El día transcurrió con una lentitud increíble, para su pesar. La reunión había sido tediosa y por sobre todo llena de tecnicismos que comúnmente no serían problema para alguien con su grado de capacitación, pero que sin embargo, aquel día la agobiaban. Tenía la cabeza muy dispersa, y no cesaba de recordar el fortuito encuentro con Alex. ¿Qué habría sido de su vida? ¿Cuándo se había casado? ¿De qué trabajaba? Sentía que tenía tantas preguntas que hacerle, que seguramente no sabría por dónde comenzar. Durante el mediodía estuvieron intercambiando mensajes, ella le pasó su ubicación y él le dijo que la esperaría puntual en la puerta del edificio, por lo que dicho y hecho, en cuanto Madison salió a la acera cumplida su jornada laboral, vio a Alex esperándola, apoyado en el espolón de un Toyota Prius gris.
Se dirigieron entonces a la zona más céntrica de la ciudad, donde Alex estacionó frente a una cafetería bastante concurrida, y luego de bajar del coche, tomaron asiento en el patio lateral del local, donde no había demasiada gente, y enseguida una mesera se acercó a ellos para tomarle el pedido. Madison probó el café siberiano junto con un galletón de chocolate, mientras que Alex se pidió un macchiato, ya que el siberiano contenía un chorrito de vodka y luego debería seguir conduciendo. Mientras esperaban el café, charlaron de un montón de trivialidades: él le preguntó dónde había estado todos aquellos años, ella le contó como había sido vivir con sus abuelos, luego le contó de Matt, de cómo había ajustado su dieta para bajar varios kilos sobrantes. Alex le dijo que estaba muy bonita, y Madison agradeció, sonrojándose justo cuando las tazas de café llegaban a la mesa. Hubo un breve silencio, solamente interrumpido por el sonido a las conversaciones de los comensales, que llegaba desde adentro del local a través de la puerta abierta, y entonces ella habló.
—¿Tienes noticias de Ellicot City?
—A veces. Siempre llamo a mis padres una o dos veces a la semana, hablamos de todo un poco, y les pregunto cómo está todo por allí. Siempre me dicen que bien, que normal, pero no sé… Me suena mucho a…
Madison no lo dejó terminar la frase.
—¿Evasión?
—Eso mismo —convino Alex—. De todas formas, los entiendo. Lo de esas chicas fue un golpe duro para todos, y en cuanto me fui de allí para estudiar la carrera, ya no quise saber más nada con todo aquel asunto. Intenté dejarlo atrás tanto como me fuese posible, la verdad.
—Ya, yo también… —asintió ella, jugueteando con su cucharilla de café. —Éramos unos adolescentes imbéciles.
—Sí, lo éramos.
—¿Qué carrera hiciste? ¿En qué trabajas? —preguntó ella, mirándolo con fijeza.
—Bueno, siempre me ha gustado la biología, así que fue lo que hice. Por azares de la vida acabé desviándome a la biología marina, y ahora trabajo como científico en la OceanLife Explorer. De hecho, así fue como conocí a Evelynn. Hace cuatro años que nos casamos.
—Vaya, mis felicitaciones. ¿Y en qué consiste tu tarea? —preguntó, con una sonrisa. Cuatro años casado, cielo santo, pensó.
—Bueno, la empresa determina un área oceánica para investigar porque no sé… —Alex pensó en algún ejemplo rápido. —El plancton está disminuyendo o hay una fluctuación en la salinidad del agua, cosas así. Así que me embarco con un equipo de científicos durante tres o cuatro meses, vamos allí, tomamos muestras del agua, de peces, de algas y microorganismos, los estudiamos, vemos que ha causado el problema, e intentamos corregirlo. ¿Y tú? ¿En qué trabajas?
—Soy consultora médica.
—¿Y eso? —preguntó él, extrañado. —Nunca lo había oído.
—Bueno, digamos que soy quien controla que los hospitales y centros médicos del país funcionen correctamente, que tenga la tecnología necesaria, que el personal médico este capacitado…
—¿Cómo una inspectora?
—Masomenos, sí.
—¿Y puedes atender pacientes si es necesario?
—Bueno, no es lo habitual, pero sí —convino Madison—. Aunque mi función principal es controlar que todo esté legalmente en regla, si hay una emergencia y estoy presente, puedo atenderla. De hecho, uno de los requisitos para trabajar de esto es tener una sólida formación en medicina, tanto forense como en intervención clínica.
Alex sonrió entonces, negando con la cabeza.
—Vaya que has cambiado, Madison. Recuerdo cuando vivías con tu maquillaje y tu ropa negra, y mírate ahora. No te imagino vestida de enfermera.
—Pues que lástima, estoy segura que el traje me quedaría bien —bromeó ella—. ¿Cómo está Tom? ¿Aún sigues hablando con él?
—Claro que sí, de hecho nos juntamos a comer y tomar algunas cervezas al menos una vez al mes, siempre y cuando yo no esté en alta mar. Podrías venir conmigo algún día, se alegrará de verte.
—¿Estás seguro que lo hará? —preguntó ella, dudosa. Alex se puso un poco más serio, bajó la mirada a la mesa y respiró hondo. Sabía a lo que se refería.
—Bueno… él ha sido el más marcado de todos, creo. Yo no lo sabía, me lo contó mucho tiempo después, pero él estaba enamorado de Emily.
—¿En serio? ¿Y cómo fue?
—Había pasado un año, masomenos, de su muerte. Obviamente que durante ese tiempo lo notaba muy distante, más callado de lo habitual, como que ya no era el mismo, pero lo relacioné a que debía tener miedo de que le pasara algo a él también o que se yo, como la película de destino final —dijo, a modo de broma—. Una noche estábamos en casa, era primavera y habíamos pedido unas pizzas para hacer un trasnoche, estrenaban la última de Freddy Kruger. Estábamos viendo la película, y de repente, de la absoluta y mismísima nada, se puso a llorar. Nunca lo había visto llorar de esa forma, en verdad. Le pregunté que le pasaba y solo me dijo “Yo la amaba, Alex. Nunca se lo dije porque siempre creí que era demasiado para mí, pero lo hacía, lo hacía con todas mis fuerzas. No tenía por qué haber muerto así”.
—Mierda… —murmuró ella, consternada.
Editado: 13.03.2026