Anthony estaba agotado, física y emocionalmente. Tras la violenta pelea en la alcaldía, su cuerpo dolía en lugares que no sabía que podían doler. Sentía cada corte y cada golpe como si su piel estuviera ardiendo bajo la lluvia. Las heridas abiertas de la pelea con el enfermero aún sangraban un poco, y su cabeza palpitaba en un dolor sordo pero constante. El peso del pico y la maza que había conseguido lo desequilibraba un poco, llevando una cosa en cada mano, mientras en la espalda cargaba la mochila impermeable, en la que llevaba los pocos suministros que había reunido. Sabía que tenía poco tiempo para actuar, Madison dependía de él.
El viento ululaba como una bestia salvaje, azotando las ramas de los árboles caídos y sacudiendo todo a su alrededor. La tormenta, que llevaba días sobre la localidad de Ravenwood, había empeorado aún más, como si quisiera impedirles el progreso a toda costa. El cielo era un caos de nubes oscuras que relampagueaban con violencia, mezclándose con el azote incesante de la lluvia. A pesar de ser mediodía, la oscuridad envolvía el paisaje como si fuera casi anochecer, y cada paso que daba lo llevaba un poco más cerca del límite de sus fuerzas.
Intentó avanzar lo más rápido posible en la intemperie, pero el terreno estaba completamente destrozado. Árboles caídos bloqueaban el camino, sus raíces alzadas hacia el cielo como manos desesperadas. A lo lejos, el sonido de truenos se mezclaba con el silbido del viento, y cada relámpago iluminaba brevemente el entorno, mostrando las huellas de la destrucción: ramas rotas, charcos profundos de agua lodosa, y piedras arrancadas del suelo que hacían aún más traicionero el terreno.
El frío le mordía los huesos, y sus ropas estaban completamente empapadas. Su chaqueta gruesa, la que había traído consigo para protegerse, era poco más que un trapo mojado sobre su cuerpo. Apenas sentía los dedos de las manos, entumecidos, mientras sujetaba las herramientas con fuerza, como si de algún modo aferrarse a ellas lo mantuviera firme ante el caos que lo rodeaba. Pero a medida que avanzaba, la realidad de su situación lo golpeaba con cada ráfaga de viento: estaba solo. Todo dependía de él, y si no conseguía llegar a tiempo, Madison estaría perdida para siempre en ese maldito hospital.
Al cruzar un tramo especialmente difícil, Anthony resbaló sobre una piedra cubierta de barro. Su pie se torció a un lado y cayó pesadamente sobre el suelo, soltando una exclamación de dolor que se ahogó con el viento huracanado. Intentó levantarse de inmediato, pero una punzada aguda en el tobillo lo hizo tambalearse.
—Puta madre… —murmuró, entre dientes. El dolor era penetrante, y sabía que cada paso ahora sería una tortura. Ese retraso podía costarle caro, pero no podía detenerse. No cuando Madison estaba atrapada en un lugar mucho peor.
Apoyándose en el pico como si fuera un bastón, se puso de pie y continuó su marcha, cojeando pero determinado. Las ráfagas de viento eran tan fuertes que en algunos momentos lo hacían tambalearse, y la lluvia lo golpeaba con una furia despiadada. Cada paso le costaba más energía de la que podía permitirse perder, su cuerpo estaba casi al límite, y el agotamiento mental comenzaba a tomar el control.
Las horas pasaban lentas. El reloj en su muñeca apenas era visible bajo la oscuridad y la lluvia. Ya debía ser más allá del mediodía, pero el tiempo parecía haberse detenido en ese entorno hostil. Con su ojo sano entrecerrado, intentó visualizar el hospital en la distancia, pero no veía nada. Había tenido que rodear unas cuantas calles, desviándose varias veces para evitar los árboles caídos que cortaban el paso, y cuando llegó a la esquina de la inmobiliaria de Richmond Hill, supo con desazón que se había desviado mucho más de la cuenta. Sin embargo, podía aprovechar esto a favor, se dijo. Sabía que el viejo Bernard Hill era un gran radioaficionado, al igual que su padre, quien además de fundar la inmobiliaria también le había dejado de herencia todos sus radiotransmisores. Si le pedía ayuda, podría contactar a las autoridades directamente por onda corta de radio, y así enviar asistencia.
Tan rápido como podía, cruzó la calle, entró al patio de la inmobiliaria, rodeó el local comercial y se dirigió directamente a la casa de Bernard, tocando el timbre con insistencia. Pudo escuchar un “¡Ya voy, maldición!” y luego vio la regordeta cara del hombre, tras el mirador rectangular, que lo observó asombrado. Lo que menos se esperaba, sin duda, era ver a alguien llamando a su puerta con semejante tormenta azotándolo todo.
—¿Sí? —preguntó, extrañado.
—¡Señor Hill! ¡Soy Anthony Walker, trabajo en el hospital Ashgrove! ¡Necesito de su ayuda! —exclamó, desesperado. Al escuchar ese nombre, abrió la puerta quitando las trancas, y Anthony pudo sentir el olor a comida recién servida, tibia y apetitosa, que provenía desde el interior de la casa.
—¡Ah, el chico de mantenimiento! Sí, creo que te vi la última vez que mi esposa fue a hacerse unos exámenes de sangre —comentó. Lo miro de arriba abajo, con preocupación—. Cielo santo, ¿Qué pasó? Estás destrozado, hijo.
—Escuche, no tengo tiempo de explicarle. ¿Sus radios aún funcionan a pesar de la tormenta?
—No lo sé, pero diría que sí. Deberían funcionar, no dependen de comunicación satelital. ¿Por qué?
—Necesito que contacte a las autoridades más cercanas, interpol, FBI, autoridades médicas, quien sea, pero hágalo ya. Hay una situación de emergencia en el hospital.
Bernard lo miró con cara de miedo. Por encima de su hombro, Anthony vio cómo su esposa se asomaba desde el comedor, quien seguramente había escuchado la loca conversación.
—Dios mío… ¿Y qué les digo? —preguntó.
—Dígales que Madison Lestrange, una autoridad medica nacional, está secuestrada y corre peligro. Dígales que vengan al hospital, cuanto antes. Y que también encontramos pruebas de fraude médico, por lo que nuestras vidas corren peligro. ¿Lo recordará?
Editado: 01.06.2026