Capítulo 4: Las Dos Caras de la Cuna y el Hilo Blanco
Cuando Sofía llegó al mundo, la habitación del hospital desnudó dos realidades opuestas. A su padre se le iluminó la cara por completo al verla y sostenerla; sus ojos brillaron con orgullo limpio. Sin embargo, su madre solo atinó a quejarse de que la recién nacida se parecía a Carlos y no a Salome. Aun con ese rechazo, su madre insistía en darle el primer baño a la niña solo para cumplir con sus formas, repitiendo: «Yo a ustedes los saqué del hospital vestidos de blanco».
El día del alta, Salome vistió a Sofía con un ropón blanco impecable. No lo hizo por tradición, sino por un acto de profunda rebeldía espiritual para cortar los lazos del pasado. Ella había salido del hospital de blanco para ser recibida por la frialdad de un hogar que no la deseaba; en cambio, sus hijas cruzarían ese umbral envueltas en blanco, pero cobijadas por un amor absoluto. El color era el mismo, pero el destino era completamente diferente. La maldición de la indiferencia se rompía en esa puerta.