El olor dulce me recibió antes incluso de abrir la puerta de la casa de mi abuela. No hizo falta adivinar: galletas de chispas de chocolate. El aroma cálido, casi hogareño, llenó mis pulmones y, por un instante, me sentí una niña otra vez.
—¡Emma! —la voz de mi abuela resonó desde la cocina, alegre y cargada de cariño.
Al entrar, la encontré sacando una bandeja del horno. El vapor subía lento, impregnando la habitación de ese olor irresistible. Sobre la mesa ya había un plato lleno de galletas doradas, crujientes en los bordes y suaves al centro.
“Harina, mantequilla, huevos, azúcar, esencia de vainilla… y el truco de la abuela: un pellizco extra de sal para resaltar el chocolate.” Pensé la mini receta de memoria, como si repitiera un hechizo secreto que solo ella y yo compartíamos.
—Llegaste justo a tiempo, cariño —me dijo sonriendo, colocándome una galleta caliente en la mano—. Cuidado, quema.
—Gracias, abu —respondí, soplando antes de darle una mordida. El chocolate derretido se pegó en mi lengua y tuve que contener un suspiro de felicidad.
Entonces escuché voces en la sala. Mi corazón dio un brinco. Mis papás estaban allí.
Entré despacio, aún con la galleta en la mano. Mi mamá me miraba desde el sofá, seria pero con un aire cansado. Mi papá estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados. La tensión en el ambiente me erizó la piel.
—Emma, siéntate, por favor —dijo mi mamá, señalando el sofá frente a ellos.
Me acomodé con cuidado, todavía sin entender por qué el ambiente se sentía tan solemne. Mi abuela se unió a nosotros, sentándose a mi lado y tomando mi mano con dulzura.
—¿Qué pasa? —pregunté en voz baja, con un nudo en el estómago.
Mi mamá respiró hondo antes de hablar:
—Hemos estado pensándolo mucho. Tu papá, tu abuela y yo… creemos que lo mejor es que nos quedemos a vivir aquí, en Wald der Schatten.
Parpadeé, sin entender del todo.
—¿Quedarnos… de forma permanente? —repetí.
Mi papá asintió, con su tono firme pero tranquilo:
—Sí, Emma. No será solo una visita. Será nuestro hogar a partir de ahora.
Mi mundo pareció detenerse un segundo. ¿Qué significaba eso? ¿Decirle adiós a todo lo que conocía?
—Pero… ¿y nuestra casa? —pregunté, con un hilo de voz.
—La hemos vendido —respondió mi mamá, suavizando la voz, como si supiera cuánto dolería—. Con ese dinero podremos costear tus estudios aquí, en la universidad de este pueblo.
El silencio se hizo pesado. Sentí la galleta enfriarse en mi mano, olvidada.
Universidad aquí. Casa aquí. Todo… aquí.
Wald der Schatten, con sus calles sombrías y sus secretos oscuros, ya no era un destino pasajero. Era el lugar donde pasaría mis próximos años. Donde tendría que seguir enfrentando ese misterio inquietante.
Donde Julian existía.
Mi abuela apretó mi mano con ternura, como si quisiera anclarme.
—Sé que es un cambio grande, cariño —dijo ella con voz suave—. Pero quiero que pienses en esto como un nuevo comienzo.
Tragué saliva, sin saber qué responder. Entre la sorpresa, la confusión y un atisbo extraño de emoción que no quería reconocer, mi mente era un torbellino.
¿De verdad podría empezar una vida aquí? ¿O ya estaba demasiado atrapada en las sombras de este pueblo?
Me quedé callada un buen rato después de lo que dijeron mis papás. Ellos hablaban entre sí, mi abuela asentía de vez en cuando, y yo apenas escuchaba fragmentos: “nuevo comienzo”, “tranquilidad”, “oportunidad”. Palabras que sonaban bonitas, pero que no me terminaban de calar.
Cuando por fin subí a mi habitación, todo se sentía diferente. No era solo la casa de mi abuela… ahora sería mi casa también. Dejé el bolso sobre la cama y me dejé caer boca arriba, mirando el techo.
Lo primero que me vino a la mente no fue el cambio, ni siquiera la universidad… sino ellas.
Mía y Harper. Mis amigas. Me imaginé caminando con ellas por las calles del pueblo, riéndonos de cualquier tontería. Harper con su sarcasmo inevitable, Mía con su risa contagiosa. Sentí un calorcito en el pecho solo de pensarlo. Al menos no estaría sola en esta nueva etapa.
Después, casi sin querer, pensé en Nathan y Eliot. En la forma despreocupada en que bromeaban, como si nada pudiera afectarlos. Y, claro, pensé en él.
Julian.
La imagen de sus ojos fijos en mí apareció sin permiso. La forma en que caminó conmigo, como si supiera más de lo que decía. La voz grave que todavía parecía vibrar en mi oído.
Me llevé la mano al rostro de inmediato, notando cómo se calentaban mis mejillas.
—No… —murmuré en voz baja, volteando a un lado como si pudiera espantar el recuerdo.
No. No era eso. No era que me gustara. No podía ser. Seguramente era solo que me incomodaba su manera de mirarme. Eso era.