Se levantó del banco. Levantó el bastón. Acomodó el libreto en el atril, buscando al azar entre las páginas; entonces encontró Aria Sexta. Se colocó sobre la almohadilla. Retiró sus cabellos de la frente, colocando sus dedos ya acostumbrados sobre las teclas. Su toque fue inseguro al principio, intercambiando la mirada del instrumento a la partitura, como si tratara de acostumbrarse al proceso tradicional. Fue cuando sus pesos recayeron tenaces sobre las teclas, obligándolas a cantar.
Dejó que su alma fuera la guía de sus manos, primero una escalonada para después volver a bajar. Su mano izquierda tocaba estricta con los acordes; la derecha danzaba entre las notas como si corrieran en un jardín de rosas. Las notas se unían en una sincronía casi celestial cual cobijaban su espíritu. A la vista de otros, pudo aparentar arrogancia con la coreografía de sus manos, hombros subiendo y bajando, mas aceptaba su egotismo. Entonces llegó la parte complicada. Cerró los ojos confiada por el fuego en su corazón y golpeó el instrumento. Sus dedos balanceándose con violencia. Sus pómulos se estremecieron en una sonrisa. Y la pasión la mantuvo en un mundo donde lo físico se volvía inexistente, reclamando su espíritu como un ángel o un demonio. Fue cuando una voz la reclamó en el presente.
— Princesa Vega.
Sus manos cayeron como piedras sobre el piano. Se giró con brusquedad hacia la joven sirvienta, saltando del banco con un chirrido metálico. La sirvienta hizo una reverencia antes de dar su anuncio.
— Su alteza, su hermano el príncipe heredero la llama para tener una charla en su despacho.
Un trago amargo pasó por su garganta.
— ¿Es urgente?
— No sabría decirlo —expresó la muchacha, tímida—. Pero su hermano parecía bastante serio cuando me lo pidió. Tal vez es mejor que vaya lo antes posible, alteza, con todo respeto. —Y dio otra reverencia.
Vega miró al suelo con disimulo. Asintió de forma automática.
— Iré en seguida.
— Después de usted, alteza.
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Recorrieron un par de pasillos sin interacción alguna. Vega imploraba que no fuera porque Erick o Elizabeth la hubieran delatado, aunque fuese lo más evidente. Contrajo sus párpados. Las preguntas evasivas ya se organizaban en su cabeza. La mentira y la confesión se debían mezclar con tal cuidado para convencer a su hermano de un noble objetivo, aunque realmente lo fuese.
Llegaron a la puerta del príncipe: madera blanca recubierta de oro con dos fénix tallados posados en un rosal. Vega soltó aire. La sirvienta tocó dos veces.
— Su alteza, la princesa Vega está aquí.
Un silencio angustioso gobernó unos segundos, hasta que se dio la contestación.
— Haz que pase, y retírate.
La dama se inclinó hacia la puerta y se giró a la princesa, a quien le dio la última reverencia. Vega agradeció y esperó a que el sonido de los pasos de la joven se desvaneciera por completo. Tomó la manija, ignorando el escalofrío que se expandió desde sus manos. Al abrir la puerta, una luz gris la envolvió.
El despacho era estrecho. Dos estanterías de lado a lado que apenas contenían libros. Era el único salón que no poseía una chimenea. Enfrente, el ventanal con las cortinas semicerradas, y la silueta de su hermano, observando al pequeño cúmulo de luz que lograba entrar y a su sombra bañada en un negro absoluto.
Vega dio dos pasos sigilosos, girándose a la entrada, donde yacía colgado el retrato de su padre ausente. Dio la más sincera de las reverencias como el protocolo lo indicaba. Se giró nuevamente hacia su hermano, dando una reverencia más. Mordió sus labios.
— ¿Me llamaste, hermano?
Samuel permaneció inmóvil, algo habitual en él cuando el humor no estaba necesariamente presente. Vega hizo un suspiro inaudible. Después de tanta tensión contenida, y aún sin hacer ni un solo movimiento, Samuel dejó ir la pregunta con esa voz que su padre le había enseñado a utilizar.
— ¿Qué pretendes esta vez, Vega?
Las evasivas minuciosamente planeadas se desvanecieron como ceniza.
— No sé de qué estás hablando-
— Hacerte la tonta jamás te funcionó —respondió él con severidad.
Vega tragó en seco y sus manos volvieron a contraerse.
— ¿Tengo permiso para hablar?
— Eso depende. —Y finalmente dio la cara.
Su semblante se reveló con sus ojeras grisáceas, visibles incluso entre las sombras. Su cabello estaba cepillado de tal manera que ni un mechón se saliera de su lugar, pero sus ojos resplandecían sin alma alguna. La miró de arriba abajo.
— Siéntate —ordenó sin tacto.
Vega obedeció, la mirada al frente con cuidado de no cruzarse con la de su hermano. Samuel aprehendió el respaldo de la silla, inclinándose ligeramente hacia su hermana.
— Te volveré a preguntar, Vega —su agarre aumentó—. Qué. Pretendes. Hacer. Ahora.
Fue inevitable para Vega no bajar el rostro, buscando una manera de escapar del embrollo en el que se había metido.
— Con todo respeto, hermano —comentó con alta precaución—. Me gustaría saber qué es aquello de lo que me estás culpando.
— ¿Culpando? —Samuel alzó la barbilla. Sus ojos brillaron en la oscuridad.
Vega se pellizcó la muñeca. Se pudo escuchar un rasguño a través de la plata de la silla. Las pupilas del heredero se encogieron en un punto abrumador, ocultándose levemente tras su párpado entrecerrado. Soltó la silla, rodeándola.
— Bueno, ya que no vas a decirme, te lo preguntaré directamente. —Samuel estrujó los hombros de Vega con una lentitud tortuosa.
Las cortinas dejaron de balancearse y la poca luz de sol fue cubierta con nubes de tormenta. Hasta el último “clac” del reloj tardó en llegar. Inmóvil como una estatua en aura militar, su voz se alzó como la de un rey exigiendo respuestas al enemigo.
— ¿Qué trataste de hacer con Elizabeth?Una ráfaga de viento levantó los rizos de Vega, mientras que en su hermano solo algunos pliegues de ropa osaron moverse.