A veces, cuando el desvelo me gana por completo y la realidad pesa tanto que parece doblarme la espalda, cierro los ojos en la oscuridad y me permito jugar con lo imposible. Me pongo a pensar en qué haría si la fortuna me tocara y me sacara un premio grande en los juegos de azar; en esos mismos juegos que ni siquiera juego porque no tengo una sola moneda para apostar. En mi mente, los millones no se transforman en lujos egoístas, ni en ropa de marca, ni en mansiones de mármol. Mi mente viaja de inmediato hacia los lugares que han sostenido mi espíritu.
Lo primero que haría sería correr a mi iglesia. Ellos, sin saber los detalles de la pesadilla que vivo bajo el techo de mi madre, sin conocer las humillaciones ni el hambre que a veces nos ronda, han tocado mi puerta en los momentos más oscuros. Han llegado con cajas de alimentos, entregadas con un respeto y un amor que me han devuelto el alma al cuerpo. Nadie sabe realmente el dolor, el llanto o la escasez que esconde la gente dentro de las cuatro paredes de su casa, y mi iglesia ha sido ese bálsamo silencioso que Dios envía para decirme: "No estás sola, yo no te he olvidado".
Si yo tuviera esa fortuna, buscaría la forma de generar empleos dignos para tantas mujeres y madres cuidadoras que hoy están viviendo un calvario idéntico al mío; atrapadas en ese círculo vicioso de querer trabajar pero no tener un sistema de cuidado seguro para sus hijos.
Pero, por encima de todo, mi mayor anhelo sería para ellos: para los niños. Construiría espacios de entretención hermosos, coloridos y completamente gratuitos. Parques y centros donde los hijos de la escasez pudieran disfrutar de su niñez sin que sus padres tuvieran que contar las monedas en la entrada. Quisiera que, dentro de su silencio de dolor y de esa madurez forzada que el mundo les impuso antes de tiempo, esos pequeños sintieran por fin la libertad absoluta y lo rico que es reír a carcajadas. Mi meta en esa fantasía es simple pero profunda: asegurarme de que esos niños recuerden siempre que hubo alguien que los hizo reír cuando más lloraban, alguien que les devolvió el brillo a los ojos cuando el mundo de los adultos se los quería apagar.
Hoy abro los ojos y la realidad sigue siendo la misma. No hay millones en la cuenta, las deudas siguen ahí y las cajas de cartón de mis hijas esperan en un rincón por esa casa que aún no sé cómo levantar. Pero tengo fe. Una fe inmensa y testaruda que me dice que todo esto tiene un propósito. Dios me está sosteniendo cuando las fuerzas me faltan, y aunque hoy camine bajo la lluvia con las lágrimas mezcladas con el agua del cielo, sé que la roca no se va a romper. Mis hijas volverán a sonreír en su propio hogar, porque mientras haya amor y fe en esta familia, la última palabra no la tiene el desprecio.