Haze rodó por el suelo. Su mano sobre su pecho, el cual subía y bajaba. Abrió los ojos con lentitud para volver a admirarla. Notó su cuerpo entumecido entre sus manos protectoras. Estaba de espaldas a él. Parecía que ni ella notaba las lágrimas que aún corrían por su cara, pues sus sollozos eran nulos. Haze se arrastró para verla mejor; su brazo tumbado sobre el suelo descubría un río de sangre.
—Su alteza, está herida. Permítame.
Rodeó su cuerpo hasta agacharse junto a ella. Le sorprendió verla tranquila, en cierta manera.
—Déjeme ver.
Vega no hizo ninguna señal de rechazo o aceptación. Las manos de Haze la tomaron con cuido pulcro. Extendió la mano donde yacía su herida. Contempló bien el rasguño. Iba recto en todo su antebrazo hasta llegar al doblez de este. Su mirada se suavizó. Era lo bastante profunda como para requerir atención inmediata. Giró su mirada hacia su derecha, analizando cuánto tiempo le tardaría llevarla a un lugar seguro. Tocó su hombro, precavido. Sus ojos se enfocaron en los de ella. Era cuestión de tiempo que ella contestara con los suyos.
— Su alteza... —dijo, aclarando su garganta — ¿Cómo llegó ahí? ¿Quiere hablar de eso?
Vega bajó aun más la mirada.
—La verdad no. No ahora, al menos.
Haze suspiró, sintiendo una creciente impotencia instalarse en su pecho.
—Está bien. —Se detuvo un momento para tomar aire—. ¿Puede levantarse?
—Sí. Eso creo.
—Venga, la llevaré a un lugar seguro.
—Solo no me lleves al palacio. Por favor —imploró; su tono transformado en uno más desesperado.
—Bien, está bien. —Sus manos se alzaron en un signo apaciguador.
Vega sintió cómo le recorrió una ola de alivio. Haze la tomó por los hombros, levantándola hasta dejarla en pie, cuando se tambaleó ligeramente por un creciente mareo. Él la sostuvo en seguida.
—¿Está bien?
—Sí, estoy bien. ¿A dónde iremos?
—Te llevaré a una enfermería.
—¿Una enfermería?
—El bosque tiene algunas. Son más bien como bodegas, por si surge una emergencia. Ven.
Ambos deambularon por el bosque hacia la presunta bodega. Ninguna palabra partió el silencio. Poco a poco, una pequeña choza se aclaró conforme caminaban. Estaba hecha de adobe, con algo de paja en el techo. Muy bajita, y con una puerta de madera que daba la impresión de estar húmeda y vieja. A Vega le pareció tierno de cierta forma. Sus ojos se iluminaron un poco al menos. Haze sonrió al percatarse.
Empujón la puerta con su hombro. Al entrar, había una mesa pequeña de madera, vieja, con patas desiguales. Repisas con remedios y hierbas, unas dos en cada pared. Al otro extremo de la casita, una chimenea con madera, al parecer húmeda.
—Permítame, señorita.
Haze la cargó un momento, alzándola para dejarla sobre la mesa. Entonces tomó un par de piedras de carbón, lanzándolas a la chimenea, y de un golpe avivó el fuego que prendió la madera y el carbón. Los ojos de Vega se abrieron grandes ante tal habilidad, pareciéndole algo inusual, mas no dijo nada por su ignorancia sobre ello.
El pequeño refugio se tornó en colores cálidos. Daba la sensación de estar en una choza de cuentos. Sus pies se balancearon cuando la idea llegó a su cabeza, y los labios de Haze una vez más dibujaron una sonrisa. Sin más, comenzó a buscar cosas que le ayudarían a curar la herida de la dama. Vega, por su parte, seguía fascinada con el lugar. Al poco tiempo, Haze se acercó con vendas, agua y remedios. Con voz cálida, le explicó el procedimiento.
—Bien, alteza. Voy a limpiar la herida con agua y después aplicaré esta hierba para evitar la infección; después la vendaré.
—¿Será muy notable el vendado?
— Algo ¿Quiere esconderlo?
—Me gustaría.
—Bueno, intentaré hacerlo discreto. Pero no prometo nada.
Vega sonrió con humor, hasta que su piel ardió en un pinchazo que la retorció. Su brazo instintivamente quiso escapar del agarre del caballero. Haze la soltó, alarmado.
—¡Lo siento! ¿La lastimé?
—N-no lo creo. Solo arde.
—Estoy limpiando la herida. No se lo advertí, perdóneme.
—¿Dolerá más?
—Por unos segundos. Pero necesito que se quede quieta. ¿Sí?
Vega suspiró una vez más, pero no tardó en asentir. Haze le dio otro leve apretón, continuando con el trabajo. Pequeños gruñidos salieron de la boca de Vega. El dolor por lo menos era soportable, equiparable a otros que ya había padecido antes. Haze fue delicado en la limpieza. El sonido del fuego era un buen acompañamiento para su tediosa tarea. Hasta que la voz de Vega rompió el hielo.
—¿Es muy grave?
—No, pero no queremos que se infecte. En los siguientes días acude a mí para cambiar tus vendas. ¿Está bien?
—¿Tardará en sanar?
—¿Dos semanas es mucho tiempo para ti?
—Algo.
—Pues espero que no lo sienta como una eternidad.
Haze rio, tratando de aligerar la tensión que residía en ella. No funcionó.
La mirada de Vega aún estaba enfocada en el suelo. Su cuerpo se contenía en tensión, y él sospechaba que no era solo el ardor o la herida.
Tomó el aire suficiente, y se atrevió a preguntar.
—¿Qué le preocupa tanto?
Como era de esperarse, las palabras de Vega tardaron en llegar.
—No es nada. Solo... —y una vez más se quedó sin ellas.
—¿Volviste a estar sonámbula?
—No.
—Entonces, ¿cómo llegaste a ese precipicio?
—No lo sé. Solo comencé a alucinar de repente. O tal vez sí estaba sonámbula, o... —Trató de remediar la poca consistencia de sus afirmaciones.
Haze volvió a observarla con ojos entreabiertos y labios torcidos.
—¿Está segura?
—No. — Admitió con una melancolía pesada. — no sé lo que pasó.
—¿Lo hizo por voluntad?
—¡No! ¡Claro que no!
—Alteza, se nota que algo le aflige. Dígame, ¿fue por algo que le sucedió en la fiesta?
Vega se paralizó, pensativa otro par de segundos, mientras que Haze colocó la hierba alrededor de su brazo, tan precavido como antes.