Madison, mientras tanto, despertaba poco a poco, a medida que el efecto del sedante comenzaba a pasar. En el pasillo del ala abandonada de Ashgrove la oscuridad era densa, casi palpable, envolviéndola en una negrura que la asfixiaba. Cuando finalmente sus ojos comenzaron a abrirse, apenas podía distinguir donde se encontraba. Todo a su alrededor estaba sumido en sombras, un frío cortante se filtraba a través de su piel, penetrando hasta sus huesos, y un dolor agudo le martilleaba la cabeza, debido a la potente medicación.
El silencio era ensordecedor. Al principio, la quietud le resultaba desconcertante, hasta que una sensación de nausea la obligó a ponerse de lado. Su garganta estaba seca, casi desgarrada, y cada intento de tragar era doloroso, como si hubiera pasado horas respirando polvo seco, o quizá gritando. Al girarse, cayó de la camilla y su cuerpo se desplomó en el suelo húmedo y duro, provocándole un quejido de dolor.
Madison intentó moverse, pero su cuerpo estaba entumecido. Con un esfuerzo titánico, levantó la mano para tocar su frente, que palpitaba bajo la presión de un dolor persistente. No había luz, no había ventanas por donde el tenue brillo del día pudiera filtrarse, solo una perpetua oscuridad, y nada más. Un eco lejano, algo que apenas se distinguía en la distancia, la hizo incorporarse con rapidez. El movimiento brusco le provoco una punzada en la cabeza, y tuvo que sostenerse de la pared más cercana a ella para no volver a desplomarse. Sentía que la cabeza le iba a estallar, pero tenía que comprender donde estaba.
Los pasillos a su alrededor estaban cubiertos de moho y suciedad, los muros con la pintura desconchada y los techos plagados de filtraciones por donde goteaba agua. El aire estaba cargado de humedad y un olor penetrante, una mezcla de descomposición y abandono, como siempre había sido. Intentó recordar como había llegado allí, al sector abandonado del hospital, pero las imágenes eran fragmentos rotos en su memoria: la confrontación con Sanders, el enfermero sujetándola, el pinchazo de la aguja en su cuello… Luego, nada. El vacío.
Desperada, intentó gritar, pero su voz salió como un susurro débil. La garganta le ardía, cada sonido que intentaba emitir era doloroso y seco, como si se hubiera quedado sin palabras, o como si algo le hubiera robado la capacidad de hablar.
—¿Hay alguien? —logró decir, con dificultad, pero el eco de su propia voz fue lo único que respondió, rebotando contra los muros vacíos, amplificando su soledad. Un pánico creciente comenzó a aferrarse de su pecho.
Caminó unos pasos tambaleantes, apoyándose en la pared sucia para no perder el equilibrio, ya que sus piernas temblaban y el frío las hacia parecer pesadas como el plomo. Giró hacia la puerta a su espalda, tomó el picaporte y tiró de él, pero estaba cerrada por fuera. Golpeó con el canto del puño tres o cuatro veces, pero no había caso, dudaba mucho que alguien pudiera oírla. Con las lágrimas a punto de desbordarle de los ojos, se giró sobre sus pies y emprendió camino por el pasillo hacia adelante, sin saber qué hacer o adónde ir. Las suelas de sus botas raspaban el suelo cubierto de escombros y polvo, cada paso resonaba en el silencio absoluto. El único sonido que podía oír era el de su propia respiración, rápida y descontrolada.
El frío parecía intensificarse a medida que avanzaba por los lúgubres pasillos. Todo su cuerpo temblaba, pero no solo por el frío. Había algo más, algo en el aire que podía sentirlo cerniéndose sobre ella, sin entender cómo. Sus sentidos estaban al máximo, alerta, esperando… ¿Esperando qué? No lo sabía, pero sentía que no estaba sola. Y ese pensamiento la llenaba de un terror profundo.
De repente, un sonido metálico resonó a lo lejos, como si algo hubiese caído al suelo o se hubiese arrastrado. Madison se detuvo en seco, su corazón latiendo desbocado. Giró la cabeza, intentando ver algo en la oscuridad, pero era inútil. No había luz, ni siquiera una grieta en el techo por donde el exterior pudiera entrar. Su respiración se aceleró aún más.
—No… No… —susurró para sí misma, intentando convencerse de que estaba imaginando cosas. Tal vez el sedante aún le afectaba, nublándole la mente.
Pero el sonido volvió, más cerca esta vez. Algo estaba moviéndose en la penumbra, algo que no podía ver, pero que claramente estaba ahí, acechándola. El pánico la golpeó con fuerza, y empezó a retroceder, tropezando con los escombros. El corazón se le subió a la garganta cuando de repente, sintió un frío gélido rozar su nuca, como un susurro helado. Se giró rápidamente, pero no había nadie. Nada más que el silencio y la oscuridad.
Quiso correr, pero el cansancio y la debilidad la tenían atrapada. Su cuerpo no respondía como ella quería. Siguió caminando hacia adelante, buscando algo, cualquier cosa que pudiera indicarle como salir de allí, aunque sea por un camino alternativo. Pero a cada paso, sentía que esa presencia se hacía más fuerte, más opresiva. De repente, una ráfaga helada la empujó por la espalda, en cuanto llegó al hall principal del ala de psiquiatría, desparramándola en el suelo. Algo intangible, pero real. Una figura etérea, apenas visible, flotaba en la oscuridad. Era un rostro distorsionado, algo que solo podía describirse como una pesadilla hecha carne. Su piel pálida y cadavérica, los ojos hundidos y vacíos, parecía arrastrarse en el aire hacia ella, y reconoció su uniforme en un instante. Era Julianne.
—No… —balbuceó. Madison intentó retroceder, a pesar de que el dolor recorría su cuerpo debido a la caída, pero el terror superaba cualquier malestar físico. Trató de moverse, pero sus piernas se negaban a cooperar. Estaba paralizada, no por el sedante, sino por el pánico.
La figura comenzó a acercarse lentamente en cuanto se materializó a unos metros frente a ella, su boca abierta en una mueca silenciosa de dolor y furia. El frío se intensificó, como si la temperatura del lugar hubiera descendido de golpe. Madison jadeaba, su aliento visible en la gélida atmosfera.
Editado: 01.06.2026