El legado de las sombras

16

Anthony había pasado la noche entera en la cafetería del hospital, el único sitio común en donde podía estar devanando sus pensamientos y a buen resguardo, ya que no había nadie allí. Estaba sentado en la misma mesa junto a la ventana, empañada por la lluvia y el viento frío, mientras bebía su cuarta taza consecutiva de café. No había dormido, incapaz de pensar en Madison y en lo que podía haberle sucedido. Sentía una mezcla de impotencia, frustración y mucha rabia consigo mismo. Si tan solo él no hubiera sugerido la idea de revisar la oficina de Sanders, probablemente ella estaría aun abrazada a él, bajo el tibio calor de las mantas en la cama.

Cuando las primeras luces del día comenzaron a filtrarse a través de las nubes grises, la cafetería fue llenándose lentamente. Varios doctores y enfermeros comenzaron a aparecer, buscando un café caliente antes de iniciar otra aburrida jornada más. Entre ellos, también estaba la doctora Sanders. Llevaba su bata clínica de siempre, impecable, con una postura rígida y calculada que no delataba nada de lo que pudiera estar pensando. Sus ojos se encontraron brevemente y Anthony no pudo evitar sentir como un escalofrío le recorría la espalda. Era como si ambos supieran, en lo más profundo, que el otro ocultaba algo, pero ninguno estaba dispuesto a decirlo en voz alta.

Sanders avanzó con paso lento, seguro. Se detuvo frente a él y lo observó durante un segundo, evaluándolo.

—¿Madrugaste, Anthony? —preguntó, con una voz suave.

—No dormí —respondió él de forma cortante, sin molestarse en disimular su desconfianza. No tenía ninguna intención de entrar en juegos verbales con ella. Sabía que Sanders era peligrosa, mucho más de lo que aparentaba.

—¿Aún no tienes noticias de Madison? —añadió, como si fuera una pregunta realmente preocupada. Anthony la miró fijamente, sabiendo que esa era una trampa, una forma de tantear el terreno, de ver hasta qué punto él estaba enterado de lo que estaba ocurriendo.

—No. No la vi en toda la noche —respondió de forma seca, clavando sus ojos en ella.

Por un instante, la expresión de la doctora vaciló, solo un segundo, pero Anthony lo notó. Era como si ambos supieran que estaban caminando por un terreno peligroso, pero ninguno quería ser el primero en revelar sus cartas. Sanders le sostuvo la mirada.

—Bueno, espero que no se haya ido lejos sin avisar, y que puedas encontrarla —dijo, finalmente—. Y con respecto a lo de anoche, entiendo que estabas nervioso. Solo por eso voy a ignorar tu acusación infundada. Hace mucho que trabajas aquí, nunca has tenido un problema con nadie, y te tengo en buena estima.

Él terminó de beber su taza de café de un tirón, en cualquier forma ya estaba casi tibia y debía moverse cuanto antes, ahora que había amanecido. Sin embargo, no dejó de observar a Sanders por encima del borde de la taza.

—Yo también espero encontrarla —replicó, cerrando abruptamente la conversación. No tenía intención de seguir con ese intercambio de frases envenenadas, por lo que se levantó de la mesa, dispuesto a marcharse de allí.

La doctora Sanders lo siguió con la mirada mientras él se marchaba de la cafetería, una vez que había dejado la taza vacía encima del mostrador, y una vez que estuvo fuera de vista, se acercó discretamente hacia su enfermero de confianza, el mismo que la había ayudado a atrapar a Madison durante la noche anterior.

—Síguelo —le ordenó en voz baja, con firmeza—. No lo pierdas de vista, pero hazlo de manera discreta. Si intenta algo, ya sabes qué hacer. Y asegúrate que no quede ningún rastro.

El enfermero asintió, antes de escabullirse tras él, mientras que Anthony se dirigió directamente a su habitación. Sabía que la situación estaba empeorando y que debía actuar rápido, por lo que no quería perder nada de tiempo. Abrió su armario y sacó una chaqueta más gruesa, para protegerse del frío y la lluvia que no cesaban afuera, inclementes. Luego tomó una mochila y con rapidez se dirigió a la habitación de Madison, para llenarla con lo más esencial hasta el momento: el libro de conjuros de protección que había traído desde su biblioteca personal, los documentos que habían conseguido en la alcaldía y que probaban el encubrimiento del hospital, y por supuesto su teléfono celular, que usaría como fuente de luz si la necesitaba. Mientras guardaba todo, su mente volvía una y otra vez a la imagen de Madison, imaginándola perdida en medio del ala abandonada del hospital. No podía permitir que nada le pasara.

Una vez que estuvo todo listo, se dirigió hacia la puerta y saliendo al pasillo, caminó a paso rápido hacia la salida del hospital. Sabía que llevar los documentos consigo no iba a servir de nada, ni modo que los fuera a usar de servilletas, pensó con ironía, pero tampoco podía dejarlos ahí. Sabiendo que la doctora Sanders era una corrupta, nada le garantizaba que en cuanto él pusiera un pie fuera del hospital, ella no se deshiciera de los documentos. Eran pruebas demasiado importantes, y cueste lo que cueste, no se iba a permitir perderlos.

Minutos después, por fin salió a la intemperie. La lluvia estaba helada, y el viento le empujaba de a ratos, teniendo que ponerse la capucha encima de su chaqueta para poder cubrirse tanto como podía. Con los ojos entrecerrados atravesó todo el patio principal del hospital, luego atravesó las enormes porterías de hierro y comenzó a caminar por la solitaria calle oscura, repleta de ramas tiradas, hojas y charcos de agua. Todo el pueblo era un caos, y el fango ahora ya estaba demasiado lavado tras tantos días de agua consecutivos, por lo que a pesar del asfalto, las calles en su mayoría eran un lodazal gracias a que los desagües ya no daban más de sí.

Le entró agua en las botas y no le importó, ya que no podía detenerse. Bajo aquel clima, recordó el agradable momento que habían vivido días atrás, amparados por el calor de la estufa a leña de la alcaldía, y se dijo que si estaba perdida en la fría y horrenda ala psiquiátrica de Ashgrove, entonces debía estar congelándose. Con el corazón comprimido por la amargura y la impotencia, apuró el paso tanto como pudo, casi trotando, mientras el agua le empapaba la cara y salía vaho de su boca.



#186 en Terror
#1232 en Thriller
#462 en Suspenso

En el texto hay: conspiraciones, hospital, ouija

Editado: 01.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.