Madison emprendió el camino rumbo a Ravenwood a media mañana, luego de utilizar su tarjeta gubernamental para llenar el tanque del coche, y luego de tomarse un instante para leer todos los documentos de la carpeta que Trevor le había dejado en su poder. El hospital Ashgrove era pintoresco, sin duda alguna, y confiaba en su capacidad para convertir aquel viejo esqueleto medio derruido en un establecimiento de alta gama. Revisó el historial del sitio, el personal médico y también el historial de pacientes. Actualmente el hospital contaba con veintidós internaciones confirmadas, pero no creía que le afectasen en las reformas. En cualquier caso, si los ruidos de la obra o quizá el modus operandi de trabajo interfería en el reposo de los pacientes, siempre podía trasladarlos momentáneamente a otro centro hospitalario.
Atravesó toda la carretera cincuenta sin quitar el pie del acelerador ni un momento, fluyendo a unos agradables ciento treinta kilómetros por hora. La carretera estaba casi desierta, a excepción de algunas camionetas familiares y camiones de mercancías, por lo que se permitió conducir un poco más rápido de lo normal, hasta que cruzó los límites de acceso a Hawthorne. Poco a poco, y a medida que el mediodía daba paso a la tarde, el cielo comenzó a nublarse con rapidez mientras que el viento sacudía algunas ramas de los árboles aledaños. Madison estiró una mano para encender la radio en la pantalla táctil del tablero del coche, y sintonizó la estación de noticias. El reporte del clima anunciaba una fuerte nevada con tormentas copiosas para la mitad del país y por desgracia, Hawthorne estaba dentro del perímetro.
Emitió una maldición entre dientes, mientras aminoraba un poco la marcha a medida que las primeras gotas de aguanieve comenzaban a caer, volviendo el pavimento un poco resbaloso. Ya le parecía que el clima estaba demasiado templado para la época, y aunque era normal que se viniese el mundo abajo, lo cierto es que no podía creer su nivel de mala suerte. Si bajaba la velocidad a noventa kilómetros por hora, tardaría cerca de dos horas más en llegar a su destino, y no solamente eso: si la tormenta se extendía varios días, entonces la empresa constructora no podría empezar con las obras en el tiempo previsto.
Para las siete y media de la tarde, ya estaba llegando a las enormes porterías de hierro forjado del hospital Ashgrove. La aguanieve había dado paso a una torrencial lluvia, teniendo que transitar por el camino sinuoso de acceso al lugar a casi marcha de peatón, con los limpiaparabrisas y las luces largas encendidas, iluminando árboles a medida que avanzaba. Ingresó al patio principal, rodeó la fuente ornamental, se situó a un lado de la entrada dejando espacio para la correcta circulación de las ambulancias y apagó el motor. Antes de quitar las llaves y bajar del vehículo, pulsó el botón del maletero.
Rodeó el coche tan rápido como pudo, mientras la lluvia y el viento le azotaban las mejillas y le despeinaba, sacó su equipaje, cerró el maletero y corriendo hacia el porche de entrada, se detuvo un instante para activar la alarma del vehículo con el mando a distancia y luego ingresó al hospital. El contraste con el exterior era notable: la recepción era amplia y luminosa, con suelo de mármol pulido y paredes decoradas en arte moderno. Plantas de interior, bien cuidadas, adornaban las esquinas, y cómodos asientos estaban dispuestos a cada lado de la sala de espera. Madison caminó entonces hacia el mostrador de recepción, donde un joven vestido con uniforme azul levantó la vista de su computadora.
—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarla? —preguntó, con amabilidad.
—Buenas noches. Soy la consultora nacional que envió el gobierno, mi nombre es Madison Lestrange. Estoy aquí por la reforma del hospital.
El recepcionista revisó rápidamente en su computadora, y tras teclear algunas cosas, le pidió su número de certificación, a lo cual ella se lo dictó número a número. Una vez hecho esto, rodeó el escritorio.
—Bienvenida, señora Lestrange. Venga conmigo, por favor. Le presentaré a la doctora Sanders.
—Señorita. Y puede llamarme doctora Lestrange. También soy médica.
—Discúlpeme —se excusó el joven. Madison hizo un gesto con la cabeza como si no importara, siguió a través del pasillo al joven médico, y tomaron un ascensor hasta el tercer piso.
Mientras caminaba a través del hospital, no podía evitar sentirse impresionada por la modernidad y pulcritud del lugar, más encima teniendo en cuenta que se trataba de un sitio apartado y una ciudad pequeñita. Sin embargo, a medida que avanzaba, la atmosfera comenzó a cambiar sutilmente. Las áreas más alejadas del vestíbulo principal mostraban signos de la antigüedad del hospital, como era previsto. Las paredes, aunque limpias, revelaban su historia en pequeños detalles: grietas finas en la pintura, molduras de madera oscura que contrastaban con el blanco brillante de las nuevas instalaciones, y viejos manchones de humedad.
El ascensor la llevó suavemente hasta el tercer piso, y cuando las puertas se abrieron, Madison se encontró en un corredor que aunque bien iluminado, tenía una sensación diferente al vestíbulo. Las ventanas del pasillo mostraban un patio interior, por detrás de la moderna construcción reformada, con enormes árboles oscuros y agitados por el viento y la lluvia. Había una quietud en el aire, interrumpida solo por el suave zumbido del sistema de ventilación y el ocasional trueno lejano que rasgaba el cielo. Frente a ellos y al final del corredor, vio como una señora vestida en bata blanca y un tanto regordeta, regañaba a un médico mucho más alto que ella y también mucho más joven.
—…¡Sabes bien que sin los documentos actualizados no nos van a enviar el suministro para la farmacia! ¿Quién se encargaba de eso? ¿Franklin? ¿Davis?
—Franklin… —murmuró el joven médico, un tanto ruborizado.
—¡Pues dile que mueva los putos dedos encima del teclado de una maldita vez, haga los informes y los envíe cuanto antes a la central, antes de que se abran los cupos la siguiente semana, o tendrás que ser tú quien le explique a toda la gente por qué no tienen sus medicamentos en tiempo y forma!
Editado: 02.04.2026