Por el rabillo del ojo, una anomalía rompió la monotonía del conflicto: una figura pequeña, carente de cualquier aura intimidante, se deslizaba hacia la frontera como un pétalo arrastrado por una corriente equivocada. Argon quiso ignorarla, pero su presencia era un ruido blanco en medio de la sinfonía de muerte. Sin embargo, no tenía el lujo de la distracción; tres centinelas de la fortaleza, tres titanes de más de dos metros de altura, aún bloqueaban su camino al Abismo.
Eran los conocidos Puños de Eosforia, gigantes envueltos en armaduras de capas superpuestas de Aethel-oro. El metal místico, forjado por herreros sagrados en el yunque del Sol Perpetuo, vibraba con una frecuencia que repelía la oscuridad por naturaleza. Cada vez que Argon intentaba conectar un golpe, sentía el rechazo físico de la luz bendita, una barrera invisible que hacía que sus ataques resbalaran como agua sobre aceite hirviendo.
Su Erosión del Vacío, esa fuerza devoradora que solía marchitar el acero común, se extinguía al chocar contra la fe materializada de aquellas espadas. Sin embargo, en un estallido de furia, Argon encontró una grieta. Con un movimiento ascendente, su daga de obsidiana se incrustó en el visor del centinela más cercano, desprendiendo de cuajo la cabeza del cuerpo blindado. No hubo sangre, solo un escape de vapor dorado y el estruendo del metal colapsando contra el suelo.
Pero la victoria tuvo un precio. Su mano izquierda temblaba de forma incontrolable. El dolor de mantener el Manto del Silencio contra la resistencia combinada de los tres centinelas estaba desgarrando sus canales de energía. Era una fuerza espiritual brutal, una presión que sentía en los pulmones, como si el mismo cielo de Eosferia intentara aplastarlo por el pecado de existir. Sabía dónde golpear, conocía el punto débil en las articulaciones de los Puños, pero el agotamiento físico le estaba robando la velocidad que su rango de Arconte le exigía.
Entonces, la figura pequeña se detuvo en seco.
En medio del caos, sus miradas se anclaron. Los ojos de la extraña, de un color citrino profundo, brillaron con una pureza que Argon no reconoció. En ese instante, el estruendo de las espadas y el dolor de sus heridas se desvanecieron. Le transmitieron una paz y una inocencia que nunca había sentido. Por primera vez, no sintió la rabia contenida que siempre lo embargaba al ver a los seres de la luz, sintió una tranquilidad que lo desarmó más que cualquier espada.
Estaba llegando a su límite, pero él era el Arconte de la Noche Eterna. El orgullo le dictó que no moriría en estas tierras blancas, ni caería bajo manos que olían a incienso y plegarias. Si caía, arrasaría con cada átomo de luz que se atreviera a profanar su territorio.
El centinela principal, aprovechando su breve letargo, levantó la mano. El aire se ionizó. Argon vio cómo la esfera de luz pura comenzaba a condensarse; la Purificación, el golpe final de los elegidos. Una sonrisa amarga se dibujó bajo los restos de su máscara. Ellos creían que la luz podía borrarlo, pero no entendían que no había resplandor capaz de destruir el vacío absoluto que él custodiaba en su interior.
Giró la cabeza hacia la extraña una última vez, conectando con el citrino de sus ojos antes del impacto. De momento el mundo fue devorado por una blancura cegadora, un estallido de esencia pura que rompió la realidad, acompañado por un grito desesperado que rasgó el aire:
—¡ATRÁS!