Aquella fue una navidad horrible para todos, principalmente para la familia Winsley, los padres de Sarah, quienes habían perdido a su única hija de la forma más trágica posible. Los más allegados a la joven asistieron al funeral, el cual por obvias razones se realizó con el ataúd cerrado, para dar las debidas condolencias y despedir a su amiga una última vez. Madison no asistió, sin embargo. Primero porque no se alegraba por la muerte de Sarah, pero tampoco le disgustaba. Ella había sido la principal bully desde que había llegado a Ellicot City y no tenía ningún tipo de empatía o aprecio por ella, para ser honesta consigo misma. Y segundo, una parte de sí tenía miedo por lo que vendría después de aquella situación. Era la principal responsable de su muerte, aunque no hubiera tenido implicancia directa, aunque no hubiera accionado con sus propias manos el mecanismo del tren que acabaría por pisarla, había jugado a la ouija aquella noche, y le había dicho palabras ininteligibles a cada uno de los chicos presentes, según le contaron después. Palabras que ahora entendía como profecías, y ya se había cumplido una de ellas.
Dudó muchísimo si comenzar el siguiente año lectivo, y cuando lo hizo, podía sentir como cada uno de los jóvenes en todo el instituto evitaba tan siquiera mirarla. Cualquier persona sentiría hasta un orgullo casi extraño, pero no era su caso. Creía que tener importancia sería distinto, y de hecho, nunca lo hubiera preferido si era a costa de sacrificar la vida otras personas. Al caminar por los pasillos notaba como todos se hacían a un lado, como si tuviera un campo de fuerza invisible que apartara a todos a su alrededor, y no solamente eso, sino que las mismas anomalías que le sucedían en su casa, comenzaron a perseguirla allá donde fuese. Los cristales de las ventanas reflejaban algo más, a su paso, y el olor a muerte parecía impregnar el aire si se quedaba mucho tiempo en un solo lugar.
Fue entonces como decidió abandonar sus estudios. creía que con el tiempo habría podido resistir aquel rechazo, pero lo cierto es que no, y en la última semana de abril decidió tomar el toro por las astas y hablar directamente con Alex. ¿Le seguía gustando? Claro que sí, pero no era ninguna tonta. Sabía que no tenía la más absoluta posibilidad con alguien como él, y aunque la tuviese, su prioridad ahora era otra: debía hacer algo al respecto con el mal que había causado, y para eso, necesitaba su ayuda. Un viernes, y a la salida de la última clase, trotó hasta alcanzar a Alex, quien avanzaba rápidamente rumbo al semáforo, para cruzar la avenida.
—¡Alex, espera! —exclamó, al llegar a su lado. Respiraba agitada, mientras que el largo cabello negro le ondeaba en la suave brisa del mediodía. El joven la vio, de reojo, e instintivamente todo su cuerpo se tensó. “Él también me tiene miedo”, pensó ella, con dolor.
—¿Qué quieres? —preguntó, de forma escueta.
—Creo que la muerte de Sarah está directamente relacionada con lo que pasó esa noche, en tu casa.
—¿En serio? Vaya, eres una genio —respondió, con sarcasmo, mientras negaba con la cabeza. —Claro que está relacionado.
—No vendré más a estudiar aquí. Veo como me miran, como se alejan cuando llego a algún sitio. No quiero eso para mí, ya no más.
—Bien, entonces —musitó. El corazón se le estrujó de la angustia. A él le importaba tres cominos si ella no iba más al instituto, y de hecho, lo comprendía. Aunque no por eso podía evitar que le doliera.
—Quiero remediar esto, Alex.
—¿Cómo? —preguntó, mirándola con fijeza. —Sarah está muerta, Emily esta con una paranoia increíble, apenas siquiera puede dormir del pánico que le genera pensar en esa noche. Tom ya no es el mismo y yo estoy cagado, no te voy a mentir. ¡Carajo, Madison! ¡Trepaste a una pared con los ojos en blanco, nos dijiste un montón de cosas que al principio no tenían sentido, pero ahora vemos que nos has maldecido! ¿De verdad quieres ayudar en algo? Aléjate de nosotros, y ya.
—Te recuerdo que el de la idea de jugar a la ouija fuiste tú, Alex —respondió ella, herida en su amor propio. No había maldecido a nadie. De hecho, odiaba a esas chicas, pero tampoco al punto de querer que muriesen. No era una psicópata asesina, y que se la viera como tal era algo que no iba a permitir.
—Pero era eso, un juego, y nada más. De hecho, ni siquiera estaba funcionando hasta que dijiste esas palabras extrañas y el indicador se empezó a mover. A saber que mierda has invocado.
Madison resopló por la nariz. Cruzó la avenida junto a él en cuanto vio que los semáforos se pusieron en verde, y entonces, al llegar a la siguiente esquina, tomó a Alex por un brazo.
—¿Aún tienes la tabla? —preguntó.
—Sí, la tiré al sótano. ¿Por qué?
—Hay que romper el vínculo. No podemos jugar hasta que el ente nos deje ir porque… bueno… —hizo una pausa incomoda— Sarah está muerta y nos faltaría ella. Pero puedo quemar la tabla, y debo hacerlo yo, porque fui la que abrió el canal.
Alex pareció dudar un momento, bajó la mirada hacia el suelo y entonces negó con la cabeza.
—No sé, Madison. Creo que ya bastante caos hemos causado últimamente.
—¿Temes por tu vida?
Él la miró como si estuviera de broma.
—¡Claro que temo por mi vida, al igual que Tom y Emily!
—Entonces ayúdame a terminar con esto, por favor.
—Bien… —consintió, al fin. —¿Qué tengo que hacer?
—Llévame la tabla y el planchette a mi casa, esta noche después de las diez, que es cuando mis padres ya están acostados. Golpéame la ventana dos veces, sabré que eres tú. Mi habitación está en el patio trasero, la ventana de la izquierda. Tendré todo listo.
Alex pensó durante unos momentos, y luego asintió con la cabeza.
—Lo haré. Espérame despierta —dijo, antes de seguir con su camino.
Se alejaron en sentidos opuestos por la avenida, y el día transcurrió lentamente para Madison, quien estaba ansiosa y también preocupada por la situación. Según lo que recordaba de sus libros de ocultismo, quemar una ouija siempre daba buenos resultados, más que nada cuando el espíritu ligado a ella se negaba a despedirse, como era el caso. Aunque por otro lado, ¿realmente era un espíritu común, o se trataba de algo más? Sabía bien que cualquier espíritu común era capaz de ser omnisapiente, por lo tanto, la muerte de Sarah podía haber sido una mera casualidad utilizada por la entidad con el fin de alimentarse a través del miedo.
Editado: 13.03.2026