Después de la cena, ambos se despidieron con un abrazo y se dirigieron a sus respectivas habitaciones, siendo los primeros en acostarse a dormir. El cansancio acumulado del día pesaba sobre Madison, quien ni bien acabo de cepillarse los dientes y cerrar la puerta de su habitación, se quitó la ropa con premura y se dejó caer dentro de la cama en un santiamén. El colchón se sentía más cómodo de lo habitual, y la oscuridad de la habitación la envolvió como un manto protector, mientras que el sonido a las gotas de lluvia golpeando contra el cristal de su ventana le arrullaba.
Sus ojos se cerraron casi de inmediato, y a los pocos minutos se sumergió en un sueño intranquilo. Las imágenes de Heynes, los documentos, la cara de Julianne Grimshaw mirándola con esa expresión muerta que siempre había visto, se rejuntaban en su mente en una especie de pesadilla muy desordenada. Todo se mezclaba en una maraña confusa que la hacía retorcerse inquieta entre las sábanas.
En algún momento de la noche, un sonido suave pero persistente la sacó de su sueño. Al principio pensó que era parte de su pesadilla, pero al abrir los ojos y parpadear para acostumbrarse a la oscuridad, se dio cuenta de que había algo distinto en la habitación, una presencia que no debería estar ahí. Su corazón se aceleró al distinguir una silueta oscura de pie frente a la puerta abierta. El destello de un relámpago que iluminó el dormitorio permitió que sus ojos reconocieran la figura: el doctor Heynes estaba ahí, observándola con una mirada fría y calculadora. Los ruidos que había escuchado en su sueño no era más que el cerrojo de su puerta siendo forzado, pensó, con horrenda claridad. En cuanto vio como daba un paso hacia ella, Madison se incorporó rápidamente, retrocediendo hasta que su espalda chocó con el respaldo de la cama.
—¿Qué… qué está haciendo aquí? —logró articular, con voz temblorosa. Heynes dio otro paso hacia adelante, sus ojos brillaban con una mezcla de furia y desesperación.
—Te lo advertí —dijo, con voz baja y amenazante—. Te dije que dejaras de hurgar en asuntos que no te conciernen. Pero no escuchaste.
Madison buscó con la mano algo con lo que defenderse, pero solo encontró su teléfono celular, encima de la mesa de noche, además del pie de la lámpara. Su mente trabajaba frenéticamente, buscando una salida a la situación.
—Esto es una locura. Salga de mi habitación ahora mismo o gritaré.
Heynes soltó una risa seca y sin humor.
—¿Crees que alguien te escuchará? Este hospital tiene oídos sordos para quienes no saben mantener la boca cerrada.
Sin previo aviso se abalanzó sobre ella, intentando inmovilizarla contra la cama. Madison dio un breve alarido, pero él le apoyó una mano sobre la boca, haciendo presión, a lo cual luchó con todas sus fuerzas, pateando y arañando, tratando de librarse de su agarre. El peso y la fuerza del hombre eran abrumadores, pero la adrenalina y el instinto de supervivencia le daban un impulso extra, por lo que en medio del forcejeo, Madison logró clavar sus uñas en el rostro de Heynes a todo lo largo de la mejilla, haciéndolo gritar de dolor y aflojar momentáneamente la presión en su boca. Aprovechando la oportunidad empujó con todas sus fuerzas, haciendo que enredara sus pies en la alfombra a un lado de la cama. Perdió el equilibro, cayó a un lado, y el movimiento fue tan repentino que no tuvo tiempo de reaccionar.
Su cabeza chocó violentamente contra el borde de la mesita de noche, emitiendo un sonido sordo que hizo eco en la habitación. Heynes cayó al suelo, llevándose una mano al costado de la cabeza, de donde comenzaba a brotar sangre a medida que soltaba un tenue quejido. Madison, por su parte, no esperó a ver si estaba consciente o no. Se levantó de un salto y corrió hacia la puerta abierta, adentrándose en el oscuro pasillo. Sus pies descalzos golpeaban el frío suelo mientras corría desesperadamente hacia el único lugar que sabía podría recibir ayuda: la habitación de Anthony. Al llegar a su puerta, su instinto tomó el picaporte y empujó para entrar, pero en su lugar, se chocó contra la vieja madera. Entonces comenzó a golpearla con la palma de la mano abierta, de forma frenética.
—¡Tony! ¡Tony, por favor, abre! —exclamó, desesperada.
La puerta se abrió rápidamente revelando a Anthony con el rostro alarmado, en calzoncillos, y con el cabello despeinado por el sueño interrumpido.
—¡Maddie! ¿Qué pasa? —preguntó, viendo el pánico reflejado en sus ojos y la respiración agitada. Además, estaba en ropa interior. La escena, lejos de parecerle algo sexy debido a su conjunto negro y pequeño, le parecía sumamente alarmante. Si había salido medio desnuda de su dormitorio, era grave, pensó.
Sin decir palabra, Madison se arrojó a su encuentro, temblando. Anthony solo pudo atinar a abrir los brazos y recibirla en un abrazo, sintiendo como se estremecía cual hoja al viento.
—Está aquí… Heynes… Intentó… —las palabras salían entrecortadas entre sollozos y respiraciones agitadas. Anthony la sostuvo con más fuerza, acariciando el cabello de su nuca en un intento de calmarla.
—Tranquila, ya estás conmigo. ¿Dónde está él ahora?
Antes de que Madison pudiera responder, una sombra oscura apareció en el pasillo, tras doblar el recodo. Heynes la había seguido, trastabillando metro a metro, y ahora estaba allí, con la camisa desarreglada y una mancha de sangre que se extendía desde el costado de su cabeza hasta el cuello. Sus ojos estaban desorbitados, llenos de una furia descontrolada. Miró a ambos, posando su atención en Anthony, y entonces se sujetó de una de las paredes, debido al mareo.
—No deberías haberte metido en esto, chico —dijo, con una voz gutural—. Esto es entre esta maldita zorra metiche, y yo.
De forma instintiva, Madison dio un paso hacia adentro de la habitación, y Anthony se colocó por delante, cubriéndola.
—No voy a permitir que le hagas daño —respondió con firmeza, sus ojos fijos en los de Heynes—. Tendrás que pasar sobre mí.
Editado: 20.04.2026