El Latido del Ámbar Gris

Capítulo 1: El Aroma de la Traición

El sol de Eosferia nunca moría. Se quedaba allí, suspendido en una agonía de color naranja quemado y violeta pálido sobre el horizonte, bañando el Reino de la Luz en un crepúsculo eterno que no traía descanso, solo una vigilancia perpetua.

Elara se detuvo al borde del Camino de Alabastro, ajustando la correa de su morral. El cuero le rozaba el hombro, un recordatorio físico del peso que cargaba. Dentro, los frascos de cristal chocaban entre sí con un tintineo metálico que, en el silencio del bosque, sonaba como una campana de alarma. Llevaba esencia de caléndula, polvo de cuarzo y tres viales de Luz Líquida, el recurso más sagrado y vigilado del Templo.

Robarlos había sido fácil; vivir con la culpa sería lo difícil.

—Solo es una vida —susurró, y su aliento formó una pequeña nube de vapor. El aire aquí, cerca de la frontera, era más frío de lo que dictaban los registros del Templo—. Una vida por una ley absurda.

Miró hacia atrás. A lo lejos, las agujas de cristal de la Ciudad Blanca perforaban el cielo, brillando con una intensidad que hería los ojos. Allí, su hermana menor, Mia, se consumía en una cama, su piel volviéndose translúcida mientras la "Fiebre Gris" le robaba el color. Los sacerdotes decían que era la voluntad del Sol, una purificación. Elara lo llamaba crueldad.

Sus botas se hundieron en el musgo plateado mientras se desviaba del camino oficial. El bosque de la frontera, conocido como el Limes, era un lugar donde la naturaleza se volvía errática. Los árboles aquí no crecían hacia el cielo, sino que se retorcían sobre sí mismos, buscando la poca sombra que las colinas proyectaban.

De repente, el olor cambió.

No era el perfume dulce de los lirios de luz que crecían cerca del Templo. Era algo denso, metálico... el aroma de la sangre mezclado con ozono. Elara se quedó paralizada. Su corazón, que hasta entonces latía con un ritmo constante de miedo controlado, dio un vuelco violento contra sus costillas.

Clang.

El sonido de metal chocando contra metal vibró en sus dientes. Venía de un claro, apenas a unos cincuenta metros de distancia. Elara debería haber huido. Su entrenamiento como sanadora le dictaba buscar seguridad para preservar su don. Pero algo en la frecuencia de ese sonido, un eco de desesperación, la empujó hacia adelante.

Se arrastró entre los arbustos de bayas de cristal, ignorando cómo las ramas le desgarraban la túnica blanca. Al llegar al borde del claro, la escena que vio la dejó sin aliento.

Tres centinelas del Templo, vestidos con sus armaduras de placas doradas que reflejaban la luz perpetua, rodeaban a una figura solitaria. Los centinelas se movían con una precisión mecánica, sus espadas de luz emitiendo un zumbido eléctrico que cortaba el aire.

En el centro, el "monstruo".

No medía tres metros, ni tenía garras, como decían las leyendas. Era un hombre. Un hombre cuya armadura negra parecía absorber la luz a su alrededor, creando un aura de oscuridad física. Se movía con una gracia letal, esquivando estocadas que habrían matado a cualquier humano normal. Pero estaba herido. Un rastro de sangre oscura, casi negra, manchaba el suelo plateado debajo de él.

—Ríndete, engendro del Abismo —rugió uno de los centinelas, su voz amplificada por el casco de oro—. Tu presencia aquí es un insulto a la Luz.

El extraño no respondió con palabras. Lanzó un tajo ascendente con una daga de obsidiana, decapitando al guardia. Sin embargo, Elara notó el temblor en su mano izquierda. Estaba llegando a su límite.

En ese momento, el mundo pareció ralentizarse. El centinela principal levantó su mano libre y una esfera de luz pura comenzó a condensarse entre sus dedos. Era una Purificación, un hechizo diseñado para desintegrar cualquier rastro de oscuridad. Si lo lanzaba, el hombre no solo moriría; su alma sería borrada.

Elara sintió una punzada de dolor en su propio pecho, una conexión empática que nunca antes había experimentado con tanta fuerza. Sus dedos se cerraron sobre el vial de Luz Líquida en su morral.

Si intervenía, sería una traidora. Si no lo hacía, vería un asesinato en nombre de la fe.

Miró los ojos del extraño por un breve segundo a través de su máscara rota. Eran de un violeta tan profundo que parecían galaxias colapsando. No había maldad en ellos; solo un cansancio infinito.

Tomó una decisión. Sacó el vial, rompió el sello de cera con los dientes y lo lanzó al centro del claro.

—¡Atrás! —gritó, pero su voz fue ahogada por la explosión de blancura cegadora que siguió



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En el texto hay: fantasia, romance, aventura

Editado: 27.04.2026

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