Capítulo 3: El Milagro del Desierto y los Dos Meses de Espera
El diagnóstico médico había sido una sentencia fría en su juventud: tras un doloroso aborto espontáneo, las probabilidades de volver a concebir eran casi nulas. Sin embargo, apenas dos meses después de comenzar su nueva vida junto a Carlos, el milagro ocurrió: estaba embarazada de su primera hija, Sofía. Pero el embarazo fue sumamente complicado y de alto riesgo. Salome se vio obligada a renunciar a su empleo para proteger la frágil vida que crecía en su interior. La mayor parte de esos nueve meses los pasó confinada a una cama o abrazada al baño, desgastada por náuseas incontrolables.
Carlos trabajaba jornadas extenuantes fuera de casa para sacarlos adelante, por lo que Salome quedaba completamente sola durante el día con sus malestares y miedos. La situación dio un vuelco cuando sus padres viajaron para instalarse con ellos durante tres meses. Para su madre, la visita fue un tribunal de quejas continuas sobre la dureza del agua del norte, el clima hostil y el manejo de la casa. Salome tuvo que blindar su corazón para que la amargura no afectara a su bebé.
Su padre, en cambio, volvió a ser el bálsamo. Mientras su madre se quejaba, él salía a caminar, maravillado por los secretos del desierto. Regresaba contándole a Salome sobre la resistencia de las plantas que crecen donde nadie cree que hay vida. A través de la mirada de su padre, Salome entendió que ella y su hija eran como las flores del desierto: capaces de florecer con fuerza en el terreno más seco y hostil.