Hay una violencia silenciosa en la escasez que no se ve en las noticias, una que se vive dentro de las paredes de la cocina y te desgarra por dentro. Es la geografía del no. Esa que te obliga a pararte frente a tus propias hijas y escuchar sus peticiones más inocentes como si fueran puñaladas.
—Mamá, quiero un yogurt. Mamá, ¿me compras un chocolate? Mamá, tengo ganas de comer una fruta... Mamá, ¿hay leche?
¿Cómo se le explica a la inocencia de un niño que el dinero no alcanza? ¿Cómo reúnes el valor para mirar a los ojos a tu propia sangre y decirle la verdad sin quebrarte?
—Hija, leche no te puedo dar porque la poca que queda es para tu hermanita bebé, y no tengo más dinero para comprar otra —les respondo, sintiendo que el pecho me arde y que la garganta se me cierra.
Decirles que no hay para un dulce, para un yogurt o para una simple manzana es una tortura que te va matando gota a gota. Pero lo que me termina de derrumbar no es su llanto, sino su madurez silenciosa. Esa que adoptaron a la fuerza para intentar protegerme a mí.
Ayer pasé por el cuarto de mi hija mayor y me detuve en el umbral. La vi en la penumbra, aprovechando la poca luz que entraba por la ventana, concentrada, cosiendo a mano sus pantalones. Se le molieron de tanto usarlos. Se escondía en la oscuridad porque no quería decirme que ya no tiene qué ponerse; prefería remendar sus harapos en silencio antes que cargarme con una preocupación que sabe que no puedo resolver. Y mi hija del medio hace lo mismo. En la escuela, cuando pidieron los materiales, la vi eligiendo con cuidado los útiles más corrientes, los más baratos, los de peor calidad. Nadie se lo pidió, pero ella sabe perfectamente que en esta casa no hay dinero para lujos. Sus renuncias silenciosas me duelen mil veces más que cualquier berrinche.
Me levanto todos los días intentando dibujarme una sonrisa en la cara, actuando como si fuera una roca indestructible. Pero por dentro, mi mente es una máquina que no para de calcular: la factura de la luz que ya va a vencer, el agua, el supermercado, la verdura, los pasajes diarios para que mi esposo pueda viajar a su nuevo trabajo. Vivimos al día, estirando cada billete para que seis personas puedan comer tres veces al día.
La impotencia me quema las manos. Quisiera salir a la calle, buscar un empleo, limpiar, cocinar, hacer lo que sea para sacarlas de este hoyo. Pero el laberinto de la realidad me pone la zancadilla de inmediato: ¿Quién cuida a mis hijas si me voy? Mi madre no las va a mirar, ya lo dejó claro con su desprecio. Mi suegra es discapacitada, tiene sus propios dolores y apenas puede sostenerse ella misma. ¿Pagarle a alguien para que las cuide? Volvemos al comienzo, al maldito cero absoluto: para ganar dinero necesito pagar un cuidado, y para pagar un cuidado necesito el dinero que no tengo. Estoy atrapada, amarrada por mi propio amor de madre, mirando cómo el tiempo pasa sin encontrar la rendija por donde salir.