El Latido De Las Sombras

El Derecho a Quebrarse

A veces me siento con mis hijas mayores, las miro a los ojos y les hablo con la verdad descarnada de la vida. Les enseño que todo lo que hoy estamos viviendo, este barro y esta tormenta, tienen que tomarlo como un ejemplo para su propio futuro. Les pido que se preparen, que estudien, que observen nuestros pasos para que mañana no cometan los mismos errores que nosotros cometimos por ignorancia o por exceso de confianza. Les grabo a fuego una lección: ahorrar para tener una casa propia no es perder la plata; es ganar paz. Un techo no es un lujo, no es un capricho de estatus; es un bien estrictamente necesario. Es lo único que te da seguridad, estabilidad y tranquilidad. No importa si es grande o si es chica, no importa si es de madera o de ladrillo; si es tuya, nadie puede entrar a robarte la paz.

En cada una de las páginas que escribo, intento demostrar una parte de la vida real. A mí me encanta leer. Me fascina sumergirme en esas novelas de mafiosos peligrosos, de magnates millonarios, de rusos implacables o de abogados perfectos que parecen dioses griegos. Me encantan porque me entretienen y me permiten desconectarme por unas horas de mi dura realidad. Pero cuando yo tomo la pluma, decido escribir de la vida de verdad. Porque la vida real es muy diferente a la ficción. Aquí todos tenemos problemas distintos, pero todos sufrimos de igual manera porque, al fin y al cabo, todos somos personas de carne y hueso. Mi meta al escribir es darle una motivación, una pequeña palabra de aliento a las personas que se dignan a leer alguna de mis historias. Incluso cuando he escrito de mafiosos, meto ahí parte de la verdad de la vida, porque la realidad siempre se filtra entre las letras.

Descubrí este refugio hace un tiempo. Cuando mi papá estaba muy enfermo y el dolor me asfixiaba, cayó en mis manos un libro llamado "El mapa de los anhelos". Con esa historia me liberé, encontré las palabras que mi boca no podía pronunciar y lloré con el alma. Después leí "Sigue mi voz", y entendí que así como esos libros me ayudaron a mí a ver el sufrimiento de otras protagonistas y me dieron el permiso de quebrarme, mis propias líneas podían hacer lo mismo por alguien más.

Como mujer, como mamá y como esposa, yo también tengo derecho a quebrarse. Tengo derecho a llorar, a desahogarme, a gritarle al silencio. El mundo nos impone que las madres tenemos que ser fuertes las veinticuatro horas del día, pero eso es una mentira insostenible. No siempre tenemos que ser la roca. También lloremos. Demostremos en la oscuridad de la noche, en la soledad de algún rincón de la casa o bajo la lluvia del camino, que sufrimos. No somos de piedra.

Mi refugio eterno son estas líneas; mis desahogos son los libros. Por eso, a ti que me lees, te digo: encuentra el tuyo. Búscalo en la pintura, en el canto, en la música de un instrumento, en el baile o en un cuaderno en blanco. Sufre, limpia tu alma y vive tu propio dolor a tu manera. No intentes ser perfecta. No somos perfectas; somos humanas.




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