El legado de las sombras

6

Durante los días posteriores, Madison y Alex charlaron lo mínimo y necesario. No volvieron a reunirse, y aunque estuvo tentada de contarle sobre la charla con su esposa, lo cierto es que no lo hizo. No por Evelynn, ella de hecho, no podría importarle menos. Pero sí lo hizo por Alex. Se le veía feliz junto a ella, y no quería arruinarle nada ni mucho menos generar una posible discusión.

El día de zarpar llegó, y mientras que Madison —ajena a todo esto— trabajaba en la supervisión del hospital Waynesburg, Alex ya estaba de camino al puerto de Pond Road. Conducía con buenos ánimos, acompañado de su esposa, y cuando llegó al mismo, se dirigió directamente a la plaza de estacionamientos reservada para la compañía. Aún en esa distancia, el enorme barco con el logo de la OceanLife Explorer se podía ver desde allí, atracado en el muelle, y luego de apagar el motor del coche, bajó y lo rodeó para tomar el equipaje del maletero. Sin embargo, Evelynn no descendió del Toyota, por lo que Alex la observó mientras sostenía el bolso de viaje.

—¿No vienes? —preguntó, haciendo un gesto con la cabeza. Evelynn bajó del vehículo y miró hacia la zona de arribo, dando un leve suspiro.

—Hay algo que no me gusta, Alex —dijo—. ¿Por qué no hablas con Roger? Steve y Lenard siempre están libres, y ya sabes lo mucho que les gusta ir a esa isla. Pueden ir ellos en tu lugar.

Alex se acercó a su esposa, y se colgó el bolso de un hombro, para poder sujetarle las manos.

—He estado en comisión durante dos meses, en algún momento tengo que volver a trabajar —vio la mirada de incertidumbre en ella, y entonces le acarició el cabello, acomodándole un mechón rubio tras la oreja­—. ¿Qué te preocupa, cariño?

—Tengo un mal presentimiento desde que tu amiga apareció.

—Hace más de quince años que no sucede nada, Eve.

—Justamente, más de quince años que no la veías. La compañía te convoca para ir a la isla Celestia y pocos días después, te chocas con ella en plena calle —Le respondió, mirándolo con apremio y apoyándole una mano en el pecho. Él entonces la abrazó contra sí.

—Necesitamos la paga, lo sabes bien. Tenemos la hipoteca, y debemos guardar el dinero para ampliar una de las habitaciones, en especial si queremos agrandar la familia —dijo, apoyándole una mano en el vientre.

—¿Me prometes que te comunicarás a diario?

—Dos veces al día como mínimo, ¿te parece bien? —consintió él.

—Hecho —afirmó Evelynn, no demasiado convencida. A la distancia, pudo ver como tres hombres con camperones rotulados con el logo de la compañía a la espalda, comenzaban a subir al puente de abordaje.

Alex entonces la abrazó un buen rato más, y luego la besó largo y con cariño, como si quisiera tatuarse los labios de ella en los suyos, como siempre hacía, y por último, un beso en la frente.

—Nos vemos en dos meses, cariño. Cuídate.

—Igual tú —respondió ella.

Lo vio girar sobre sus pies, dirigirse al puente de abordaje y justo al llegar a él, volvió a mirarla para saludarla con la mano. Ella le devolvió el gesto, y lo vio subir a cubierta poco a poco mientras el nudo en la garganta se acrecentaba con cada paso. No confiaba en esa mujer, tampoco confiaba en su repentina aparición y no entendía como Alex podía sentirse tan confiado, pero ahora solo debía esperar, no tenía más remedio.

Sin embargo, los días pasaron. La primera semana fue una tortura para Evelynn, sola en aquella casa enorme, sobrepensando constantemente. Cada vez que Alex le escribía o la llamaba por teléfono, sentía que le volvía el alma al cuerpo aunque sea por un rato, y luego de la segunda semana, ya comenzaba a sentirse mejor, principalmente cuando le comentó que ya habían anclado a doce millas náuticas de la isla y estaban tomando muestras de agua, además de monitorear los arrecifes de coral.

Durante todo un mes el equipo de investigación de la compañía trabajó arduamente, y solamente tuvieron que soportar dos tormentas, una de ellas y quizá la más jodida para toda la tripulación, fue cuando tuvieron que descender en la pequeña capsula a ochocientos metros de la superficie. Más allá de eso, el Pacifico estaba tranquilo, haciendo honor a su nombre.

La mañana de domingo en que zarparían a emprender el camino de regreso, todos se levantaron temprano. Había mucha tarea que hacer, como elevar anclas, tomar los últimos registros de los aparatos, guardar a buen recaudo los muestreos del laboratorio y hacer el equipaje de cada uno de los tripulantes. Justamente, Alex se hallaba afanado en doblar su ropa, en la soledad de su camarote, cuando de repente un violento sacudón lo hizo caerse encima del catre, con tanta violencia que se golpeó la cabeza contra el ojo de buey que oficiaba por ventana. Se levantó con un quejido, al mismo tiempo que se tocaba encima del cabello para mirarse la yema de los dedos, tenía un poco de sangre.

Sin embargo, eso no era lo más preocupante. Lo que en verdad le alarmaba era el hecho de la sirena de emergencia, que comenzó a sonar por todo el barco. Salió rápidamente al pasillo, y vio como sus colegas corrían a cubierta, mientras el siseo de las tuberías presurizadas se oía a lo lejos. Corrió junto al grupo y poco antes de llegar a la cubierta, vio a al capitán Gilligan guiando a la tripulación con rapidez.

—¿Qué pasó? —preguntó Alex, con la respiración agitada y elevando la voz por encima del estrepito de la sirena.

—¡El sonar falló, y el casco de proa dio de lleno contra una parte del arrecife! ¿Dónde está Bill?

—¿Por qué?

—¡Hay que apagar las calderas a mano, o volaremos al carajo!

Alex miró a sus compañeros, científicos y operarios de marina que preparaban los botes salvavidas. Dudo un instante, pero finalmente, asintió con la cabeza.

—¡Yo iré, vuelvo en un minuto! —exclamó.

—¡Ten cuidado, aún no sabemos qué tan graves son los daños!

Sin embargo, Alex no llegó a oír esta última parte. Volvió corriendo tras sus pasos, bajó por la escalerilla de metal hacia los compartimentos inferiores de la embarcación científica y luego se dirigió hacia la sala de máquinas, corriendo por la pasarela de acero. A mitad de camino se detuvo para mirar hacia el subsuelo, donde el agua oceánica entraba a torrente, y como si aquello fuese una silenciosa confirmación de lo grave del asunto, noto como el barco comenzó a ladearse poco a poco hacia la zona dañada, perdiendo estabilidad.



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En el texto hay: conspiraciones, hospital, ouija

Editado: 13.03.2026

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