en tu propia casa. Para Salome, la infancia no fue un patio de juegos; fue un pasillo silencioso que había que caminar de puntillas para no molestar. Salir del hospital vestida de blanco no fue un símbolo de pureza, sino el inicio de una condena de frialdad impuesta por la mujer que le dio la vida. Sin embargo, en la economía perfecta del destino, donde hay una sombra siempre hay un faro. Y ese faro tenía el olor a café de las dos de la mañana, la grasa de los motores del taller y el sonido de una guitarra vieja. Su padre.
El Latido de las Sombras es un viaje a través de las estaciones del dolor humano, pero sobre todo, es un monumento a la lealtad filial. Pocas historias narran el coraje de aguantar una década de desprecios diarios con tal de proteger la vejez de un padre. Menos historias aún muestran la crudeza de ver marchitarse a un roble de la manera más injusta, para luego ser expulsada por no tener más dinero que ofrecer.
Al abrir este libro, el lector no encontrará una ficción complaciente. Encontrará el latido frenético de una mujer que, mientras escribe, limpia sus lágrimas y se prepara para levantar el inventario de una casa nueva que aún no tiene muebles, pero que ya está llena de amor. Es la prueba de que el cordón umbilical del desprecio se puede cortar para siempre, y que el verdadero color de la vida lo pintas tú, con el sudor de tu frente y la frente en alto.