El Legado de los De' Rosas

Ocho

Sus compañeros apenas si notaron su ausencia. Salió de su habitación con una bolsa de cuero. Llevaba un cuaderno, una soga y dos bolsos de tela. La armadura no le sería práctica. Llevaba una camisa blanca de algodón junto a unos pantalones de lino y unas botas. La noche sería su coartada.

Sus pasos eran cuidadosos, su aliento medido. Sabía que ningún escuadrón era enviado a esas horas de la noche, o al menos no al bosque. Esa nunca fue la inquietud. Se movió entre los muros de piedra, entre los inmensos ventanales del palacio; su cuerpo se ajustaba al angosto espacio.

Un crujir metálico y tambaleante se aproximó hacia él. Asomó la cabeza y el joven guardia pasó de largo; sus ojeras pesaban más de hartazgo que de desvelo. Rodó los ojos ante la habitual negligencia de la guardia real y de los propios hermanos De' Rosas. Aunque eso siempre le convino.

Continuó con su trayecto hasta la lejana y solitaria habitación de la joven Vega. Trotaba con tal ligereza que se pudiese decir que tan solo era el crascar del pasto. Llegó, entonces, a las partes más remotas del palacio. En su piso más alto lo esperaba el balcón de la princesa maldita.

Sacó la soga, tomando su extremo y anudándolo alrededor de sí. Balanceó su brazo con la cuerda, calculando su fuerza. Se agachó para tomar impulso y realizó un lanzamiento hasta que la soga salió disparada, cayendo sobre uno de los pilares del balcón. Tiró de ella hasta que quedó apretada.

Vació algo de cal en ambas manos, frotándolas. Luego, entonces, pegó su pie a la pared. Después el otro. Enrolló la cuerda entre sus puños y, poco a poco, fue escalando. Cada tanto miraba hacia los lados, aunque supiera que no habría nadie que lo delatara. Tal vez. En unos dos minutos ya había pegado el brinco al balcón. Se sacudió el polvo.

Dos puertas esculpidas se alzaron frente a él, apenas iluminadas con una pobre luz anaranjada. Peinó sus cabellos hacia atrás, casi por reflejo, antes de tomar las manijas.​Cerró el ventanal tras colarse en la habitación de Vega. El ambiente era tan lúgubre que le provocó un escalofrío. El silencio era roto solo por el murmullo del viento que rozaba las cortinas.

—Tardaste mucho.

Volteó sin aire. Ella lo esperaba sentada en su cama con sus manos sobre las piernas; una sonrisa delgada y desafiante cruzaba sus labios. Sus piernas colgaban, columpiándose como las de un infante impaciente. Estaba entre unas velas encendidas y un cuaderno abierto a su lado. Ladeó su cabeza.

—¿Tardaste en trepar o en decidir si querías verme? — Vega cruzó los brazos.

—Me tentó la idea de arrojarme antes que verte —replicó Haze, apoyándose contra la pared.

Vega bufó, divertida.

—¿Así que este será tu trato a partir de ahora?

—Estamos pactados, no tienes más opción que soportarme.

—¿Te entretuvo la caminata?

—Fue una bonita distracción antes de venir al infierno.

—Me alegro. Ahora —juntó sus manos— espero que nuestra clase sea divertida. Adelante —y le indicó con la cabeza la silla frente a ella, colocada especialmente para él. ​

Él no se sentó.Vega frunció los labios con ojos exageradamente suplicantes.

—Vamos, prometiste que me explicarías cómo funciona eso.

Haze suspiró, cruzandose de brazos los brazos, con la barbilla altiva.

—¿Y qué quieres entender?

—Bueno, para empezar quisiera saber cuáles son las “partes” que puedo conocer.

Haze hizo oídos sordos y se dirigió a su tocador; arrojó algunas cosas, colocando la bolsa sobre el mueble para comenzar a esculcarla. Sus brazos empujaban aún más cosas al suelo.

—¡Oye, oye, oye! —gritó indignada—. ¡Basta! Es importado de Europa.

—Pues ve a Europa por otro entonces.

Su boca se extendió con indignación. Pero antes de que pudiera reclamar, el bolso golpeó su rostro.

—¡Agh! ¿Hace cuánto no lavas esto?

—Vinimos a hablar de magia, no sobre mis hábitos.

—¿Te han dicho que eres encantador?

—No siempre, pero gracias, majestad —sonrió con descaro, lanzando con diversión una de las bolsitas.

—¿Te diviertes?

—Es evidente.

A Vega le tembló el párpado.

—Bueno, basta —exclamó, mirando directo a sus ojos—Comportémonos como dos adultos y acabemos con este pacto rápido. Ahora, siéntate.—Vega apuntó el espacio frente a ella— y dime lo que sabes, por favor.

Un "hmm" salió de los labios de Haze.

— Como diga, alteza.

Vega cerró los ojos y solo dejó pasar la falta. Haze se sentó frente a ella con una pierna colgando sobre el colchón. Vació la bolsa, de la que llovió polvo dorado sobre su palma. Vega alzó la cabeza.

—¿Qué es eso?

—Polvillo para ilusiones.

—¿Ilusiones?

—Las necesito. No soy un mago de mente de nacimiento.

—¿A qué te refieres?

—Mira y calla.

Y con un soplido, el polvillo salió disparado, esparciéndose por la habitación y coloreándola de un aura azul centelleante, para después envolverlos en una cúpula. Vega contuvo la respiración; sus ojos se iluminaron como estrellas. Sus cabellos se elevaron como si se sumergiera bajo el agua. Pareció un cielo creado solo en los sueños de un niño.

Vega se tocó el corazón.

— De verdad es un ilusión.

—Una esfera de ilusiones —corrigió él.

—Es impresionante —decir "precioso" era poco precavido.

Haze apenas sintió sus propios labios torcerse en una sonrisa. Sacudió la cabeza para borrarla.

—Bien, princesa, concentrémonos. Hay mucho que hacer y que descubrir.

Vega asintió con una sonrisa determinada. Haze no esperó más y, con un poco de polvo extra, le dio un soplido brioso. La brisa dibujó tres símbolos alrededor de ella: un conjunto de estrellas dentro de un aura un poco más oscura de lo que ya era la cúpula, dos raíces cruzadas y un corazón con una estaca ardiendo en fuego negro.

—Empecemos con lo importante.— expresó Haze, con un tono didáctico.—Hay diferencias entre hechizos, maldiciones y conjuros.



#767 en Fantasía
#3359 en Novela romántica

En el texto hay: magia, thriler, #romantasy

Editado: 06.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.