El legado de las sombras

7

El tiempo pasó, y las noticias anunciaron que finalmente, de los cinco científicos desaparecidos, el equipo de buceo solo pudo rescatar los cuerpos de cuatro. Madison no necesitó escuchar el nombre de la quinta persona para saber que se trataba de Alex, lo podía saber en su fuero interno, como si ella misma fuese quien lo hubiera arrastrado al fondo del océano. Intentó comunicarse con Tom, preocupada por él, pero aunque le dejó varias llamadas —ya que había conseguido su número de teléfono en la noche de la barbacoa en casa de Alex— no le respondió ninguna, y un buen día, ni siquiera dio tono de señal. Asumió que le había restringido o bloqueado de alguna forma y con aquel mensaje silencioso fue como optó por alejarse definitivamente. De hecho, ni siquiera se acercó a la casa de Evelynn para darle el pésame. Sabía que lo más probable es que le arrancase los ojos al verla, y ya demasiado dolida estaba como para tener que soportar una escena de su esposa.

Durante los dos meses que siguieron, Madison apenas se presentó en la obra de construcción del hospital Waynesburg un par de veces. No tenía ánimos ni siquiera de supervisar los avances, y ante la llamada de atención de sus superiores, se pidió licencia médica sin goce de sueldo. El hecho de no cobrar su sueldo por un trimestre era algo que no le gustaba, sinceramente, pero se sentía demasiado depresiva como para tener la cabeza enfocada en sus quehaceres. Ya se solventaría con los ahorros del banco, pensó.

En aquel ínterin fue derivada a supervisar la instalación de unos equipos médicos de radioterapia en Minnesota, al mismo tiempo que ponían a alguien en su lugar como reemplazo, para dirigir la construcción del hospital. Lejos de disgustarse, preparó sus maletas, firmó la renuncia del contrato actual y emprendió viaje rumbo a su nuevo destino un martes por la mañana. La tarea era sencilla, creía que no le llevaría un par de semanas, por lo que luego tendría mucho tiempo libre hasta que la llamasen de otro sitio, por lo que podría aprovechar para hacer lo que ella consideraba como “Terapia de mujer”. Recorrería las tiendas de ropa, compraría camisetas nuevas de sus bandas favoritas, iría al cine y quizá daría algunos paseos por los diferentes parques aledaños a la ciudad.

Trabajó arduamente en cuanto llego al hospital Dayton, y para cuando acabó la primera semana de su estadía en la localidad, ya tenía más de la mitad de la sala oncológica preparada y en correcto funcionamiento. Estaba tan ensimismada en su trabajo, intentando acallar las voces de los malos recuerdos de su cabeza supervisando hasta el más mínimo detalle, que ni siquiera se percató de cuando comenzó el caos hasta que ya era demasiado tarde. En cuanto llegó al hospital aquella mañana, notó que todo el personal parecía hablar de lo mismo, conversando entre ellos tanto las enfermeras como el personal de recepción e incluso algunos médicos. Madison decidió no tomarle importancia, por lo que continuó caminando por los blancos pasillos inmaculados hacia el área de radioterapia en remodelación, con su planilla bajo el brazo, el cabello suelto ondeándole al viento y su bata blanca por encima de la ropa negra. Subió al ascensor, tocó el botón del tercer piso, salió del aparato luego de un momento, en cuanto las compuertas se abrieron, y a mitad de un nuevo pasillo se cruzó con el doctor Campbell, quien parecía bastante nervioso. Llevaba las gafas colgando del cuello, la bata desprendida en la pechera y parecía discutir con una chica de la recepción. Levantó la cabeza en cuanto escuchó el ruido del ascensor cerrarse y entonces vio a Madison llegar, por lo que abandonó su lugar y caminó hacia ella.

—¡Señorita Lestrange! ¿Ha visto al equipo de forenses allí abajo?

—No, no lo he visto. ¿Por qué?

—¿Se ha enterado de lo que pasó anoche?

Madison titubeó un instante, y luego negó con la cabeza.

—No, lo cierto es que no. ¿Qué ocurrió?

—Un accidente aéreo, un avión de carga se estrelló a unos cuantos kilómetros del límite de la ciudad, en plena área boscosa. Lo bueno es que al menos no se lamentaron muchas pérdidas humanas, no era un vuelo comercial. Derivaron los cuerpos aquí, para hacerles la autopsia e identificarlos, pero el maldito equipo de forenses no ha llegado aún y tenemos a la prensa, los dueños de la compañía, y un montón de autoridades respirándonos en la nuca —explicó.

Aquello hizo estremecer del pánico a Madison. Lo miró con gravedad y entonces, aunque consideraba que hacer eso con el medico jefe de planta era algo atrevido por su parte, en ese momento no le importó en lo más mínimo. Se acercó a él y le apoyó una mano en el antebrazo izquierdo, sujetándolo con fuerza.

—¿Un avión de carga? ¿De qué compañía? —preguntó, con miedo.

—Creo que tenía el logo de la FedEx en el fuselaje, es difícil verlo teniendo en cuenta como quedó el aparato —El doctor vio la expresión en la cara de la chica, y entonces preguntó, a su vez: —¿Está usted bien?

—Sí… —murmuró. —Pida que prepare la sala de autopsias, yo las haré. ¿Se sabe cuántos cuerpos tenemos?

—Bueno, no sé si cuerpos sea la palabra correcta. Solo sabemos que había tres personas en el avión, el piloto y dos hombres de tripulación. Aquí solo llegaron los hombres de la tripulación y del piloto… bueno… —dudó si decir aquello. —Solo pudieron rescatar un brazo. ¡Hay que joderse! Ni los huesos le quedaron al pobre. Solo una extremidad.

Ni los huesos, pensó, repitiendo aquellas tres palabras una y otra vez. Conocía aquella expresión, aunque no sabía de donde, y como si un potente dejavu le abofeteara, Madison empalideció. Miró al médico fijamente y luego bajó la mirada al suelo, sintiendo como comenzaba a ponérsele borrosa debido a las lágrimas y al mareo que la dominaba. Aquel comentario reactivó el recuerdo sepultado en lo más hondo, de aquella frase dicha en la noche del cumpleaños de Alex. “Tan alto como el sol, ni los huesos. De cuatro, solo uno al final”. Cuatro extremidades, y una sola rescatada para su análisis.



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En el texto hay: conspiraciones, hospital, ouija

Editado: 13.03.2026

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