Luego de reanimarla, Madison abandonó el hospital para volver al hotel donde se estaba alojando. Aquello era el fin, el acabose, ahora la última que quedaba en pie era ella y una parte de sí misma rogaba que aquella entidad viniera a buscarla, para terminar de una buena vez por todas con aquel calvario. Sin embargo, sabía que no era tan fácil. No tenía forma de entender cómo, pero lo sabía en lo más hondo de su ser, casi como un profundo sentimiento en el corazón.
Confirmó en las noticias el accidente aéreo, al parecer una falla en uno de los motores, sin razón aparente. Vio como los principales líderes de la compañía daban entrevistas, como nombraban a los fallecidos —incluido Tom—, y entonces no quiso saber más. Se quedó en la ciudad durante unas dos semanas más sin asistir ni siquiera un solo día al hospital al que había sido asignada, y pronto comenzó a preocupar a sus superiores directos en cuanto los días de licencia se convirtieron en semanas. Recibió llamadas de todo tipo y a todas horas, pero Madison solo salía de la cama para ducharse o comer, ojerosa y a menudo desanimada. Lo cierto era que no tenía ninguna intención de seguir trabajando, al menos de momento, y no había un instante en el día en que su cabeza no estuviese ocupada por aquel espectro maldito, por la cantidad de vidas que recaían encima de sus hombros y por el peso de ser la única culpable de cuatro muertes trágicas. Cuatro muertes que se podían haber evitado si ella simplemente no hubiera ido a esa fiesta, no hubiera querido llamar la atención y no hubiera jugado a la ouija. No era algo que pudiera simplemente superar de la noche a la mañana. El remordimiento la consumía, impidiendo cualquier intento de retomar su rutina.
No había una sola noche en que no tuviera pesadillas. En todas se veía de nuevo a sí misma, una Madison adolescente, con su ropa gótica y su maquillaje negro, poniendo los dedos encima del planchette. Todos estaban con ella: Alex, Tom, Sarah y Emily, y aunque les gritaba que soltaran ese tablero del demonio, nadie la oía. Y justo cuando lo que fuese que había invocado tomaba posesión de su joven cuerpo, en lugar de trepar a la pared del living como una enorme araña humana, saltaba hacia ella para mirarla frente a frente. La Madison de antaño veía a la Madison adulta con los ojos muertos, cuencas vacías y putrefactas, y una sonrisa macabra. La sonrisa de alguien que disfruta el hecho de aterrorizar a su víctima, como el gato jugando con el ratón antes de engullirlo.
Despertaba entonces envuelta en sudor como lo había hecho ahora, con los brazos extendidos hacia adelante como si quisiera cubrirse de algo que solo ella veía. Sentía las sábanas pegadas a sus pechos y su espalda, señal de que había sudado durante mucho tiempo, y respirando agitada, dio un resoplido al mismo tiempo que dejaba caer sus extremidades encima de las mantas, volteando para mirar el reloj digital junto a ella, en la mesita de noche. Dos y cuarenta y ocho de la madrugada.
Dio un suspiro, aletargada aún por el sueño interrumpido bruscamente y el agotamiento mental que implicaba no poder dormir más de una noche completa, y entonces se levantó de la cama, para vestirse con rapidez y salir al balcón. El aire fresco de la madrugada y el silencio casi perfecto de la ciudad, interrumpido por algún coche disperso y el ladrido de algún perro a lo lejos, le brindaban una paz casi absoluta. Podría volver a su casa por la mañana, se dijo, pero fuese adonde fuese todo sería siendo igual: las eternas pesadillas, la constante culpabilidad, el recuerdo de sus amigos como una cinta de video desgastada que se rebobinaba constantemente.
Volvió a la habitación y tomando su computadora portátil, se sentó en la cama con las piernas en cruz y la espalda apoyada en la cabecera, para revisar su bandeja de correos, como hacia a diario, y ya de pasada buscar alguna película con la cual poder distraerse al menos hasta que amaneciera, ya que asumía que no volvería a conciliar el sueño. Revisó sus últimas suscripciones a revistas online de moda y artículos de rock, y luego su bandeja de trabajo. Allí había varios correos de Trevor, su jefe directo, el cual se mostraba bastante insistente con el hecho de que volviese a trabajar. “Como si por teléfono no fuese suficiente”, pensó, con cierto desagrado. Sin embargo, podría utilizar eso a su favor. ¿Cuánto tiempo había mantenido la mente ocupada en su trabajo, sin pensar siquiera en lo que había ocurrido? Se preguntó. Años, muchos de hecho. Años en los cuales no había pensado ni un solo día en aquella maldita noche, ni en el tablero ouija, ni mucho menos en Alex o sus colegas, hasta que lo encontró. Hasta que tuvo la putísima desdicha de toparse de lleno con él. Y entonces todo se fue a pique.
Pero de nada servía lamentarse por siempre, tirarse en una cama a llorar y a tener pesadillas noche tras noche porque su depresión la estaba consumiendo, tragándola cada vez más y más hondo en el abismo oscuro de aquel recuerdo horrible. Tenía que hacer algo y debía hacerlo ahora, porque nadie más vendría a salvarla que no fuese ella misma. Por ende, leyó correo tras correo hasta que encontró una oferta de trabajo enviada al menos una semana atrás que no podía rechazar, algo que tal vez le ayudaría a salir de aquella situación, al menos por un buen tiempo. Buscó la ubicación en Google Maps, y lo que vio la motivó aún más.
Trevor necesitaba sus servicios como consultora en el hospital Ashgrove, ubicado en la localidad de Ravenwood, a las afueras de Hawthorne, en Massachusetts. Era considerado como el hospital más antiguo de todo el condado, y eso para ser generosos, ya que o las imágenes eran bastante obsoletas, o la edificación era realmente una completa ruina. Remodelar y ampliar aquel viejo edificio con arquitectura gótica iba a ser una tarea titánica, pero no imposible, ya que contaba con un ala moderna de atención al público, construida en el último periodo de gobierno republicano. Un verdadero desafío, como a ella le gustaban, y con el que quizá podría mantener la mente ocupada el tiempo suficiente como para que la memoria de toda aquella tragedia se desvaneciera poco a poco, como el humo de un cigarrillo que se consume lentamente. Con rapidez clickeó en el espacio en blanco de la respuesta, apoyó sus manos encima del teclado, y con dedos agiles escribió:
Editado: 13.03.2026