El legado de las sombras

5

Mientras los días pasaban, Madison y Alex charlaron muchísimo por teléfono, y también acordaron reunirse otra vez. Él le había propuesto reunirse junto a Tom, en una de sus barbacoas típicas, pero luego cambió de parecer, por lo que decidió reunirlos a ambos en su casa. Al principio su esposa no estuvo muy de acuerdo, principalmente cuando le contó que se había encontrado con una ex compañera de secundario y que le parecía una buena oportunidad para retomar la amistad, sin embargo acabó por ceder, por lo que una noche de domingo Madison estacionó su coche frente la dirección marcada, bajó del mismo con una botella de vino en la mano, y llamó al timbre.

La casa era preciosa, de piedra a la vista y porche en madera, con dos plantas y techo entejado de terracota. El jardín era espacioso, y una pequeña verja de madera separaba el patio principal con el trasero. Madison se alisó un poco su blusa negra, intentando disimular su nerviosismo, y luego miró que su pantalón de cuero no tuviera ninguna pelusilla. Había lustrado las botas negras, de caña alta, para la ocasión, y también le había puesto una cadena nueva al pantalón, que pendía al costado de su cadera.

—Hola, Madison —escuchó, en cuanto la puerta se abrió frente a ella. Alex estaba allí, con su amplia sonrisa de siempre.

—Siento llegar tarde, el tráfico es una locura —dijo, excusándose.

—No te preocupes, recién acabamos de encender el fuego, ven pasa.

—Toma, esto es para la cena —Le extendió la botella en las manos y Alex la tomó sonriendo—. No sabía que comprar, así que…

—No te hubieras puesto en gastos, si sabes que eres mi invitada. Vamos, pasa, estoy ansioso porque veas a Tom.

Alex se hizo a un lado para permitirle ingresar. La casa era majestuosa y bonita, y además olía muy bien, como a perfumador de ambientes o algo similar. En el vestíbulo había un mueble para dejar abrigos y zapatos, un espejo grande empotrado en la pared y una lámpara colgante en el techo, que no estaba encendida pero Madison adivinaba que era simple estética. La sala de estar tenía grandes sofás, en tela gris con cojines de buen tamaño, y una mesita auxiliar en el medio confeccionada en vidrio negro. Frente a los sillones había un televisor de pantalla plana, con un equipo de sonido por debajo, y a un costado de la sala una enorme chimenea de piedra con detalles de mármol. La decoración era bonita, había cuadros de arte, fotos familiares en marcos elegantes, bibliotecas y estanterías repletas de libros, y todo el suelo cubierto por una alfombra suave y grande.

—Guau, tienes un palacio muy hermoso, Alex O´Ryan —bromeó ella—. Felicitaciones.

—Gracias, todavía nos quedan por delante quince años de hipoteca, pero no nos va mal. Ven, pasa. Los chicos están en el fondo.

Cruzaron toda la sala de estar, el comedor con iluminación de lámparas de araña en el techo, vitrinas con cristalerías y porcelana fina y a simple vista Madison atisbó lo que al final del pasillo podía ser la cocina, que si tenía la mitad de los lujos que el resto de la casa, entonces debería ser hermosa, pensó. Luego de que Alex dejó el vino encima de una mesa, y al acercarse a una puerta corrediza de vidrio, los sonidos de las charlas le llegaron en suaves oleadas, y todo su cuerpo se tensó al ver a Tom. ¿Cuál sería su reacción al verla? ¿Le hablaría de buena manera? Tenía muchas dudas y, por supuesto, muchos nervios.

—¡Bueno, ahora sí estamos todos! —exclamó Alex. Tom estaba charlando con una mujer, asumía que la esposa de Alex, y ambos se voltearon a verla, interrumpiendo su conversación. Ella era bonita, no iba a negarlo, pensó, aunque quizá no mucho más que ella misma. Estaba vestida con un pantalón de jean, borcegos marrones y una camiseta de manga corta celeste, que combinaba perfectamente con lo blanco de su piel y el rubio de su cabello, largo hasta pasando la media de la cintura. Tom, por su parte, estaba muy gordo. Lo recordaba flaco, con un peso ideal cuando asistían al instituto, pero ahora estaba rechoncho. El rostro sin barba aún conservaba algunas pecas de la pubertad, y sus ojos tras las gafas parecían mirarla con aire de continuo cansancio. Llevaba zapatillas deportivas, un pantalón gris de franela y una camiseta Columbia, de manga corta. En su antebrazo derecho tenía un tatuaje.

—Hola —saludó, levantando una mano. Madison caminó junto a él hasta acercarse al grupo.

—Ella es Evelynn, mi esposa —dijo Alex, situándose junto a ella y apoyándole una mano en la cintura. Madison esbozó una sonrisa.

—Hola, Evelynn, es un placer. Gracias por la invitación —respondió, dándole un beso en cada mejilla.

—El gusto es mío.

—Hola, Tom. Cuanto tiempo —dijo Madison, sin saber muy bien que hacer o que decir. él la saludó con un beso en la mejilla y un medio abrazo rápido.

—Sí, ha pasado mucho. Veo que no has cambiado nada, sigues siendo la misma rockera inadaptada de siempre, pero con el cabello más corto —bromeó.

—Menos inadaptada quizá, pero sí, así es. Tú, en cambio, estás muy distinto a cómo te recordaba.

Tom bajó la mirada al suelo, y asintió con la cabeza.

—Ya, los malos hábitos, supongo.

—Iré a preparar las ensaladas —comentó Evelynn, mirando a Alex. Este asintió con la cabeza.

—Voy contigo, así traigo un par de cervezas.

—Deja, yo las traigo, tú ocúpate de la carne.

—Eres la mejor, cariño —bromeó Alex, dándole un rápido beso en los labios. Madison lo miró de reojo, y luego le sonrió a Tom para continuar con la charla.

Minutos después y en cuanto ya estaban bebiendo una suave y escarchada cerveza porter, el trío se acercó a la barbacoa para contemplar el fuego, revisar la carne y charlar bajo la lumbre de las llamas. Mientras que Tom fumaba algún que otro cigarrillo, charlaron de muchas cosas, principalmente de aquel horrendo pasado que lamentaban hasta el día presente. Ella le contó de que con Alex intentaron hacer todo lo que pudieron para evitar las tragedias, que incluso habían quemado la tabla y que debido a ello sus padres la habían enviado fuera de Ellicot City, aún contra su voluntad. Tom le dijo que lo sabía, que Alex le había contado acerca de esa noche, y que no le guardaba ningún tipo de rencor, pero había cosas que no se podían olvidar.



#99 en Terror
#790 en Thriller
#286 en Suspenso

En el texto hay: conspiraciones, hospital, ouija

Editado: 13.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.