El Latido De Las Sombras

El Sabor de la Paz

Hay platos de comida que solo alimentan el cuerpo, y hay otros que salvan el alma porque están sazonados con amor puro. Hoy fuimos a casa de mi suegra. Ella, con lo poquito que tiene, con sus recursos contados y sus propios dolores, nos abrió la puerta de par en par y nos recibió con una calidez que no me cupo en el pecho. Almorzamos algo muy sencillo, una comida humilde, pero mis hijas se lo comieron en una paz que ya habíamos olvidado que existía. Se notaba el esmero, el cariño y el respeto en cada rincón de esa mesa. A mis niñas el alimento les entró en provecho, libre de tensiones, libre de miradas de desprecio y libre de ese miedo constante a ser retadas por existir.

El milagro más grande de la tarde lo hizo mi bebé. En esa casa chiquita, lejos de la sombra de su abuela materna, volvió a ser una niña. Cantó, se reía a carcajadas, saltaba de un lado a otro y se negaba a dormir la siesta porque lo único que quería era jugar en libertad. Hizo todo lo que en casa de mi madre tiene prohibido hacer. Verla recuperar su alegría fue como ver agua brotar en el desierto. En un momento de la tarde, mi esposo y yo nos miramos en silencio desde un rincón. No nos hicieron falta las palabras; nuestras miradas se lo dijeron todo: sentimos una gratitud infinita por el respiro y una profunda paz que no queríamos que terminara.

Cuando llegó la noche, la realidad nos volvió a tocar el hombro de golpe. Mis hijas suplicaron quedarse a dormir allí, me miraban con ojos de ruego porque querían refugiarse en ese oasis y no volver al calvario. Pero la casa de mi suegra es muy pequeñita, apenas el espacio justo para ella que vive solita. ¿Dónde íbamos a caber los cinco? En los ojos de mi suegra vi también la sombra de la impotencia. Ella sufre por sus nietas, sufre por su hijo, y le desgarra el corazón no tener los medios económicos ni el espacio para darnos un techo donde meternos a todos. Ella padece una discapacidad que le limita el cuerpo, pero su amor es inmenso; la frena la falta de recursos, no la falta de voluntad.

Al regresar a la oscuridad de nuestro calvario diario, la lección me quedó grabada a fuego en el corazón. Es tan fundamental tener un techo propio. Un lugar que sea tuyo, donde nadie pueda humillarte, donde nadie pueda hacer sentir a tus hijos que estorban o que hacen ruido por el solo hecho de crecer. Hoy sé con certeza que no busco una mansión de techos altos donde solo habita la frialdad; prefiero mil veces levantar un cuarto humilde, donde tengamos que dormir los cinco apretados en una sola cama, pero donde al cerrar los ojos se respire paz, armonía y un amor verdadero.




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