La alcaldía estaba en silencio, salvo por el incesante golpeteo de la tormenta que rugía afuera. Las gotas de lluvia golpeaban las ventanas rotas, y el viento, colándose por las grietas de los muros, hacía que el lugar pareciera aún más lúgubre de lo que ya era. Madison y Anthony, cansados y con las manos llenas de polvo, habían pasado las siguientes horas clasificando documento por documento, leyendo cada uno de ellos de forma minuciosa, para seleccionar no solo los que nombraban el apellido Heynes, sino también los más comprometedores. Al terminar, fue ella quien dio un resoplido, mirando la pequeña pila de documentos apartados a un lado.
—Bueno, creo que hemos terminado. Será hora de volver, muero de hambre —comentó. Anthony, sin embargo, se desperezó para estirar la espalda, haciendo crujir un par de vertebras, y luego miró a su alrededor. El celular de Madison aún seguía alumbrando su entorno cercano, pero más allá de eso, toda la alcaldía se hallaba a oscuras por completo.
—¿Qué hora es? —preguntó él.
—Las… —murmuró ella, tomando su teléfono y mirando la pantalla. —Cuatro y cuarto de la tarde. Mierda, se nos pasó la hora volando, parece como si fueran las ocho de la noche. Y hace frío —comentó, con un estremecimiento—. Vamos a tener que apurarnos a volver.
—Ni hablar, entre la lluvia y la falta de luz, sería demasiado peligroso —dijo Anthony, mirando a su alrededor como si estuviera calculando las posibilidades—. Ya es demasiado tarde, no vamos a poder volver al hospital ahora, no al menos en estas condiciones. Tendremos que pasar la noche aquí, y volver por la mañana.
—Bueno, que remedio… —Madison se frotó los brazos, sintiendo el frío colarse por su ropa aún a costa de su chaqueta de paño. Entonces, sus ojos se posaron en la estufa a leña empotrada en la pared opuesta del hall. —¿Crees que podamos encenderla y, al menos, mantenernos calientes?
Él la siguió con la mirada y sonrió, encogiéndose de hombros.
—Buena idea, pero no tenemos leña.
—No tenemos leña, pero sí muebles viejos. Imagino que los responsables de la alcaldía van a tener suficiente trabajo en la reparación del techo, así que no van a preocuparse por un par de sillas que falten, ¿no? —sugirió, con una media sonrisa.
Anthony se rio suavemente y se puso de pie.
—Hoy estás llena de ideas, por lo que veo —bromeó. Se acercó a una vieja silla de madera que había dentro de una de las oficinas, volvió al hall y, tras hacer una pausa para asegurarse de que no había otro modo más práctico de obtener leña, la levantó sujetándola con firmeza del respaldo y la estampó contra el suelo, rompiéndola en varios pedazos—. Esto servirá.
Mientras Anthony preparaba todo, buscando papel de las bandejas de las impresoras y haciendo un montoncito de leña dentro de la estufa, Madison también se levantó de su lugar dispuesta a colaborar. Caminó alumbrándose con la linterna de su teléfono celular —el cual ya hacía rato estaba sonando cada pocos minutos con la alerta de batería baja— hacia la cocina común de la alcaldía. Al llegar, revisó en los estantes y cajones del mobiliario donde estaba el microondas hasta encontrar una caja de cerillos, clips de papel y algunos cubiertos. Tomó los cerillos y luego abrió el refrigerador, mirando con atención en su interior. El corte de energía lo había desconectado hace horas, pero había una pequeña posibilidad de que algo dentro pudiera ser comestible. Para su sorpresa, de todo lo que había allí solo pudo rescatar un par de manzanas, una media botella de jugo de naranja y un paquete de pan lactal.
—Bueno, no es un banquete, pero mejor que nada… —murmuró para sí misma, llevando todo de regreso al hall.
Cuando regreso, Anthony ya había acomodado los trozos de silla formando una pequeña pila alrededor del papel. Madison le extendió la caja de cerillos y encendiendo de a uno, comenzó a formar un leve fuego primero, luego más potente, a medida que los papeles blancos fueron quemándose poco a poco y las llamas empezaban a subir, envolviendo la pequeña pila de madera reseca en una cálida luz naranja que llenaba el lugar con un destello acogedor, casi surrealista. Aprovechando que el fuego comenzaba a tomar fuerza, Anthony revisó el resto de oficinas y sacó al hall dos sillas más, rompiéndolas de igual manera, para tener una reserva más de madera con la cual cubrir el resto del día. Luego de eso, arrastró uno de los sillones frente a la estufa, y se sentó de cara hacia ella. Madison también hizo lo mismo, y le mostró la comida en las manos.
—Mira, también he conseguido esto —Le ofreció una de las manzanas y dejó el paquete de pan para después—. No es mucho, pero al menos nos mantendrá ocupados mientras esperamos.
Anthony aceptó la comida, y después de un momento, ambos permanecieron en silencio, mordiendo las manzanas y viendo como las llamas bailaban en la estufa. La calidez comenzó a envolverlos lentamente, combatiendo el frío que traía la tormenta, y ella aprovechó esto quitándose las botas de cuero negro y las medias, mojadas debido a la lluvia, para acercar sus pies al calor de la estufa y secarlos. Las sombras se alargaban por el suelo y las paredes, creando una atmosfera íntima, un espacio en el que el tiempo parecía haberse detenido. Después de un rato, Madison rompió el silencio, con un suspiro.
—Es raro —dijo en voz baja, casi como si hablara consigo misma, mientras veía la madera crepitar en medio de las llamas—. No pensé que terminaría aquí… enfrentándome a todo esto.
Él la miró de reojo, notando la seriedad en su tono.
—¿Qué es lo que te agobia? —preguntó, acercándose un poco más para que su voz no rompiera el delicado silencio del lugar. Madison tomó aire, intentando ordenar sus pensamientos.
—Es todo. Este lugar, el hospital, Julianne, mi pasado… No he podido contarle a nadie sobre lo que pasó aquella noche, sobre como una parte de mi cambio desde entonces. Cuando todo pasó, mis padres solo me echaron haciendo que me mudase a la casa de mis abuelos, como si eso fuese a cambiar las cosas —se encogió de hombros ligeramente, y entonces chasqueó la lengua contra el paladar—. En cualquier caso, no estuvo tan mal. Supongo que eso me forjó el carácter. Aun así, he cargado con esto sola durante tanto tiempo y… —una pausa la envolvió, bajando la mirada al tiempo que el brillo del fuego se reflejaba en sus ojos. —No sé por qué termine aceptando trabajar en este hospital, pero siento que no es una coincidencia, que todo me arrastró a un límite en el cual ya solo quería mantener mi cabeza ocupada a como diese lugar y punto, solo para no pensar en toda esta mierda. Pero la verdad es que a veces no sé qué hacer, y me siento perdida.
Editado: 20.04.2026