Capítulo 1: El Desierto de la Infancia y los Cumpleaños Olvidados
Para Salome, la infancia no fue una época de juegos ni de risas compartidas. Su realidad se resumía en una profunda y absoluta soledad. Mientras otros niños corrían con amigos o compartían con sus hermanos, ella habitaba un desierto de indiferencia. Jugar sola no era una opción divertida, sino la única alternativa para sobrevivir al vacío de las tardes. Cada Navidad traía el mismo libreto: la misma muñeca, año tras año, como un recordatorio de que nadie se tomaba el tiempo de mirar quién era ella realmente o qué deseaba.
Su madre no ocultaba su rechazo: «No te quería cuando me enteré de que venías. Hice de todo para perderte», le repetía con frialdad. Al llegar a la adolescencia, el calendario guardaba para ella una fecha que se convirtió en una herida anual. Salome cumplía años apenas dos días antes del Día del Padre. Con el paso del tiempo, su propio nacimiento dejó de tener sentido para todos en esa casa; su día se diluía, convirtiéndose en un día más de soledad.
Fue en esa etapa donde el peso de la ausencia materna se sintió con más fuerza, especialmente ante las primeras desilusiones con las amigas y las traiciones de los chicos que le gustaban. Cuando le partieron el corazón, Salome buscó un refugio, un par de brazos donde cobijarse, pero solo encontró un muro de hielo. Nadie estaba para ella, excepto su padre. Él intuía perfectamente cuando algo andaba mal; no hacía preguntas incómodas, simplemente la esperaba con su adorado café. Ese aroma cálido y su voz eran el único consuelo que lograba remendar temporalmente su corazón.