El Legado

Capítulo 26

Entro a mi habitación. Que a pesar de que el mobiliario lucía distinto, con todo el mobiliario antiguo y la pintura cambiada, aún así, sabía que era aquí donde dormía  
cada noche.  

Ángela esta recostada en la cama, con un camisón largo blanco que casi competía con su piel, excepto por su cara que estaba sonrosada debido al esfuerzo.   

Se quejaba ruidosamente, por lo que de inmediato corro a su lado, para intentar ayudarla, aunque sé que sólo ella puede pasar por esto. De inmediato siento que se aferra a mi mano, como si eso pudiera darle la fuerza que necesitaba.  

Su cara esta empapada de sudor, a punto de llegarle a los ojos. Encantado de poder ayudar un poco, se lo limpio con la manga de mi camisa.   

- Otra vez – dice una mujer entre sus piernas -. Puje.  

Ángela vuelve a quejarse, haciéndome que me sienta un inútil.  

- Vamos amor. Tu puedes – aprieto su mano.  

Sólo un pujido más y escucho el llanto de mi hijo.  

Apenas logro ver un poco de él mientras la partera se lo pasa a otra mujer para que lo limpie.  

Siento como la alegría invade mi pecho. Agradecido porque ella me ha dado este regalo, la beso mostrándole todo mi amor y cariño. En su cara puedo ver la misma felicidad que siento.  

Tenemos un hijo.  

Le retiro un poco del cabello que se le ha pegado a la cara, pero su piel se siente más fría de lo normal.  

De hecho, ahora que la observo mejor, su cara esta aún más pálida que hace un momento. Por un instante pensé que sólo lo veía así por el cambio de sonrojada a normal, pero estaba perdiendo más color delante mío.   

Incluso sus ojos comienzan a cerrársele, por más que trataba de mantenerlos abiertos. 

¡Algo no está bien!  

Estoy entrando en pánico.   

No quiero. No puede pasar justo ahora. Debería tener un poco más de tiempo.  

- Dios mío – dice la partera al mismo tiempo que mi cerebro se vuelve loco que por poco no la escucho.  

- ¿Qué pasa?   

Justo cuando le pregunto, ella está levantando la bata de Ángela hasta los muslos.  

- Tiene una hemorragia. Hay que detenérsela de inmediato.  

- ¡Haga algo!  

- Es lo que intento señor.  

- Tome señor – dice la mujer que había tomado a mi hijo, ahora ofreciéndomelo.  

Lo tomo casi sin pensarlo. Sentía como si todo estuviera pasando demasiado rápido.  

No es hasta que la segunda mujer se quita de en medio para ayudar a la partera, que me doy cuenta que hay una tercera.  

Puedo sentir su mirada fija en mí, por lo que la observo, dándome cuenta que no es otra que esa maldita gitana que tanto me ha estado persiguiendo.  

Viste ropa similar a la de las otras dos mujeres. Vestido marrón y un pañuelo blanco que les cubre el cabello.   
Sé porque está aquí.  

Viene para llevársela.  

- Necesito ayudar a su mujer – habla de nuevo la ayudante de la partera frente a mí.   

Al parecer, en algún momento me había atravesado, impidiendo que llegara hasta donde se requería su ayuda.  

Por lo que sólo me quito de en medio, con un propósito en mente. No dejaría que esa mujer se llevara a mi esposa. Jamás.  

Estaba a punto de ir hacia ella, cuando la partera se interpone en mi camino. 

No me importa si cree que esa mujer la ayudará, no permitiré que se acerque a Ángela en ningún momento.  

Justo eso iba a decirle cuando es ella quien habla primero.  

- Lo siento. No pudimos detener la hemorragia a tiempo – sólo inclina la cabeza como disculpa antes de abandonar la habitación.  

Sus palabras parecían ser incomprensibles, como si hablara en otro idioma. No entendía lo que decía. No podía. Ni siquiera quería pensar en lo que significaba.  

Temo girarme y enfrentar la realidad, pero no puedo detenerme de hacerlo.   

Y ahí está, el peor de mis miedos, a unos cuantos pasos de mí. 

Ángela, recostada con los ojos cerrados. Casi podía engañarme pensando que sólo dormía, pero la falta del movimiento en su pecho donde debería indicar que seguía respirando, rompe el encanto.  

Se había ido.  

Ángela ya no estaba.  

- ¡NO!  

Me siento en la cama, agitado.   

- ¿Qué pasa? – pregunta la voz de la mujer que está a mi lado. Una hermosa voz que estaba feliz de escuchar.  
Me giro hacía ella.   

Era un alivio verla con sus ojos bien abiertos. No pierdo un minuto más para abrazarla y sentir como su pecho sube y baja como prueba de que sigue respirando.  

- ¿Estás bien? – dice riendo, desconcertada por mi respuesta.  

- Ahora si – contesto en su cuello. Me sentía tan bien estando así.  




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