Casi dos horas después, Madison y Anthony avanzaban por el pasillo en penumbras rumbo a las instalaciones abandonadas del viejo sector psiquiátrico. Caminaban muy juntos, él por delante, tomándole de la mano sana, mientras que alumbraba con la linterna de su propio teléfono celular. Metió este último al bolsillo un solo segundo, para cruzar raudamente el patio interior y esquivando charcos por doquier, y una vez del otro lado, dio un resoplido al mismo tiempo que se cubrían en la entrada del viejo acceso. Volvió a sacar su teléfono, alumbró hacia adelante, y escuchó como el viento ululaba en los confines de aquel sitio, negro como boca de lobos.
—¿Lista? —preguntó. Madison asintió, tragando saliva mientras tomaba una respiración profunda.
—Sí, vamos…
Avanzaron iluminando solo el entorno circundante, en breves fragmentos: paredes descascaradas, azulejos rotos, sillas de ruedas repletas de telarañas y abandonadas a su suerte, y puertas de metal corroídas por el tiempo y la humedad. Un eco de sus pasos resonaba en la vasta desolación del lugar, aumentando la sensación de que estaban invadiendo un espacio que no debería ser perturbado. Cuando llegaron al hall principal, a oscuras y goteando agua por todos lados, Madison sintió un escalofrío recorriéndole la columna vertebral en cuanto vio la puerta cerrada del fondo. Recordaba claramente como la había visto cerrarse de golpe tras el paso de una sombra, pero ahora, enfrentarse a esa realidad le provocaba un nudo en la boca del estómago.
Poco a poco se acercaron a ella. Anthony le soltó la mano un segundo, para tomar el picaporte húmedo de la puerta y probar suertes. Estaba abierto, de modo que lo giró y empujó hacia adentro, cruzando el umbral. La puerta chirriaba de forma estrepitosa, y delante de ellos tan solo se extendía un largo corredor, con las baldosas del suelo rotas y cubiertas de fango, polvo y escombros. Las paredes, alguna vez blancas, estaban manchadas de moho negro, y el aire tenía un olor a humedad rancia mezclado con algo que recordaba vagamente a medicinas caducadas.
A medida que avanzaban, la luz de la linterna reveló puertas entreabiertas a ambos lados del pasillo. Madison se acercó a una de ellas, empujándola con cautela. Dentro había una pequeña sala de tratamiento, con una camilla de metal oxidado en el centro y un viejo armario abierto, del que colgaban algunos trapos ruinosos que alguna vez habían sido batas médicas. Sobre la camilla pudo ver una bandeja cubierta de polvo con instrumentos quirúrgicos antiguos, tijeras, fórceps y lo que parecía ser un largo trepanador, todos manchados de herrumbre.
Madison retrocedió, sintiendo una mezcla de repulsión y tristeza. No podía evitar imaginar los horrores que debían haber tenido lugar en ese sitio. El sector psiquiátrico abandonado parecía un mausoleo de la desesperación y el sufrimiento humano.
—Este lugar es una pesadilla… —murmuró, girándose hacia Anthony, quien la observaba con preocupación.
—Y pensar que alguna vez estuvo lleno de gente, de médicos, pacientes… —respondió él, moviendo la linterna para iluminar otra sala similar a la que ella había visto.
Sin embargo no querían detenerse mucho perdiendo el tiempo en apreciar el entorno, había trabajo que hacer y el tiempo apremiaba, por lo que siguieron caminando. Al continuar por el pasillo, se encontraron con lo que debió haber sido una sala de espera, donde los restos de bancos de madera se alineaban contra las paredes. El suelo estaba cubierto de papeles descoloridos, charcos fangosos y mugre a nivel general, y en una esquina, un antiguo reloj de péndulo marcaba la hora erróneamente, detenido hace décadas. Anthony lo observó por un momento antes de dirigirse a una puerta al fondo del corredor, la cual tenía una pequeña placa de metal que apenas se leía: “Archivo y documentación”.
—Podría estar aquí —dijo, empujando la puerta que crujió al abrirse.
La sala estaba llena de estanterías de metal oxidadas, muchas de las cuales ya se habían caído, derramando su contenido sobre el suelo en un caos de papeles, carpetas y libros. Había un escritorio cubierto de polvo y telarañas, y junto a él, una silla volcada. El aire era espeso y frío, encerrado, como si el tiempo mismo se hubiera detenido en ese lugar. Madison se agachó, empezando a revisar una de las pilas de papeles en el suelo. Eran informes médicos, registros de pacientes, muchos de ellos ilegibles debido a la humedad y el paso de los años. Anthony, por su parte, revisaba las estanterías, tratando de encontrar algo que estuviera en mejor estado. Hasta que de repente, halló algo que lo dejó mudo, paralizado, que ni siquiera dudaba si podría mostrarle a Madison.
—Mierda… —murmuró. Ella levantó la cabeza y lo miró.
—¿Qué?
—Aquí hay algo, pero creo que no es conveniente que lo veas.
Nunca había sentido un tono de voz tan alarmado en él cómo en ese momento, algo que obviamente, la preocupó en un milisegundo. Decidida, se acercó a él y vio que sostenía en la mano una carpeta amarilla. Esa carpeta tenía un rótulo que le resultaba más que familiar, y entonces sintió un vuelco en el estómago.
—Lestrange… —susurró, sintiendo como se le anegaban los ojos, no sabía si de miedo o de sorpresa. —Es el apellido de mi padre.
La abrió con manos temblorosas, encontrando un registro clínico que detallaba la internación de una mujer con su apellido. Una mujer que incluso, había sido ex funcionaria del hospital, actuando como enfermera. El nombre completo en el encabezado era “Margaret Lestrange”.
—¿Qué dice? —inquirió Anthony. Ella recorrió con sus ojos las líneas del informe.
—Describe como Margaret Lestrange había empezado a manifestar comportamientos extraños después de haber confrontado a personal médico, acerca de actividades que consideraba sospechosas. Más adelante la internaron, y comenzaron a medicarla, alegando que su estado mental se deterioraba rápidamente —hizo una pausa y una lágrima se derrumbó por su mejilla izquierda, cayendo en un rincón del documento—. Es mi abuela paterna. Oía a mi padre hablar de ella, de que había tenido que trabajar en un hospital cuando él tenía cinco años, porque su esposo había perdido el trabajo en la fábrica textil.
Editado: 20.04.2026