El legado de las sombras

22

Anthony avanzaba con dificultad por los pasillos desmoronados del sector abandonado de Ashgrove, su cuerpo agotado por el esfuerzo de llegar hasta allí y por las heridas que aún le dolían después de su enfrentamiento con el enfermero y la larga caminata a la intemperie. Las sombras danzaban en las esquinas del pasillo, y el eco de su respiración pesada y los crujidos de los escombros bajo sus botas le hacían sentirse observado. El silencio era opresivo, casi como si el hospital estuviera vivo, conteniendo su respiración mientras esperaba que algo terrible ocurriera.

Sus pasos resonaban en el vacío. La linterna de su teléfono, que sostenía en una mano, proyectaba un haz de luz tembloroso sobre las paredes desconchadas y los techos derrumbados. Todo a su alrededor estaba derruido, carcomido por el tiempo y el abandono, era casi como caminar por la boca de un monstruo moribundo. Sabía que Madison debía estar en algún lugar, atrapada, sola, vulnerable. No podía dejar de llamarla cada pocos metros, poniéndose una mano al costado de la boca.

—¡Madison! —gritó, su voz reverberando en los largos pasillos. —¡Madison, soy yo, Anthony! ¡Háblame!

Pero no había respuesta, solo el eco de su voz, que parecía perderse entre las sombras. Las tripas se le retorcían de la angustia, ¿Y si había llegado demasiado tarde? ¿Y si algo le había pasado ya? La imagen de Julianne, ese espectro aterrador que sabía que la había perseguido toda su vida, volvía una y otra vez a su mente. El mero pensamiento de que aquella entidad hubiera podido hacerle algún daño lo llenaba de rabia, pero también de impotencia.

La desesperación lo asfixiaba mientras recorría el laberinto de pasillos, escaleras colapsadas y habitaciones destartaladas. El hospital entero parecía extenderse interminablemente, como si quisiera esconder a Madison para siempre. La linterna temblaba en su mano, el sudor frío le recorría la espalda, pero no podía detenerse. La buscaba frenéticamente, iluminando cada rincón, llamando una y otra vez su nombre.

—¡Madison, por favor! ¡Dime algo! —su voz quebrada reflejaba el terror de perderla para siempre.

De repente, algo escuchó a lo lejos, un ruido débil. Se detuvo en seco, sus sentidos alerta. El silencio parecía aplastarlo de nuevo, pero ahí estaba… un sonido, leve, casi imperceptible, que se desvanecía como un susurro en el viento. Lo reconoció al instante: era la voz de ella, débil, ahogada por la distancia y la angustia.

—¡Madison, ya voy! —gritó, corriendo tan rápido como podía, mientras cojeaba hacia donde creía que provenía la voz.

A medida que avanzaba, el aire a su alrededor se sentía más frío, casi insoportable. El ambiente en el ala psiquiátrica parecía cargado con una energía oscura, como si el pasado trágico y violento del lugar se impregnara en cada rincón de las paredes. Podía sentirlo en la piel, en los huesos. Cada paso le costaba más que el anterior, y el miedo de que algo pudiera estar acechando en las sombras no lo dejaba en paz.

Por fin llegó al final del pasillo, una vieja puerta de metal oxidado que apenas se mantenía en pie. La linterna temblequeaba en su mano, y su respiración se aceleró. Se armó de valor y empujó la puerta con todas sus fuerzas, que chirrió en sus bisagras, y al abrirse, una ráfaga de aire aún más gélido lo envolvió.

Allí estaba ella.

Madison estaba acurrucada en un rincón de la enorme sala, su rostro pálido, los ojos abiertos de par en par, completamente dominada por el pánico. Su cabello estaba despeinado, y sus manos temblaban. Parecía tan pequeña, tan frágil, completamente diferente de la mujer fuerte que él conocía. Lo miró con los ojos llenos de terror, su respiración era errática, y al verlo, su cuerpo tembló aún más. No parecía reconocerlo de inmediato, de hecho una mirada de desconfianza y confusión se apoderó de su rostro. Sus labios temblaban ligeramente, y se aferró al suelo como si él fuera una amenaza, como si estuviera viendo algo imposible.

—Es otra alucinación… —murmuró, sacudiendo la cabeza. —¡Otra trampa de ella!

Anthony sintió un nudo en el estómago. Sabía lo que estaba pasando, sabía que ella dudaba de todo lo que veía. Julianne la había atormentado durante años, y ahora, en ese lugar maldito, Madison estaba sometida a su influencia, perdiendo la capacidad de distinguir entre la realidad y la ilusión. Pero tenía que hacerle ver que él era real, que estaba allí para ayudarla.

—Maddie, escúchame —dijo, acercándose poco a poco, manteniendo una distancia prudente para no asustarla aún más—. Soy yo, Anthony. Estoy aquí de verdad.

—Demuéstralo… murmuró. —Necesito saber que no eres otro de sus espectros.

Anthony sintió la impotencia crecer dentro de él. No podía dejar que ella se hundiera más en esa oscuridad. Tenía que encontrar una forma de hacerla confiar en él, y recordó algo, de vital importancia. Un detalle que solo ellos dos habían compartido, tiempo atrás.

—Madison… —empezó, con voz calmada, intentando atravesar el velo del miedo que la envolvía. —¿Te acuerdas del libro de los enigmas egipcios que estaba leyendo cuando nos conocimos en la cafetería? Ese día, te conté algo… Sobre las bombillas del templo de Hathor. ¿Recuerdas lo que te dije?

Ella lo miró, sus ojos llenos de lágrimas al recordar, pero con una sonrisa en sus facciones, como si las palabras de Anthony hubieran roto una pequeña parte del muro que la separaba de la realidad. Parpadeó, con la respiración aún errática, pero al menos sus manos dejaron de temblar tanto.

—Me dijiste que los antiguos egipcios tal vez… conocían la electricidad. Que las bombillas de Venvera eran una prueba de ello… —murmuró. Anthony sonrió, el alivio y la emoción llenando su pecho.

—En realidad es Dendera, pero sí, exacto. Eso no es algo que Julianne sabría, eso es algo solo nuestro.

Madison lo miró por unos segundos más, procesando la situación. Entonces, como si una compuerta se abriera en su corazón, soltó un sollozo desgarrador y se levantó del suelo, lanzándose hacia él para abrazarlo con fuerza. Sus brazos rodearon su cuello, y su cuerpo temblaba contra el suyo mientras las lágrimas le caían por las mejillas.



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En el texto hay: conspiraciones, hospital, ouija

Editado: 01.06.2026

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