Sin que ellos lo supieran, Emily dormía apaciblemente envuelta en la tibieza de sus mantas. La ventana de su habitación estaba abierta, enfriando el ambiente, y aunque sabía que muy posiblemente amaneciese con un poquito de dolor de garganta, ya era costumbre en ella pasar la noche de aquella forma. Le gustaba sentir el aire fresco al dormir, y por más frio que hiciese, aunque sea un ápice de ventana tenía que mantener abierto, o sentía que le faltaba el aire.
Se giró hacia la derecha, respiró hondo y su cerebro profundamente dormido decidió ignorar el olor a cadáver que impregnó la habitación, a pesar de la suave brisa que entraba desde el exterior, meciendo las cortinas blancas. A los pies de la cama, una sombra negra empezó a hacerse visible, aún más oscura que la propia oscuridad de la noche. Poco a poco, esa sombra tomó forma humana, envuelta en su trajecito de época, con delantal y de un color azul raído. Los ojos del rostro sin forma que parecía mirar a la joven chispearon en cuanto la vio, y flotando hacia la cama, se situó a su lado, para verla mejor.
El penetrante olor a muerte que despedía la entidad acabó por despertar a Emily, y justo cuando comenzaba a abrir los ojos, ésta la tocó. Apoyó una de sus manos pútridas y oscuras en el borde de la cama y al instante el calor abrasador envolvió a la joven. Solo tuvo un margen de segundo para mirar cara a cara a la espectral mujer que la miraba con fijeza, con el rostro lleno de sangre y gusanos, antes de dar el primer alarido. Emily se abalanzó de la cama con desesperación, viendo como desde su tórax hasta sus extremidades surgían llamas de fuego, como si de repente hubiera sufrido una combustión espontanea.
Gritó de forma desgarradora, mientras corrió atravesando el cuarto, se estampó contra el espejo de pared rompiéndolo en cientos de trozos que se clavaron en sus pies descalzos, y luego cayó al suelo, sacudiéndose de forma frenética y desesperada debido al shock, al sentir como el fuego le quemaba, penetrando sus tejidos y cristalizando sus globos oculares.
Justo antes de que sus padres —alertados por los alaridos de su hija— ingresaran a la habitación, el espectro se desvaneció en el aire de un segundo al otro. Al abrir la puerta, vieron con espanto como la joven convulsionaba envuelta en llamas, hasta quedarse quieta poco a poco. Nada más se estaba quemando a su alrededor, ni las mantas de la cama, ni tampoco el suelo de parqué. Las llamas devoraban el cuerpo de Emily y nada más a su alrededor, a pesar del imponente calor que despedían.
Su madre gritó y perdió la conciencia, desmayándose de la impresión. Su padre, sin embargo, corrió hasta la cama y tomando todas las mantas que podía, se las arrojó encima palmeando con las manos e intentando hacer que rodara por el suelo, para sofocar las llamas. Por desgracia, cualquier intento de salvación ya era tarde porque cuando apartó las mantas con los ojos llenos de lágrimas y las manos temblorosas, el cuerpo carbonizado de su hija sin vida parecía mirarlo en el silencio de la habitación, con una expresión torcida y la carne humeando, a pesar del aire frío que se colaba a través de la ventana abierta.
*****
Cuando despertó, lo hizo de forma brusca. Su padre, James, estaba sacudiéndola por los hombros. Parecía desesperado, y entre sueños, pudo escuchar el llanto de su madre desde la sala de estar.
—¡Qué hiciste, Madison! ¿Qué has hecho? —exclamaba. Ella lo miró sin comprender.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —balbuceó, apartándose el cabello de la cara.
—¡Hay trozos de un tablero ouija quemados en el patio, y anoche la hija de los Chastain murió quemada!
Al escuchar aquello, Madison abrió los ojos con rapidez, como si de repente las palabras le hubieran sentado peor que una bofetada, quitándole el sueño de un golpe.
—¡¿Qué?! —exclamó. —¡Yo no hice nada!
—¡Todo se ha ido a la mierda desde que jugaste con esa cosa en aquella fiesta! —abatido, James se dejó caer en el borde de la cama, sentándose en ella, y entonces se quitó los anteojos con una mano trémula, frotándose los ojos. Madison jamás había visto a su padre llorar, ni siquiera una vez en sus dieciséis años, aquella era la primera.
—Papá… —murmuró, con miedo. No sabía que hacer ni cómo actuar.
—Levántate y recoge tus cosas, debes hacer el equipaje. Hoy mismo te irás con tus abuelos, tu madre lo ha decidido.
Madison abrió grandes los ojos, y lo miró casi boquiabierto. De repente tenía muchas ganas de llorar y gritar, pero en su lugar no hizo nada de eso. Solamente sintió correr el cosquilleo nervioso por todo su cuerpo de saber que había cruzado un límite, que la había cagado y bien. Entonces negó con la cabeza.
—¿Qué? Pero no… eso no es justo. ¿Y tú no hiciste nada? Papá… —en un arrebato de desespero, le apoyó una mano en el hombro y lo ladeó hacia ella. —¡Papá, dime algo!
—¿Qué quieres que te diga, Madison? ¡Has jugado con algo que ni siquiera entiendes, y dos jovencitas han muerto! ¡Dos! —le respondió.
—Tú no crees en estas cosas… ¿De mamá? De acuerdo, lo espero. No de ti, papá, por favor… —dijo ella, con la voz quebrada al tiempo que negaba con la cabeza.
—De hecho no lo hago, pero es imposible no creer en que algo horrible está sucediendo, cuando ya han muerto dos personas directamente implicadas a esa maldita noche en que tuvimos que llevarte al hospital por jugar esa mierda —James se cubrió los ojos con una mano y entonces la miró con expresión asustada—. ¿Sabes quién te fue a buscar ese día, y te encontró despatarrada encima de una mesa, totalmente inconsciente? Yo, Madison, yo lo hice. Yo te cargué en andas hasta el coche y yo fui quien condujo hasta el hospital. No sé qué has causado ni con que… —hizo una pausa, dudoso. —cosa has contactado, pero es mejor que permanezcas un tiempo fuera, hasta que todo se calme. Tienes dieciséis, permanece estos dos años con tus abuelos y cuando tengas la mayoría de edad, podremos mudarnos a otro sitio donde comenzar de nuevo.
Editado: 13.03.2026