Anthony llevaba ya un buen rato esperando en el oscuro y estrecho cuarto de mantenimiento, oculto entre los suministros de limpieza y los estantes llenos de productos desinfectantes. El tiempo transcurría lentamente, y aunque trataba de mantenerse en calma, la ansiedad comenzaba a crecer en su interior. Sabía que el plan era arriesgado, pero confiaba en las habilidades de Madison. Habían planeado todo cuidadosamente, y en su mente no cabía el pensamiento de que algo pudiera haber salido mal.
El tic-tac de su reloj de pulsera se hizo insoportable en el silencio. Ya había pasado casi una hora desde que la distracción con el paciente en la habitación 310 se había llevado a cabo. Para ese entonces, Madison ya debería haber vuelto. “No debería tardar tanto”, pensó, inquieto. Anthony dio un par de pasos dentro del cuarto, murmurando para sí mismo. Sabía que las cosas podían ser complicadas, pero el tiempo que había pasado sin noticias de ella empezaba a volverse alarmante.
Decidiendo que debía hacer algo, Anthony abandonó su refugio en el cuarto de mantenimiento y caminó rápidamente por los pasillos desiertos del hospital, con el eco de sus propios pasos como única compañía. Las luces de los pasillos estaban apagadas, lo que indicaba que la mayoría del personal y los pacientes ya estaban descansando. Se dirigió primero al dormitorio que compartían, esperando encontrar a Madison descansando, o esperándolo allí. Al llegar, abrió la puerta con cuidado.
—Maddie, ¿estás aquí? —llamó.
La habitación estaba completamente vacía y a oscuras. Encendió la luz, y vio la chaqueta aún colgada del perchero. Frunció el ceño, con una sensación incomoda en el pecho. Aquello no era normal, si todo hubiera salido como lo habían planeado, ella ya estaría allí, o lo habría ido a buscar. “¿Dónde demonios estás?” pensó, sintiendo como una opresión en el pecho comenzaba a apoderarse de él.
Sin perder tiempo, decidió buscarla por otras áreas del hospital. Caminó de nuevo por los pasillos desiertos, dirigiéndose primero hacia el hall principal, esperando encontrar algún indicio de su paradero. Pasó junto a la sala de espera, luego por el vestíbulo. No había nada. El hospital parecía un mausoleo en silencio, sus frías paredes reflejaban la inquietante soledad de la noche.
Decidió luego revisar las inmediaciones de la oficina de la doctora Sanders, aunque sabía que era poco probable que Madison siguiera allí a estas alturas. Cuando llegó frente a la puerta de la oficina, vio que todo estaba a oscuras. La puerta estaba cerrada con llave, y no se veía movimiento adentro. Frustrado y cada vez más ansioso, Anthony pasó la mano por su cabello, intentando pensar con claridad. ¿Dónde podía estar? No podía haberse ido muy lejos, no en este hospital encerrado por la tormenta. Algo no encajaba.
La inquietud dio paso a la desesperación. Finalmente y en un impulso, decidió golpear la puerta del dormitorio de la doctora Sanders. Si alguien sabía algo, tenía que ser ella. Aunque dudaba que fuese a decirle la verdad, no le quedaba otra opción. En cuanto llegó a su puerta, golpeó con fuerza, sus nudillos resonando en el pasillo desierto. Esperó unos segundos y pronto escuchó pasos desde el interior. La puerta se abrió lentamente, revelando a Sanders con el cabello suelto y vestida con un camisón largo de dormir, bastante holgado, con el rostro relajado y aparentemente sorprendida por la interrupción.
—Anthony, ¿Qué ocurre? —preguntó, frotándose los ojos como si acabara de ser despertada. Él no pudo evitar sentir una mezcla de irritación y desconfianza al verla tan calmada.
—¿Madison ha venido a verte? No puedo encontrarla por ningún lado —dijo, tuteándola por primera vez en años trabajando allí. Intentaba mantener la compostura, pero su voz traicionaba su preocupación. Sanders frunció el ceño en un gesto fingido de asombro.
—No, no la he visto —respondió, con tranquilidad—. ¿Está todo bien? ¿Acaso ha pasado algo?
Anthony la observó durante unos segundos, intentando descifrar si había alguna fisura en su fachada. El tono de calmado de Sanders, su postura relajada, todo en ella lo inquietaba. Parecía demasiado despreocupada, demasiado tranquila, al igual que ellos hace varias horas atrás cuando charlaron con ella por la mañana. Y eso solo intensificaba su sensación de que algo no estaba nada bien.
—Es extraño que Madison desaparezca ahora, después que comenzamos a investigar todas estas cuestiones —dijo. Sanders lo miró en silencio durante un par de segundos, antes de responder.
—Puede que esté en algún otro lugar del hospital, o quizás se haya perdido. Este edificio es grande, y con las luces apagadas… —dejó la frase en el aire, sin terminar, como si estuviera tratando de racionalizar la situación. Viendo como ella poco a poco comenzaba a cerrar la puerta, él levantó una mano y la apoyó en la madera, mirándola fijamente.
—Sé que fuiste tú.
—¿Qué? —preguntó, asombrada.
—Dime que hiciste con ella, y más vale que me lo digas ya —insistió, determinante. La doctora Sanders lo miró con gravedad, y entonces le sonrió, negando con la cabeza.
—No sé de qué estás hablando, hijo, pero yo que tú me iría a dormir. Hoy ha sido un día largo en el hospital, y quiero descansar.
Sin darle tiempo a reaccionar, le cerró la puerta en la cara y la escuchó dar dos vueltas de llave. Anthony se quedó estupefacto, viendo la madera en el pasillo a oscuras, y entonces se dijo que no podía perder más tiempo. El único sitio adonde podía haberla llevado, si es que se la había llevado a algún lado, era el ala abandonada del hospital, por lo que volvió sobre sus pies casi corriendo, hacia el cuarto de Madison. Tomó su teléfono celular, accionó la linterna y metiéndoselo al bolsillo del pantalón, salió rumbo al pasillo que conectaba el sector abandonado con el patio interno del hospital.
A medida que avanzaba por el pasillo, la oscuridad era cada vez más honda, por lo que tuvo que sacar el teléfono del bolsillo para alumbrarse, ya que la noche y la tormenta eran muy cerradas. Al hacerlo, el haz de luz enfocó brevemente hacia el suelo y le mostró algo de vital importancia: había huellas en él. No cualquier tipo de huellas, eran de fango y agua, y no salían del hospital, sino que entraban. Alguien había vuelto hace no mucho desde el sector abandonado de Ashgrove, y al atravesar todo el patio interno, había dejado la marca de sus zapatos en el suelo del pasillo.
Editado: 11.05.2026