El amanecer se filtraba tímidamente por la ventana de la habitación, con ese resplandor grisáceo, inclemente y tormentoso, que ya era costumbre. Sin darse cuenta, en algún punto de la noche ambos habían sucumbido al agotamiento y el estrés, quedándose dormidos en un abrazo mutuo, buscando consuelo en la cercanía del otro. Madison fue quien despertó primero, sintiendo la respiración tranquila de Anthony contra su cabello. Sus brazos la rodeaban con una calidez protectora, y por un breve instante, se permitió disfrutar de esa sensación de seguridad. No quería moverse, no quería romper ese momento de paz que, después de todo lo que había vivido, se sentía como un pequeño refugio. En aquel breve pero sabroso momento, la calma parecía un oasis en medio de la tormenta que habían atravesado, tan solo unas pocas horas atrás.
Pero el día comenzaba, y con él, nuevas responsabilidades. Con cuidado, movió una pierna y luego su brazo, sintiendo como Anthony murmuraba algo entre sueños antes de abrir los ojos lentamente. La miró con una sonrisa adormilada, y por un instante, ambos compartieron una mirada de comprensión mutua, sin necesidad de palabras.
—¿Estás despierta? —Le susurró.
—Sí. Lo siento… no quería quedarme dormida.
—No te preocupes —dijo él, acariciándole un hombro—. Creo que lo necesitábamos.
Por un momento, ninguno de los dos se movió. El silencio entre ellos no era incómodo, sino cargado de una sensación de conexión que iba más allá de las palabras. Había algo en la manera en que se miraban, algo que solo ellos parecían entender sin necesidad de decirlo, y entonces volvió a estrecharse contra él, queriendo prolongar el momento.
—Gracias… —murmuró.
—Si vuelves a darme las gracias por ayudarte, dormirás sola. Primer aviso —bromeó. Madison se rio por lo bajo, adoraba el sentido del humor que Anthony tenía, y su eterna capacidad para hacerla reír aunque sea un momento.
—No podría imaginarme un castigo peor —respondió.
—Vamos a desayunar, aún tenemos que hablar con la doctora Sanders, esa será la parte difícil.
—Ya, ni que lo digas.
Ambos se apartaron uno del otro, quitando las mantas de encima. Madison se irguió primera de la cama, sentándose en el borde, y luego lo hizo Anthony. La miró de reojo, deleitándose con su figura, como si quisiera memorizarla con las pupilas. La blancura de su piel que contrastaba con la ropa interior negra, la medialuna de sus pechos que asomaba por el borde de la misma, el tatuaje en su brazo izquierdo, con el diseño de un ave en estilo acuarela, con muchos colores celestes, rojos y verdes. Toda ella era hermosa, frágil, y si tenía que empeñar todo su ser en cuidarla, entonces lo haría sin pensarlo tan siquiera un momento, se dijo.
Se vistieron con rapidez, ya que el ambiente estaba frío, y una vez hecho esto, Anthony se dirigió a la puerta del dormitorio, abriéndola. Ella lo miró, dudosa.
—¿No vas a venir conmigo? —preguntó.
—Claro que sí, pero voy a abrigarme —dijo, mostrándole los brazos. Solo tenía una camiseta de manga corta y los pantalones, era con lo único que había podido vestirse la noche anterior, en medio de tanta locura—. Vas a mostrarle los documentos, ¿verdad?
—Por supuesto, sino no va a creerme.
—Va, recógelos y espérame, vendré por ti en un momento.
Ella le sonrió en silencio, y entonces lo vio retirarse de la habitación. Una vez a solas, se dirigió al baño y abriendo la llave del grifo, juntó agua en la mano sana y se la arrojó a la cara. Sus ojos observaron su reflejo en el cristal del espejo, las gruesas ojeras que comenzaban a formársele y su mano derecha aún vendada. Su aspecto era lamentable, pensó. ¿Qué le contaría a la doctora Sanders en cuanto la viera? Se cuestionó. Obviamente tendría que contarle parte de su pasado, al menos si quería que la tomase en serio. El punto estaba en definir hasta qué punto le contaba. Obviamente que no iba a nombrar las cuatro muertes que arrastraba consigo, así que lo mejor sería abordar el tema por encima, con la suficiente contundencia para que le crea, pero sin entrar en demasiado detalle.
Se peinó con rapidez, se cepilló los dientes y se secó el rostro con la toalla de mano. Se sentía torpe teniendo en cuenta que su mano dominante estaba vendada y lo único que podía hacer era mover los dedos, pero hubiera sido peor estar muerta, así que no se quejaba. En cualquier caso, tenía el presentimiento de que aquello no acabaría bien. No le había dicho nada al propio Anthony para no preocuparlo, pero la inquietud que le invadía el pecho como un oscuro presentimiento, era imposible de ignorar.
Como si con aquel gesto fuese a arrancar de un tirón el pensamiento de su cabeza, se giró bruscamente sobre sus pies y volvió de nuevo al dormitorio, rebuscando en el cajón de la mesita de noche para tomar los documentos antiguos y guardarlos a buen recaudo en el bolsillo interno de su chaqueta, antes de ponérsela. Al salir al pasillo, vio que Anthony venía a su encuentro desde el sector masculino, vestido con un poco más de ropa, acorde al clima.
Tras unos momentos, ambos ingresaron a la cafetería y se dirigieron directamente a la máquina expendedora de café, para tomar una taza cada uno junto con un par de bollitos de manteca. Él fue quien recorrió el lugar con la mirada, buscando a la doctora Sanders, y en cuanto la vio, le hizo un gesto a Madison para que lo acompañara. Al caminar entre las mesas, notaron que algunos médicos y enfermeros los miraban al pasar, no como si fueran monstruos en potencia, pero tampoco como si fuesen amigables. La gente había quedado perturbada e inquieta, y una parte de ellos los entendía. Hacía apenas menos de ocho horas habían asesinado en defensa propia a uno de sus colegas, el hecho estaba fresco en sus mentes.
—Buenos días, doctora Sanders —saludó Anthony, en cuanto llegaron a la mesa—. ¿Podemos hablar con usted?
—Por supuesto —respondió.
Madison sintió un ligero temblor en sus manos cuando tomó asiento frente a la doctora. Anthony retiró una silla de otra mesa y se sentó a su lado, en un gesto que la hizo sentirse un poco más segura, aunque no podía evitar la incertidumbre que la embargaba. Iba a ser difícil hablar de lo que había sucedido, especialmente porque Sanders era una mujer pragmática, poco inclinada a creer en cosas que no pudiera ver o explicar con lógica común.
Editado: 20.04.2026