El sol aún no había salido por completo cuando Madison, desvelada, decidió levantarse de la cama, tomar su teléfono celular para responder un par de mensajes pendientes y dirigirse a la cafetería. Apenas siquiera había medio dormitado después de aquel mal sueño, y la cabeza le dolía un poco debido al cansancio acumulado. Sin embargo, aquello no era excusa para no comenzar con su búsqueda de respuestas, por lo que tendría un más que largo día por delante.
En cuanto atravesó el frío pasillo en penumbras, sintió una sensación de desamparo inenarrable. Todo en Ashgrove parecía dormir, aquietado en extremo y silencioso, y los únicos ruidos que se escuchaban era el viento ululando afuera, soplando incansable, al igual que la lluvia, y al igual que los últimos días desde que había puesto un pie dentro del hospital.
La cafetería, por lógica desierta a esas horas, estaba apenas con un par de luces encendidas. La mayoría de las sillas estaban apoyadas encima de las mesas, con sus patas de madera hacia arriba, y en una de las mesas cerca del mostrador estaba Sandy, bebiendo una generosa taza de té con galletitas dulces, leyendo un magazine de moda. Al verla llegar, la miró de reojo y sonrió de forma amigable, antes de volver a su revista.
—Buenos días, ¿tocó madrugón? —preguntó, por cortesía. Madison se encogió de hombros.
—Una mala noche de sueño, supongo —respondió.
—¿Te pongo un café?
Vio como Sandy dejaba su revista encima de la mesa, doblando levemente una de las páginas para no perder el hilo de la lectura, y entonces le hizo un gesto para que se detuviera.
—No te preocupes, yo lo haré. Gracias.
Sandy agradeció el gesto, volviendo a su revista, mientras que Madison rodeó el mostrador hacia la parte de servicio, tomando una taza limpia y apoyándola en la bandeja de la máquina expendedora. Luego de llenarla, agregó dos de azúcar, tomó un bollito de pan y se sentó en la misma mesa.
—¿Puedo hacerte una pregunta, Sandy?
—Claro, adelante —convino ella. Madison sonrió, bajando un poco la mirada y comprendiendo lo loco que debía sonarle aquello.
—Sé que quizá parezca una locura pero, ¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
Sandy hizo un poco de memoria, antes de responder.
—Como siete u ocho años, creo. ¿Por?
—¿Y alguna vez has tenido alguna experiencia… rara?
—¿Te refieres a algo inexplicable? —dijo Sandy, negando con la cabeza. —No, estoy segura que no, al menos que yo me haya dado cuenta. A ver, entiendo que este hospital se ve terrible, pero de ahí a que me haya pasado algo… No lo creo —Hizo una pausa, para tomar un sorbo de té, y entonces la miró directamente—. ¿Por qué la pregunta?
—No sé, simple curiosidad —dijo Madison, intentando parecer natural. No charlo más nada con Sandy luego de aquello, a excepción de nimiedades, comentarios acerca del clima y poco más, sencillamente para dejarla tranquila y además para ordenar la propia línea de sus pensamientos. No tenía ningún sentido ir preguntándole a cada funcionario del hospital si había experimentado algo paranormal o no, primero porque era poco ético de su parte, segundo, la hacía ver como alguien muy poco profesional al estar cuestionándose dichas cosas, pero aun así, podría rascar un poco de información con quien sí le había dado el puntapié inicial para pensar en todas aquellas cosas: el doctor Heynes.
*****
A medida que la mañana le ganaba terreno al amanecer, la cafetería fue llenándose poco a poco del personal médico que acudía a desayunar, un día más. Vio a la doctora Sanders, algunos otros enfermeros y médicos más que no conocía, luego a Anthony, quien la saludó con un gesto de la mano, y por último, el doctor Heynes, con su siempre impoluto uniforme blanco, el cabello recién peinado y el rastrojo de barba que comenzaba a asomarle. Su metro noventa eran difíciles de pasar por alto.
Madison entonces se levantó de la mesa, se sirvió una segunda taza de café mientras hacía tiempo a que Heynes se sirviera su plato de tostadas, y en cuanto lo vio dirigirse a una mesa libre, fue hacia allí. Dejó su taza encima de la mesa, frente a él, y retiró la silla hacia atrás, para tomar asiento.
—Doctor Heynes, ¿puedo hablar con usted un momento? —preguntó, de forma directa. Él levantó la mirada, sus ojos azules fríos y analíticos, y asintió.
—Por supuesto, señorita Lestrange. ¿En qué puedo ayudarla?
—Quizá me tome por loca, pero el otro día me dejó con la impresión de que hay más en este hospital de lo que parece. Me han sucedido algunas cosas, creo que algo no está bien aquí, y necesito saber qué es.
Observó a Madison en silencio por unos segundos, eternos, con expresión inescrutable. Luego, se reclinó en su silla y entrelazó las manos encima de la mesa.
—Ashgrove es un lugar antiguo, con una historia complicada. Es natural que alguien nuevo aquí sienta cierta incomodidad, pero como le dije antes, no se deje sugestionar. La mente es poderosa, y puede jugar malas pasadas —dijo.
Madison frunció el ceño. No estaba dispuesta a aceptar esa respuesta, sabía que había algo más.
—Creo que usted sabe cosas, doctor Heynes. Me lo insinuó hace un par de noches, no puede ser solo mi mente —hizo una pausa, buscando las palabras correctas, y entonces se encogió de hombros—. Tengo razones para creer que mi llegada aquí no es casualidad.
—Claro que no es casual. Hay una reforma que hacer, ¿no?
Ella lo miró como si estuviera tomándole del pelo.
—Sabe bien que no es eso a lo que me refiero.
Heynes resopló por la nariz con expresión ahora más seria, casi sombría.
—Este hospital ha pasado por muchas fases, como le contaba antes. Durante la pandemia de la gripe española fue usado como lugar de cuarentena, y luego una parte de él se convirtió en un manicomio. Muchas almas perturbadas pasaron por aquí, y no todos encontraron paz.
—Eso explica el pasado, pero ¿Qué hay del presente? —insistió. —He tenido algunos sucesos desde que llegué aquí, y no creo que sea solo mi mente jugando malas pasadas.
Editado: 02.04.2026