El sol comenzaba a filtrarse a través de las ventanas rotas de la alcaldía cuando Anthony abrió los ojos, sintiendo el peso del cansancio en cada músculo de su cuerpo. A su lado, Madison aún dormía, acurrucada contra su cuerpo. Las brasas medio apagadas del fuego ardían débilmente en la estufa de leña, y el calor residual les había permitido dormir al menos durante la noche. Se estiró con cuidado, tratando de no despertarla, pero al hacerlo ella abrió los ojos, mirando a su alrededor con somnolencia.
—Buenos días —dijo él, con una leve sonrisa.
—Hola —Lo saludó, con la voz un poco ronca—. ¿Ya es de día?
—Sí, tenemos que volver al hospital.
—¿Aún sigue lloviendo? —preguntó ella, con tono de fastidio.
—Como si no hubiera un mañana. Vamos, recojamos los documentos.
Madison comprobó su teléfono celular, el cual estaba apagado y sin batería, por lo que lo metió en el bolsillo delantero de su chaqueta de paño. Luego tomaron los papeles clasificados el día anterior, doblaron todo meticulosamente con la suficiente cautela como para poder meterlos en algún bolsillo, debajo del impermeable, y luego se colocaron estos últimos por encima de la ropa, ayudándose mutuamente.
Salir afuera fue una especie de castigo divino, teniendo en cuenta lo confortable que había sido la noche anterior para ellos. Madison se estremeció en un escalofrío en cuanto el viento y la lluvia le azotaron el rostro, al igual que Anthony, pero era tanta la prisa por llegar al hospital que en poco más de media hora, ya estaban cruzando las enormes porterías de hierro de Ashgrove. Ambos llegaron jadeando, extenuados por la apresurada caminata luchando contra el viento en contra, y en cuanto la portería automática del hospital se abrió, la propia doctora Sanders, ubicada tras el mostrador de la recepción, frunció el ceño al ver en las condiciones en que llegaban, de nuevo chorreando agua y fango.
—¿Dónde demonios han estado toda la noche? —les preguntó, con una mezcla de preocupación y reproche. —Pensé que algo les había sucedido.
Anthony miró de reojo a Madison. No sabía si era porque durante la caminata de regreso al hospital había hecho acopio de rabia, o simplemente era fastidio y cansancio por toda la situación, pero la cara de pocos amigos que llevaba encima era memorable. Decidió entonces acercarse a la doctora Sanders y explicarle en pocas palabras una respuesta breve.
—Estamos bien, doctora. Solo tuvimos que resolver algo importante.
—¿Importante? ¿En medio de la tormenta? ¡Vaya por Dios! —exclamó.
Madison, por su parte, se acercó con rapidez al mostrador.
—¿Dónde está el doctor Heynes? —preguntó. La doctora la miró asombrada por el tono en que le había hablado.
—En su oficina. ¿Por qué?
—Gracias —fue todo lo que respondió, y sin mediar palabra, se dirigió a paso rápido hacia el lugar indicado.
Atravesó todo el vestíbulo seguida por Anthony, mientras se desprendía el impermeable empapado con el rostro ensombrecido por la más férrea determinación. Al llegar momentos después a la puerta rotulada como “R. Heynes”, tocó dos veces antes de abrirla con firmeza. El doctor Robert Heynes estaba sentado detrás de su escritorio, revisando unos documentos, y al verlos entrar levantó la vista hacia ellos.
—Señorita Lestrange, buenos días. ¿Puedo ayudarla? —preguntó en un tono frío y distante, como todo en su persona, al menos en lo poco que Madison había tratado con él. Y una parte profunda de sí misma lo odió, casi haciéndolo corresponsable de su maldición personal. Cerró la puerta detrás de ellos, dejando la habitación en un silencio tenso, y sin mediar palabra, se acercó al escritorio para dejar caer los documentos que habían encontrado en la alcaldía. Los papeles se esparcieron sobre la superficie de madera.
—Espero que sí, que pueda ayudarme. Mire esos papeles, y deme una respuesta.
Heynes los observó por un momento, tomó uno de los papeles y lo examinó más de cerca, sus ojos recorrían rápidamente los nombres y las fechas. Luego levantó la mirada hacia Madison, con una expresión que parecía una amalgama de sorpresa y rabia contenida.
—¿De dónde ha sacado esto? —preguntó, con firmeza. —¿No sabe que robar documentos públicos es un delito?
—Puede ser. ¿Sabe qué más es un delito también? Cometer fraude médico y experimentar con pacientes. Exijo saber qué relación tiene con el Heynes de esos documentos. Su apellido aparece repetidamente en esos documentos, ¿Qué clase de parentesco tienen? —preguntó ella, desafiante.
—No tengo por qué decirle nada al respecto.
—Claro que sí. Estoy buscando la verdad, doctor Heynes, y no me detendré hasta encontrarla. ¿Usted ha olvidado quien soy yo? Soy consultora médica nacional, por ende, me debe explicaciones como su superiora legal.
Heynes se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el escritorio. Su expresión se volvió más tensa, como si le costara un esfuerzo sobrehumano revelar aquello.
—Ese hombre del que usted habla, era mi abuelo —respondió, al fin—. Un hombre que hizo lo que creyó necesario en su tiempo. Pero le advierto, señorita Lestrange, que esas viejas historias no son más que eso, historias. No tiene ningún sentido sacarlas a la luz ahora, y tampoco tengo que pagar por los actos de mis antepasados.
Madison lo miró con odio.
—Esas historias, como usted las llama, incluyen lobotomías, maltratos a pacientes y un encubrimiento que usted bien conoce —replicó, con decisión firme—. Su abuelo no solo manipuló la vida de personas indefensas, sino que muy probablemente asesinó a Julianne Grimshaw para proteger sus propios intereses. ¿Cómo carajo puede vivir con eso?
El silencio en la oficina se volvió insoportable, la tensión parecía aumentar con cada segundo que pasaba. Heynes la miró con una intensidad peligrosa, sus ojos oscuros revelando más de lo que sus palabras dejaban entrever. Anthony, en silencio, los miraba a los dos.
Editado: 20.04.2026