El legado de las sombras

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El tiempo que siguió después de aquel incidente fue duro para Madison, y para todos en general. Alex tuvo que darles explicaciones a sus padres de lo ocurrido, y durante algunos días estuvo faltando a varias clases en el instituto, ya que al parecer y según se corrían los rumores, el joven no podía dormir debido a las múltiples pesadillas que lo acosaban noche tras noche. Madison, sin embargo, tuvo que ir obligada por sus padres ante el párroco de la localidad, contarle no solo lo que había hecho y todo lo sucedido con lujo de detalles, sino que también someterse a bendiciones con agua bendita para limpiar lo que sea que haya causado en su vida, a criterio del padre Owells.

Eso no fue lo más complicado de todo, de hecho. Lo verdaderamente difícil fue volver al secundario, casi un mes después. Si nadie le hablaba, ahora directamente generaba rechazo y miedo en partes iguales. Cuando caminaba por los pasillos hacia la cafetería, los jóvenes la miraban al pasar en completo silencio, algunos cuchicheando cosas entre sí, y ella fingía no darse cuenta o no oírlos. Sarah y Emily ya no le hacían bromas ni la acosaban, pero la miraban con desprecio y temor, y aquello no hizo más que acrecentar su aislamiento. Ya no tenía sus libros, tampoco tenía sus casetes de Marilyn Manson y a duras penas había podido conservar algunos de sus vestidos negros, sus padres habían tirado todo.

También había otras situaciones que le comenzaron a llamar la atención, pero lo atribuyó más que nada a la sugestión de lo vivido, que a otra cosa en particular. A veces, cuando pasaba frente a una ventana, le parecía ver un segundo reflejo en el cristal. Era solo un instante, una fracción de segundo en la que, de reojo, podía notar como si su propia silueta fuese acompañada por algo más a su espalda. Pero, aunque corría hacia el espejo de su dormitorio para verse con detalle, lo cierto era que no podía notar nada fuera de lugar. También sentía ruidos, sonidos extraños por la noche como si algo se moviera dentro de las paredes y a la cabecera de su cama, pero no tenía por qué alarmarse. A fin de cuentas, la mayoría de casas en Ellicot City —incluida la suya propia— eran propiedades viejas, y a medida que el invierno se acercaba, consideraba normal que la estructura hiciera algunos crujidos cada tanto.

Aunque a pesar de todo, lo peor de aquello era el olor. La casa había comenzado a oler extraño, como a podredumbre, a aguas estancadas y excrementos en mal estado. James, su padre, dedicó todo un fin de semana entero a revisar cada desagüe de los ochocientos metros cuadrados de terreno que bordeaban la casa, e incluso destapó varios de ellos. Sin embargo, a los dos o tres días aquel hedor volvía a aparecer. No importaba cuantas veces Claudette —su madre—, limpiara los pisos con solución perfumada, ni cuanto aromatizador de ambientes rociara en el aire, aquel hedor parecía impregnarlo todo.

Con todo, el tiempo pasó, semana a semana, mes a mes, y con el correr del año lectivo, los jóvenes no olvidaron lo que había sucedido, pero si fueron restándole importancia poco a poco, hasta que comenzaron las tragedias. En la primera semana de diciembre, cuando las familias empezaban a preparar sus casas para la llegada de las visitas familiares y los preparativos de navidad, la Continental RailRoad anunció la inauguración de una nueva línea de trenes que recorrería desde Woodlawn hasta Guilford, siendo esta la más extensa de la compañía. La noticia, como era de esperarse, sentó muy bien en la localidad, ya que daría la posibilidad a muchas familias de hacer viajes más directos para poder reunirse en aquellas fechas tan especiales, además de que el ayuntamiento aprovechó esta oportunidad para destinar parte de los fondos públicos en reabrir y restaurar las viejas estaciones consideradas como patrimonio histórico local, algo muy pedido por casi todos los alcaldes.

Se anunció pues que el primer tren de pasajeros saldría desde Westchester, llegando a la estación de Ellicot City el viernes ocho de diciembre, a las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde. La localidad entera se vistió de fiesta para recibir el primer recorrido del gran tren de pasajeros, se organizaron puestos de comida rápida, música, guirnaldas de colores y la presencia de las autoridades regionales, quienes esperaban ansiosos la hora prevista. El clima estaba frío, como casi siempre por aquellas fechas, pero por suerte aquel día no nevaba, por lo que a pesar de que muchos estaban envueltos en chaquetones y bufandas, un agradable resplandor de sol parecía iluminar todo casi de forma perfecta.

Varios minutos antes de la hora prevista, el silbato del tren se hizo escuchar en la distancia, por sobre el sonido de la música festiva y el ruido a conversaciones de la gente que se apiñaba en el andén de la estación. Todos vitorearon, aplaudieron y levantaron los brazos, expectantes y mirando hacia las vías, en la distancia. Poco a poco, el tren comenzó a divisarse, su gran foco blanco de luz coronando la trompa de la máquina principal ya era visible desde esa distancia. Metro a metro, la enorme máquina de treinta vagones y cuatro mil toneladas se acercó a la estación Cliffway Forger, y entonces, ocurrió.

Sarah miraba entre la gente, con una amplia sonrisa curiosa, cuando la vio. A la distancia y entre el gentío había una mujer, de largo cabello negro bucleado, vestida con un uniforme azul desgastado, como si fuera ropa de alguna institución de época. En sus prendas llevaba manchas de sangre, y no podía verle el rostro, ya que una densa sombra parecía cubrirla desde la mitad del tórax hacia arriba. Era como si esa mujer tuviera colores desvaídos en sus ropas, y toda su piel estuviese en blanco y negro, como una vieja fotografía que desentonaba con el paisaje. Nadie más parecía verla, y aunque en un principio no pudo apartar su atención de aquella cosa, realmente sintió miedo cuando la vio atravesar a un hombre limpiamente, a medida que caminaba hacia ella.



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En el texto hay: conspiraciones, hospital, ouija

Editado: 13.03.2026

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