El Legado De Las Sombras

CAPITULO 15

El sonido de una notificación rompió la risa que compartíamos en la mesa del desayuno. Habíamos pasado un rato agradable en casa de Mía, conversando como simples adolescentes, olvidándonos por un momento de todo lo que envolvía el diario de Maximilian y los misterios que cargábamos sobre los hombros.

Bajé la mirada a mi celular. El nombre de mi mamá iluminaba la pantalla. Sentí un nudo en el estómago antes de abrir el mensaje:

"Emma, regresa a la casa de tu abuela en cuanto terminen. Quiero verte allá lo más pronto posible."

No era una orden dura. Mi mamá no era de imponerme cosas, pero en ese texto se notaba su preocupación, como si necesitara asegurarse de que yo estaba bien.

—¿Quién es? —preguntó Harper con un pedazo de pan en la mano.

—Mi mamá… —dije, bajando la voz. La notificación seguía brillando como si me empujara a moverme ya. —Quiere que regrese a la casa de mi abuela.

—¿Tan pronto? —frunció el ceño Mía. —Pero apenas estamos disfrutando el día.

—Ya sabes cómo es… —suspiré—. A veces se preocupa demasiado.

Harper bufó suavemente, pero asintió. —Bueno, tiene sentido… aunque no me gusta que siempre tengas que estar corriendo de un lado a otro.

Sonreí débilmente, sin ganas de discutir. La verdad, en el fondo me daba un poco de calma saber que mi mamá se preocupaba por mí.

—Al menos desayunaste —rió Mía, intentando quitarle tensión al momento—. Sería un crimen irte con el estómago vacío.

—Eso sí —contesté con una risita nerviosa, terminando el jugo en un par de sorbos.

Mientras recogíamos la mesa, sentí ese contraste extraño entre lo que acabábamos de vivir —un momento ligero, lleno de risas adolescentes— y el recordatorio de que afuera nos esperaba la realidad. Y no solo mi mamá… también ese diario que parecía crecer como una sombra en la esquina de nuestras vidas.

El camino hacia la casa de mi abuela siempre se siente más largo cuando voy sola. El silencio se mezcla con el sonido de mis pasos, y aunque intento distraerme pensando en cualquier otra cosa, la imagen del diario vuelve a mí como una espina que no me deja tranquila.

De pronto, escucho voces conocidas. Levanto la mirada y allí están Nathan, Eliot y Julian caminando en dirección contraria. Se ven animados, bromeando entre ellos, pero al cruzarse nuestras miradas, la conversación se apaga como si alguien hubiera bajado el volumen.

—Emma —saluda Nathan con una sonrisa amistosa.

—Hola —respondo, tratando de sonar tranquila.

Eliot me dedica una mirada rápida, esa mezcla de timidez y curiosidad que siempre lo caracteriza, pero es Julian quien logra inquietarme. Se queda observándome más de la cuenta, con esos ojos azules que parecen detenerlo todo. Como si el resto del mundo dejara de importar mientras me mira.

Trago saliva. Mis manos empiezan a sudar y me abrazo los brazos para disimular.

¿Por qué me mira así?

No es raro… se supone que no es raro. Pero en mí, algo se enciende. Algo que no quiero nombrar.

—¿Vas a casa de tu abuela? —pregunta Julian, con calma.

—Sí… mi mamá me lo pidió —contesto lo más rápido que puedo.

Nathan sonríe como si no notara nada extraño, y Eliot se limita a meter las manos en los bolsillos, observando los alrededores. Pero Julian… Julian sigue con esa mirada fija, tranquila, como si me analizara sin intención.

El corazón me late con fuerza.

No, Emma, no es por él. No es por su voz grave ni porque camine como si todo le perteneciera. Es solo que… me incomoda. Sí, eso. Me incomoda.

—Bueno… tengo que irme —murmuro, esquivándolos para seguir mi camino.

Al pasar junto a Julian siento un escalofrío recorrerme la espalda. No dice nada, pero esa cercanía deja en mi piel una huella extraña, como un calor que no debería estar ahí.

¿De verdad no sabe nada? ¿O soy yo la que se inventa cosas cada vez que me mira así?

Nathan y Eliot siguieron caminando entre risas, pero Julian se quedó atrás conmigo. Apenas les dijo unas palabras cortas y ellos obedecieron sin discutir. Me pregunté qué clase de respeto despertaba en ellos para que lo siguieran con tanta naturalidad.

El aire de la tarde estaba fresco, y cada paso hacia la casa de mi abuela parecía más pesado. Yo intentaba no pensar demasiado, pero el silencio entre nosotros me ponía nerviosa. Miré de reojo a Julian. Llevaba las manos en los bolsillos, caminando con calma, como si nada pudiera inquietarlo.

—Emma —su voz grave rompió el silencio, suave pero firme—. No siempre es fácil aparentar que todo está bien.

Me mordí el labio inferior y desvié la mirada hacia el suelo.

—No sé de qué hablas —murmuré, intentando sonar despreocupada.

Él sonrió apenas, sin risa, como si hubiera esperado esa respuesta.

—No importa. —Su tono era tranquilo, casi sereno—. A veces no hace falta hablar.

Quise responder, pero mi garganta se cerró. Había algo en sus palabras que me dejaba sin aire, como si me estuviera tendiendo un puente al que yo no quería acercarme.



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En el texto hay: 20 cap

Editado: 26.12.2025

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