El legado de las sombras

7

Aquel día, Madison desayunó con rapidez y distraída por completo, sumida en sus más profundos pensamientos. Anthony había intentado sacarle charla, sentándose con ella en la misma mesa, pero al ver que respondía con monosílabos y que además, su mente estaba perdida en la ventana que lindaba con el patio interior del hospital, dejó de insistir y solamente se limitó a tomar su café en silencio. No sabía si estaba enojada con él por algún motivo, pero tampoco iba a darle muchas vueltas al asunto. Era normal que las personas a veces tuvieran algunos malos días, y los ánimos no fueran los más óptimos, por lo que la dejó hacer.

Luego de salir de la cafetería, se dirigió directamente al baño para cepillarse los dientes y también para observar la marca en su muñeca derecha, que no dejaba de arderle por momentos. Sin embargo, ya tendría tiempo de ir a la enfermería y pedir ungüento para ponerse en la zona, si hacía falta. Ahora tenía otras prioridades que resolver, como por ejemplo, intentar charlar un poco con el padre de la chica fallecida. Con paso decidido, se dirigió directamente a la sala de pacientes en observación y al empujar la puerta con suavidad, para ingresar, vio que la única persona que estaba recostada en una camilla era él, con la mirada perdida en el techo, sus ojos enrojecidos y llenos de un dolor insondable para cualquier ser humano. Al verla entrar, volteó un instante sus ojos hacia ella y luego volvió a mirar hacia el techo, respirando con calma. Madison, por su parte, se acercó lentamente y tomó asiento en la silla junto a su cama. Respiró hondo antes de hablar, tratando de encontrar las palabras adecuadas.

—Hola, soy Madison Lestrange. ¿Hay algo que pueda hacer por usted? —preguntó. El hombre la miró con pena.

—¿Puede traerme a Emma de nuevo?

—No, me temo que no, señor…

—Caldwell. Richard Caldwell ­—respondió.

—Señor Caldwell… —comenzó Madison en voz baja, con su tono cargado de empatía. —Siento mucho lo que ha sucedido con su hija. No hay palabras que puedan aliviar el dolor que está sintiendo ahora, pero quiero que sepa que comprendo lo que siente. Yo también he perdido gente que me importaba —su mente viajó hasta el rostro sonriente de Alex, a sus eternos ojos azules—. Gente que quería mucho.

—Richard volteó la cabeza de nuevo hasta ponerse boca arriba, mirando el techo con sus ojos llenos de lágrimas, que caían silenciosamente hacia sus oídos. Apretó los labios, como si intentara contener el dolor que lo consumía desde adentro.

—Ella… —su voz era apenas un susurro. —Era todo lo que tenía. No sé cómo seguir adelante.

Madison sintió una punzada de tristeza en el corazón, a la par que melancolía. Sabía como era, se había sentido así durante mucho tiempo, perdida dentro de su propia mente viviendo entre recuerdos y culpabilidad, preguntándose muchas veces si todo hubiera sido distinto, en caso de nunca haberse involucrado en aquella noche. No se lo deseaba ni a su peor enemigo. Con decisión, tomó la mano del hombre que reposaba encima del colchón, apretándola suavemente y ofreciéndole un consuelo silencioso.

—Señor Caldwell, entiendo que esto es insoportable, pero quiero que sepa que no está solo—. Richard asintió lentamente, aunque su mirada seguía perdida. Madison se quedó en silencio, permitiéndole procesar sus emociones. Entonces, después de un momento de vacilación, decidió abordar la pregunta que la había estado inquietando desde aquella mañana—. Si no es demasiada molestia, ¿podría decirme que hacía Emma en la alcaldía esa mañana? ¿Cómo fue que la encontró?

Lo vio cerrar los ojos con fuerza, como si recordar esos momentos fuera un esfuerzo titánico. Su respiración se volvió irregular, y por un momento, Madison temió que pudiera entrar en pánico nuevamente. Pero al fin, Richard habló. Su voz quebrada por la angustia.

—Cuando empezó la tormenta, se puso bastante rara —comenzó a explicar, con lentitud—. Ella había estado trabajando en un proyecto para la alcaldía, era su primer trabajo importante después de graduarse y estaba emocionada por ello. Conocía bien la sección de historia local y los documentos que se preservaban como patrimonio de Ravenwood, y en cuanto la tormenta nos golpeó de lleno, comenzó a tener sueños horribles. Se despertaba a mitad de la noche y hablaba incoherencias.

—¿Incoherencias? ¿Cómo qué clase de incoherencias?

—Empezó a hablar acerca de que ya estaba en Ashgrove, hacía alusión a que alguien había llegado, y que debía advertirle. Que la única manera de poder entender lo que siempre había pasado, era revisando los archivos antiguos, y debía ir a la alcaldía para comprobar los viejos registros. Yo estaba preocupado, una mañana se levantó con la idea puesta en ello y no había Cristo que la convenciera de lo contrario. Le pedí que no lo hiciera, pero… —su voz decayó­. —Fui al baño y cuando salí, ya no estaba, solo estaba el plato de su desayuno, sin tocar. ¡Era tan testaruda!

Madison sintió como un leve escalofrío le recorrió la espalda. Hasta donde sabía, nadie más que ella había llegado a Ashgrove en los últimos días. Aquello comenzaba a tornarse cada vez más turbio, pensó. Sin embargo, aún podía sacar un poco más de información, tenía muchas cosas que necesitaba entender.

—¿Y qué más pasó? —preguntó.

—Intenté llamarla, pero no respondió, había dejado su teléfono en su dormitorio. Sabía que algo andaba mal, así que me puse la chaqueta, me calcé y fui directamente a la alcaldía, era el único sitio donde podría estar —Richard tragó saliva, sus ojos volvieron a derramar algunas lágrimas­—. La encontré atrapada entre los escombros, supongo que se habrá caído intentando trepar por algún lado. No pude hacer nada más que cargarla en brazos y correr hacia aquí.

Un silencio cargado de dolor lleno la habitación. Madison solo pudo apretar levemente un poco más la mano de aquel hombre, sin tener nada más para decir en ese momento, solo estar presente, mientras su cerebro no dejaba de intentar razonar las conexiones correctas. ¿Qué tenía que ver esa chica, con ella? Se preguntó.



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En el texto hay: conspiraciones, hospital, ouija

Editado: 02.04.2026

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