Samuel admiró de arriba a abajo a su hermana. Para Vega, era demasiado discernieron unos ojos orgullosos de unos desencantados; mas solo bastó que él levantase la palma en signo de suficiencia. Samuel dobló el brazo para darle lugar a su hermana, quien colocó su mano alrededor cordialmente.
Su caminar por los pasillos era coordinado, como siempre. La sutil sonrisa en sus labios sellaba el silencio entre los dos. Vega no se permitió temblar siquiera las manos, no frente a él. No entendía si lo que contenía era miedo o admiración; lo más probable es que fuera una mezcolanza. Sus pasos pararon al unísono al posarse frente a la entrada del salón.
—Es tu turno, Vega —expresó con su mirada puesta en ella. Sus ojos nunca arribaron con los de él.
—Lo sé.
—¿Estás calmada?
—Estoy calmada.
—Siempre fuiste una mala mentirosa.
—Es eso lo que tenemos que hacer, ¿no? Lo importante es no dejarnos caer.
—Aprendes bien.
Vega sonrió de lado; era uno de esos momentos de una cercanía genuina con su hermano, tal vez el único. Su voz se alzó insegura, su agarre se aferró.
—¿Crees que consiga a alguien? —preguntó insegura.
—Esperemos que sí.
«Es el "no" más descarado que he oído», pensó ella.
—Piensa en que tu imagen no es más que un título de la corona. Y con eso te diré que nadie es tan osado como para rechazarla.
En ese momento, Vega sintió un apretón en su mano que se acrecentaba. Tembló al sentir la respiración de su hermano acercarse a su nuca.
—Compórtate y no nos decepciones.
Vega asintió con lentitud, sabiendo a lo que se enfrentaría si esta noche no resultaba como ellos querían. Samuel la soltó sin decir una palabra más, dejándola en soledad por completo.
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El salón estaba repleto de secretos y parlerías. Las damas portaban extravagantes peinados con trenzados que estiraban la piel hasta casi desgarrarla y vestidos con faldas gigantes adornados con moños y olanes de colores pastel.
Algunos extranjeros podían ver las que, para ellos, eran vestimentas totalmente extrañas. Sobre todo en los caballeros, quienes contemplaban incómodos al mirar el cabello natural expuesto de los nativos, y no con una melena artificial. Las damas con sus hombros al descubierto en un revelador escote. Era el año 1720, y rondaban soldados con armaduras metálicas; en el interior, todo era un palacio.
El salón resplandecía entre sus pinturas con detalles de oro y plata. Las imágenes en el techo con miles de ángeles y santos que proclamaban al único Dios, amoroso y gentil. Candelabros iluminando la velada. El bufet ya listo para ser comido en la mesa. Todos esperaban impacientes la llegada de la debutante para comenzar con el festejo. Sus copas ya llenas con vino.
Siete de los nueve hermanos De ‘Rosas seguían bastante indispuestos manteniéndose en el mismo lugar, esperando a Vega y que hiciera su entrada, hasta que Samuel llegó a posarse junto a ellos.
—¿Dónde estabas? —reclamó Catherine.
—Vega necesitaba unas palabras.
—¿Qué? ¿Esa niña aún no puede cuidarse sola?
—Basta —infirió Samuel.
El hombre tomó la copa con su vino y avanzó hasta llegar al centro de la escalera imperial. Con una señal de cabeza, indicó a sus hermanos que llamaran la atención de los invitados. Tomaron una cucharilla de plata cada uno y las golpearon ligeramente contra las copas. Las miradas recayeron en la familia real como un dominó, hasta que todos se enfocaron en el heredero. El príncipe inhaló hondo para alzar su voz.
—Queridos invitados. Primero y antes que nada, les doy un sincero agradecimiento a toda la familia y amigos que pudieron venir desde los distritos más lejanos de nuestro imperio, hasta nuestros invitados que navegaron desde la distante Europa.
Samuel dio una pequeña pausa para asegurarse de que todas las miradas estuvieran en él.
—Me enorgullece saber que Adeira, aunque no por ser de un continente tan majestuoso como lo puede ser el europeo, nos ha bendecido con lazos y aglomeración. Es una pena que nuestra localización se encuentre compartida entre naciones practicantes de magias oscuras. Pero nuestro legado, Adeira, y su imperio han sacralizado con éxito a la gente alrededor de todo nuestro sur. Sin mencionar la victoria de nuestros ancestros y los suyos al evangelizar al país más temible del mundo entero. Ahora nuestra corona tiene la misión de proteger estas tierras y a su hermosa gente.
El público aplaudió. Samuel irguió el pecho, regocijado, y esperaba que el sentimiento no fuera apagado.
—Y ya hablando de mi familia, me complace anunciar la mayoría de edad de la joven de los hijos del rey. Una dama delicada, firme en convicción, pero atenta al deseo de sus seres amados. A quien le sobra belleza y corazón. Una mujer encaminada a ser, como toda mi sangre, un orgullo para su nación y su familia. Damas y caballeros: la novena hija del Rey Eduardo II de Adeira, Vega Victoria María De ‘Rosas Nedersi de Adeira.
Los invitados voltearon a las puertas sobre la escalera imperial, las cuales se desplegaron y mostraron a la debutante. Y allí estaba Vega, la imagen de una actriz con el papel de una delicada flor. Todos se reverenciaron ante ella.
Bajó a pasos lentos y cuidados, hasta llegar junto a Samuel, quien tomó su mano para acompañarla en su camino hasta llegar al último escalón. Al tocar el suelo, fue como si una barrera se extendiera a su alrededor con las personas abriendo paso, y no necesariamente por respeto. Su hermano Samuel volvió a su discurso.
—He aquí la maravillosa dama de quien les he hablado. Quien se embarca en la búsqueda del compañero que cualquier jovencita quisiera desear…
Las palabras de Samuel siguieron. Vega, sin embargo, sintió un extraño y desconcertante sentimiento esparciéndose como un aura a su alrededor. Ciertas miradas de desprecio en los invitados. Algunos daban pasos hacia atrás, tratando de apartar la mirada. ¿Había algo raro en ella? Pero antes de que siquiera pudiera seguir con sus sospechas, oyó su voz pronunciada por su hermano mayor.