El legado de las sombras

1

Aquella noche, Madison durmió no tan mal como esperaba, pero tampoco de forma placida al cien por cien. Al menos no se despertó a mitad de la madrugada, ni tampoco vio nada extraño, pero se pasó soñando un montón de cosas. En el primero de ellos, Madison estaba en su oficina, trabajando en los archivos de registro de Ashgrove, justamente, cuando de repente Alex entraba. Le preguntaba que estaba haciendo, ella le respondía que trabajando, como siempre, y entonces él la rodeaba por los hombros, dándole un rápido beso en los labios, antes de decirle que ya era tarde y que debían volver a casa. En el segundo sueño, se veía a sí misma corriendo por los largos pasillos mugrosos y encharcados del ala abandonada del hospital, vestida solamente con ropa de paciente. El frescor del ambiente se colaba por debajo de la fina tela, y justo cuando algo que ella no podía ver —pero que intuía no era nada bueno— la alcanzaba, despertó.

Parpadeó unas cuantas veces, intentando reacomodar sus ideas. Miró hacia el techo, vio la claridad grisácea del día de tormenta y entonces supo que era de día. Sus ojos saltaron desde el techo hasta la ventana en la cabecera de su cama, donde del otro lado del cristal la copiosa lluvia dejaba pequeños riachuelos de agua que se deslizaban irregularmente por el cristal. Tomó el teléfono celular de su mesita de noche, vio la hora y pensó que estaba pasada de horario con respecto al desayuno. ¿Tanto había dormido? Se cuestionó. Eran más de las once de la mañana.

Dando un resoplido, apartó las sábanas de un tirón, se vistió con rapidez y se dirigió al baño para lavarse la cara y alisarse un poco el pelo, enredado debido a la inquieta noche de sueño. La marca de su antebrazo derecho, que rodeaba su muñeca, se había oscurecido un poco, como si el hematoma se hubiese acentuado de alguna manera. Con cautela, se tocó la piel y notó que ya no le dolía, o al menos, no tanto como la primera vez. Normalmente lo tomaría como una buena señal, pero en un sitio como aquel y después de haber comenzado a indagar ciertas cosas, ya no sabía distinguir entre lo normal y lo que no.

Salió de la habitación rumbo a la cafetería, y al llegar a la misma, se dirigió directamente a la máquina expendedora de café. Normalmente no debería haber nadie a esa hora, pero con la tormenta azotando de forma inclemente, los médicos no tenían nada que hacer, porque no había pacientes nuevos que atender a excepción de los que ya estaban de por sí internados antes de su llegada. Por lo tanto, era bastante normal que deambulasen a deshoras por la cafetería y sus alrededores, bebiendo algo caliente y mirando por las ventanas de forma aburrida. Justamente, uno de estos era Richard Caldwell, el padre de la chica accidentada.

Al verlo, Madison recordó algo vital, como un destello de luz en medio de la maquinaria imparable de su mente: él le había dicho, aún en recuperación, que su hija había ido a la alcaldía a buscar unos documentos antiguos porque “alguien” había llegado a Ashgrove y debía advertirle. No tenía la menor duda de que estaba refiriéndose a ella, pero lo que no sabía era que clase de documentos podría estar buscando. Sin embargo, quizá podría sacarle algo de información, si se acercaba a charlar de forma amigable con él, como había hecho la primera vez. Llenó una taza de café, le agregó dos de azúcar y entonces caminó hacia él, quien la miró de reojo al ver como se acercaba.

—Buenos días, señor Caldwell. ¿Cómo se encuentra hoy? —Le preguntó, deteniéndose frente a la ventana. En el patio interno del hospital, los frondosos y descuidados árboles se sacudían con el viento y la lluvia.

—Quiero irme a mi casa, pero con esta tormenta, no es seguro salir solo ahí afuera… —murmuró. —Han llevado a mi hija a las cámaras frigoríficas de la morgue, y ni siquiera puedo darle cristiana sepultura porque los servicios municipales no van a venir a retirar el cuerpo con este clima.

—Lo siento mucho, en verdad —respondió, sintiendo la profunda desolación que cargaba en su voz—. Hablando de ella, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Adelante.

—Cuando hablamos la última vez, me comentó que su hija estaba buscando unos documentos en la alcaldía. ¿Sabe que documentos podían ser?

Para su desgracia, lo vio negar con la cabeza.

—No tengo la menor idea, sinceramente.

—¿Y sabe que documentos hay en la alcaldía que pueda ser de interés de su hija?

El hombre la miró sin comprender, con los ojos llenos de cansancio mental.

—¿Por qué? ¿Por qué quiere saber esto? —preguntó.

—Soy consultora medica nacional, y vine aquí por una reforma en Ashgrove. Que su hija haya mencionado que alguien ya llegó y debía advertirle, me suena como a que estaba buscando una información en particular. Algo quizá relacionado a la historia del hospital en sí mismo —dijo, improvisando tan rápido como podía. Richard la miró preocupado.

—¿Estaba metida en algún problema legal, o algo así?

Madison, sin embargo, sonrió negando con la cabeza.

—No, puede quedarse tranquilo. Solo era simple curiosidad.

—Bueno, en ese caso, lo único que tengo entendido es que la alcaldía guarda registros de cada institución pública de la localidad, como es normal. Ravenwood no es demasiado grande, por lo tanto, es fácil archivar cosas.

Madison prestó atención a ese detalle valiosísimo, y decidió rascar un poco más.

—Entonces es posible que allí estén los documentos de la historia de Ashgrove, si mal no supongo.

—Imagino que sí —respondió, encogiéndose de hombros—. De todos modos, no me imagino a nadie que esté interesado en semejante cosa, sinceramente.

—Le sorprendería, señor Caldwell —dio un sorbo a su café y entonces se despidió—. No lo molesto más, gracias por la charla.

Sin esperar a que le respondiese, Madison giró sobre sus pies y salió de la cafetería decidida a hablar con Anthony. Sentía que muchas cosas comenzaban a combinarse en algo más grande que aún no lograba comprender, pero que a punta de su terquedad innata descubriría fuese como fuese. Recorrió todo el pasillo rumbo a la puerta que dividía el ala nueva con el sector antiguo del hospital, buscando encontrarlo en algún sitio cercano. Preguntó a algunos enfermeros si no lo habían visto, luego a la doctora Sanders, la cual le dijo que lo había visto cerca de los baños, y se encaminó hacia allí, mientras bebía su café de a sorbos. Al doblar el recodo de la pared lo vio asomarse, saliendo del baño de damas sosteniendo una pequeña canastilla con un paño de piso y productos desinfectantes. Al verla, dio un pequeño respingo.



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En el texto hay: conspiraciones, hospital, ouija

Editado: 20.04.2026

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