El legado de las sombras

18

Anthony, mientras tanto, había pasado horas revisando los viejos archivos polvorientos en la alcaldía derruida. La tormenta rugía afuera, inclemente, el sonido el viento aullaba a través de las ventanas rotas y las paredes agrietadas del edificio. Cada paso resonaba en el silencio inquietante, interrumpido solo por el crujido de los escombros bajo sus botas y el eco lejano de la tormenta.

Había pasado por decenas de estanterías caídas, ficheros revueltos y pilas de documentos que no llevaban a ningún lado, sintiendo la frustración aumentar con cada segundo que pasaba. Las oficinas vacías le daban una sensación de absoluta desolación. La alcaldía, que alguna vez debió haber sido el corazón del pueblo, ahora no era más que un edificio oscuro en el que por algún sitio debía albergar los viejos planos del hospital. Si tenía registro de cada edificio, construcción, parque y lugar comunal de Ravenwood, debía existir aunque sea una sola copia de la construcción del hospital, por muy vieja que fuese. Y no se iba a rendir hasta encontrarla.

Finalmente, en una de las oficinas más apartadas, revisando cajones de metal y ficheros antiguos, encontró lo que estaba buscando: los planos originales del hospital Ashgrove, con su fecha antigua perfectamente anotada a pie de página, en tinta negra y seguramente a pluma, por lo que pudo notar debido al trazado. El papel era rugoso y amarillento, y debía manipularlo con cautela porque daba la impresión de que con solo mirarlo, ya se podría rasgar. Lo desplegó con cuidado encima del escritorio, apartando de un manotazo todo lo que había encima —mouse, teclado, portalápices, y hasta la propia pantalla de la computadora—, y alumbrando directamente con la linterna del teléfono celular, miró con atención las líneas dibujadas.

Allí estaba, justo lo que estaba necesitando. Había un pasadizo subterráneo, olvidado por el tiempo, que conectaba el patio trasero del hospital con el sector psiquiátrico abandonado. Según el mapa, en el suelo del patio debería haber una compuerta similar a la del sótano que habían descubierto en la vieja morgue, y que si lograba abrir, entonces podía acceder por un largo túnel al sector de enfermería del viejo psiquiátrico. Sintió una chispa de esperanza, algo que hacía horas había comenzado a apagarse dentro de él. Madison aún tenía una oportunidad de ser rescatada.

Cerró el plano y entonces pensó que debía buscar herramientas. La compuerta de acceso a ese pasadizo debía estar oxidada y destruida, endurecida por las décadas y la intemperie, de modo que tendría que forzarla si quería entrar. La alcaldía contaba con un almacén de herramientas de poda y mantenimiento, lo había leído en una de las llaves ubicadas en el tablero de la oficina principal, la primera vez que estuvieron buscando los documentos con Madison, y ahora podría serle de utilidad, pensó.

En cuanto iba a girarse sobre sus pies, escuchó el sonido de pasos acercándose, que resonaban con pesadez en el pasillo. Antes de que pudiera reaccionar, el enfermero enviado por la doctora Sanders se apareció en el umbral de la puerta, igual de empapado que él, con su figura oscura recortada contra la luz gris del día. Era corpulento, mucho más fuerte y grande que Anthony, con una expresión que dejaba claro que no estaba allí para hablar. Su cabello y su barba dejaban caer pequeñas gotitas de agua de lluvia.

—Así que aquí estás —dijo, con un tono cargado de desprecio. Anthony sintió el sudor frío correr por su espalda, pero trato de mantener la calma tanto como le fuese posible.

—¿Qué quieres? —preguntó, con voz firme. —¿Qué estás haciendo aquí?

El enfermero dio un paso más dentro de la oficina, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco que resonó por toda la sala.

—Mi trabajo, claro. El doctor Heynes les advirtió que no se metan donde no los llaman, y menos cuando no tienen ni idea de con quien están jugando. Esto se acaba ahora.

El hombre comenzó a avanzar lentamente hacia Anthony. Sabía que no tenía muchas opciones, por lo que comenzó a alejarse, caminando en sentido opuesto alrededor del escritorio. Era obvio que no podía enfrentarse a él en un combate directo, de hecho, nunca se había peleado con nadie. Pero tampoco podía permitir que ese tipo le hiciera daño, Madison dependía de él.

—Mira, no quiero problemas, solo… solo quiero encontrar a Madison. Si me dejas ir, te prometo que no diré nada. Solo déjame sacarla de aquí —dijo, intentando razonar con él. Al verlo sonreírse, supo que las palabras no tendrían ningún efecto.

—¿En serio crees que van a salir de aquí? Ya no hay vuelta atrás, tú y tu amiguita se metieron donde no debían. Y ahora, vas a pagar el precio, puta rata de biblioteca —lo insultó.

Sin previo aviso, el enfermero se abalanzó sobre él, como una bestia desatada. Anthony apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que una mano masiva lo empujara hacia la mesa con una fuerza brutal. Los planos volaron por el aire, mientras el chocaba con el borde del escritorio, derrumbándose encima. La respiración se le escapó de los pulmones, pero no tuvo tiempo para recuperarse. El enfermero lo tomó por la chaqueta y le asestó un contundente golpe de puño en medio del rostro. La sensación fue como si de repente un enorme martillo le hubiera golpeado la boca, haciéndole sangrar casi enseguida y destrozándole los anteojos. Sintió como pequeños trozos de cristal le rasguñaban la mejilla, cortándolo, y luego un segundo golpe, esta vez poco más arriba del pómulo izquierdo.

Como acto reflejo, le dio una patada en el pecho, no para herirlo sino más bien para apartarlo de sí mismo y tremendamente mareado, rodó por encima del escritorio hasta situarse del otro lado. Apenas podía abrir el ojo, sentía que la sangre de la boca le caía por la barbilla y le dolían los dientes, y en un arrebato de pánico, tomó la silla de madera que estaba a su lado, arrojándola hacia el enfermero. La silla impactó de pleno y se partió en dos al caer al suelo, dándole apenas margen de tiempo para poner el brazo por delante, pero aun así lo hizo retroceder. Sin embargo, no era suficiente. Debía salir por la puerta y huir, y para eso, tenía que encontrar la forma de vencer a ese hombre sea como sea.



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En el texto hay: conspiraciones, hospital, ouija

Editado: 01.06.2026

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