El legado de las sombras

2

Luego de acomodar la ropa de su equipaje en el enorme ropero de la habitación, dejar la computadora portátil encima de la mesita que oficiaba de escritorio, y ponerse un poco de ropa más cómoda, dio un suspiro mientras miraba a su alrededor. No sabía definir cuál era la razón de ese sentimiento, pero Madison notaba que percibía una extraña mezcla de familiaridad con aquel sitio al mismo tiempo que inquietud. Las tablas de madera del suelo crujían bajo sus pies en cada paso que daba, y apoyando una mano en el colchón, hizo presión hacia abajo. Parecía mullido, por lo que se sentó en el borde del camastro y luego se recostó. Algunos hierros se quejaron bajo su peso, pero no le importó en lo más mínimo, porque cuando apoyó la espalda en las mantas y luego su antebrazo encima de los ojos, dio un nuevo suspiro, esta vez de cansancio.

Nunca supo en qué momento cayó rendida, pero cuando despertó, le pareció escuchar que alguien le golpeaba la puerta levemente. Abrió los ojos con pesadez y se quitó el antebrazo de la cara, mirando a su alrededor. El sonido a las gotas de lluvia contra la ventana le provocaba cierta tranquilidad, y volteó con rapidez hacia su reloj de pulsera. Nueve y cuarto de la noche.

—Voy —dijo, mientras se desperezaba. Al hacerlo, miró sus pies aun envueltos en las medias de lycra. ¿En qué momento se había quitado los borcegos? Se preguntó. Sin embargo, no había tiempo para eso. Se calzó rápidamente, se ajustó el suéter alisándolo contra el cuerpo, y entonces caminó hacia la puerta, para abrir. Frente a ella se encontraba la doctora Sanders —¿Sí?

—La cena está servida, me imaginé que querría comer algo, y ya de paso conocer la cafetería.

—Sí, gracias.

Madison salió del dormitorio, cerrando la puerta tras de sí. Mientras caminaba con la doctora Sanders por los pasillos del hospital, no pudo evitar mirar a su alrededor. Las piedras grises del suelo, húmedas y desgastadas, la pintura descascarada de las paredes, las precarias bombillas de techo que parpadeaban a veces, todo parecía abandonado a su suerte.

—¿Tenebroso? —preguntó la doctora, al notar como ella miraba a su entorno.

—No, me da cierto aire melancólico, nada más.

—Uno acaba por acostumbrarse, al final.

—¿Cuánto hace que trabaja aquí? —inquirió Madison, mirándola de reojo a medida que se peinaba el cabello negro azulado con los dedos.

—Casi veinticinco años. Antes trabajaba en el hospital Weimont. ¿Lo conoce?

—No tengo el placer.

—Es el hospital oncológico para niños más grande de California. Estuve seis años allí, y créame que luego de eso, este viejo esqueleto no puede asombrarme.

—No imagino la de cosas que debió haber visto…

—No, no se lo imagina —aseguró la doctora Sanders.

Caminaron en el más completo silencio atravesando pasillos desolados, al mismo tiempo que Madison intentaba prestar atención a cada detalle. No solo para conocer más el ambiente del hospital, sino también para memorizar el camino de regreso. Finalmente, llegaron a la cafetería momentos después, y al abrir la pesada puerta de madera, fue recibida por un ambiente cálido y ligeramente iluminado. Los techos altos, con vigas de madera expuestas y las paredes revestidas de paneles oscuros, le daban al lugar una sensación de acogedora antigüedad, pero con un toque de melancolía que impregnaba el aire, como todo allí.

Había pocas personas en el lugar, la mayoría de ellas, enfermeras y médicos que terminaban sus turnos. Madison notó algunas miradas fugaces, seguidas de asentimientos corteses. La mayoría parecían estar inmersos en sus propios pensamientos, compartiendo silencios cómodos entre ellos. La doctora Sanders la guio hacia el mostrador donde una amable señora regordeta, que parecía ser una empleada de confianza, miró a ambas mujeres.

—¿Tenemos visitas, Emily? —preguntó. La doctora Sanders asintió con la cabeza, mientras señalaba con un gesto de la mano a Madison.

—Ella es la consultora nacional que va a estar a cargo de las reformas, la señorita Lestrange. Va a quedarse con nosotros un buen rato, al parecer, así que vas a tener que esconder la carne de perro y servirnos comida decente, por lo menos una vez —bromeó.

—Si conoces al menos una persona en todo el condado que prepare el estofado de pollo mejor que yo, entonces con gusto cederé mi delantal —respondió. Luego miró a Madison —. No le haga caso a esta vieja bruja, señorita Lestrange. Soy Sandy, un placer.

—El gusto es mío —sonrió ella, captando la broma.

Sandy le ofreció el menú de la noche, y Madison notó que la elección era simple pero reconfortante: sopas caseras, el mítico estofado, ensaladas y una selección de postres que incluía pastel de manzana y flan con chocolate. Optó por probar un plato del estofado, más que nada como una cortesía hacia la cocinera, y un trozo de pastel de manzana para el postre. Después de servirle, la mujer tras el mostrador se acomodó un mechón de cabello rubio tras la oreja, al mismo tiempo que le sonreía amigablemente.

—Espero que aproveche. Es la comida favorita de todos, en especial en noches como esta —dijo.

Luego de agradecer, Madison se dirigió con su bandeja en mano hacia una mesa cerca de una ventana que daba al jardín interior del hospital. La lluvia golpeaba suavemente contra los cristales, creando una especie de cortina que difuminaba el paisaje exterior. Las pocas luces del jardín apenas se distinguían entre la neblina que se formaba en el aire frío de la noche, y los gruesos troncos de los árboles, desperdigados por doquier. Se sentó en la silla de madera, algo gastada por los años, y en silencio, empezó a comer.

El estofado estaba sorprendentemente bueno, con un sabor fresco y confortante que contrastaba con la atmosfera melancólica del lugar. Mientras comía, no pudo evitar observar a las pocas personas que compartían la cafetería con ella. Algunos conversaban en voz baja, otros leían o simplemente miraban por la ventana, inmersos en sus pensamientos. Había algo en ellos que aunque normal, no dejaba de parecerle extraño, como si el entorno mismo se filtrase a través de las paredes y las personas. La cafetería, a pesar de estar en la parte antigua del hospital, estaba bien cuidada, pero no podía ignorar la sensación de que el tiempo se había detenido en ese lugar. Los relojes en las paredes eran de un estilo antiguo, con manecillas que se movían lentamente, casi como si resistieran el paso de las horas. Las lámparas, colgadas en cadenas de hierro forjado que pendían del techo, emitían una luz cálida pero tenue, apenas suficiente para iluminar las mesas, dejando las esquinas del lugar en sombras.



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En el texto hay: conspiraciones, hospital, ouija

Editado: 02.04.2026

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