La armería yacía vacía. La luz de la luna se reflejaba entre las espadas de plata y los escudos de hierro, adornados con joyas preciosas que representaban el poder de sus altezas los príncipes. Solo una palabra pasó por su cabeza al observarlos: “Asqueroso”.
Ahí, como si estuviera condenado a permanecer en la posición de soldado, observaba con ojos contenidos el brillo arrogante de las joyas. Piezas de corazones. O al menos eran lo que los rumores dictaban, y no era tan difícil de creer.
Giró su cuerpo, aún sin despegar la mirada de aquella espada con una supuesta esmeralda incrustada en su mango. No sería la última vez que se encontraría con aquella atrocidad disfrazada de lujo.
Dejó su yelmo sobre uno de los bancos. Una a una, fue desprendiéndose de cada parte de la armadura. Aprendió a dejar de temblar al desprenderse de su disfraz. Sin el escudo metálico sobre su cuerpo, solo quedó una camisa de lino y unos pantalones cafés. Se sentó nuevamente para colocarse sus botas de cuero, sacudiendo su cabeza con frecuencia para borrar sus pensamientos, espetando un suspiro quejoso cada tanto. Se le cruzó un recordatorio por la cabeza: Vega. Lo tedioso que sería lidiar con alguien como ella una noche más y sin saber cuántas faltaban. Una mano se cruzó por su nuca como si los dedos quisieran arrancarle la piel.
Tomó su bolso de cuero, ya cargando con lo necesario (solo una cuerda), y se dirigió a los aposentos de su princesa. Tomó el mismo recorrido. Su caminata fue tan descuidada sin temor a ser retenido; no rompía ninguna regla. Y en unos cuantos minutos, ya estaba bajo el balcón de su dama.
Lanzó la cuerda, asegurándola alrededor del balaústre. Primero un pie, después el otro, hasta que acabó sujetándose con fuerza a los barrotes. Pegó un brinco. Las puertas ya estaban abiertas. El viento nocturno mecía con suavidad las cortinas. Las apartó sin tener en consideración la delicada confección de los hilos.
Entrando, lo primero que vio fue a ella, o a su espalda al menos. Su postura se encorvaba sobre un simple banco de madera, inmersa en su escritorio, con un candelabro a punto de quemar unos pergaminos vacíos y una torre de cuadernos más, abiertos donde su pluma se intercalaba entre ellos y lo que parecía ser un libro. Sus rizos yacían enredados entre ellos como nidos de aves.
Se inclinó un poco, con el impulso de comprobar si realmente se trataba de ella. No fue necesario después de que Vega gruñera en medio de su escritura. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?
—Te ves concentrada.
Vega casi voló de la silla. Su cabeza se giró con violencia como la de una lechuza. Dolió. Pero al identificar al soldado rubio toda tensión se esfumó en todo el aire que pudo salir de su pecho. Su mano se fue contra su corazón aturdido.
—Casi me das…
—No terminó por tomar un respiro (que soltó inmediatamente).
—Yo que tú sería más precavida —dijo él, volteando a ver hacia el balcón abierto.
—Me escandalecería más si tocaran la puerta.Haze levantó la ceja, mirando a un lado tratando de hallarle sentido a sus palabras.
—Claro. —No quiso discutir más.
Dio un paso pesado junto a un berrido. Alzó la mirada sobre la cabeza de Vega, sus manos atrás como un niño entrometido. Levantó una ceja al identificar el mismo libro y la misma página que la del otro día en la biblioteca.
—¿Otra vez ese libro? —Se movió a su lado, colocando sus manos sobre el escritorio, pero sin tapar la información.
Vega se recorrió sin molestia y apuntó a la esquina de la página amarillenta.
—Este símbolo —dio dos toques al libro— puede ser más relevante de lo que creíamos.
Como una niña que pide aprobación, Vega observó a Haze, quien imitó inconsciente su misma expresión barahúnda, pero no por la misma razón que ella.
—¿Por qué dices que lo es?
—Verás —se acomodó en su asiento—, vi este símbolo en el librero de mi hermano.
—¿Dónde exactamente?
—En un libro.
—¿Qué?
—En su librero, a plena vista.Haze volvió al libro, como si el tan solo ver la imagen ya le diera la capacidad de descifrarla.
—¿Pero cómo…? —La pregunta se atoró como un raspón en su garganta, ensimismada por otra—. ¿Por qué?
—Lo mismo me pregunto yo —contestó en la misma sinfonía.
Vega entonces tomó el primer cuaderno sobre la torre y lo colocó justo al lado de la página, volviendo a tocar dos veces el escrito para llamar su atención.
—Mira. No es solo eso, también estaban estos símbolos.
—¿Dónde?
—Justo en el lomo, debajo del símbolo.
Haze se inclinó más hacia el cuaderno. A pesar de su forma irregular, le parecieron familiares. Rápidamente, la respuesta llegó en forma de recuerdo.
—Ridot-ça —murmuró sin despegar la vista.Vega alzó la suya, sus ojos abiertos como platos ante la revelación.
—¿Rid-qué?
—Ridot-ça —repitió él como si saboreara las sílabas en su boca—. Un lenguaje antiguo de los Crystals.
—¿Qué tanto?
—Lo suficiente como para ser una lengua extinta.
Un suspiro deslucido salió de Vega, apoyando su rostro sobre su palma. En cuanto a Haze, muy apenas le cabía en la cabeza cómo algo así se encontraba a tan plena vista como para que Vega lo hubiera descubierto.
—¿De verdad estaba al descubierto?
—¡De verdad! —respondió con igual incredulidad.—¿Lo habías visto antes?
—No lo creo… —Vega permaneció pensativa con la última frase. Cruzó sus brazos.
Haze permaneció inmutado, aún con los ojos ensimismados en los escritos.
—Algo no está bien aquí —murmuró él.
—Si mis hermanos no tenían registros…
—Tal vez sea uno, o un libro muy antiguo.
—¿Uno en este idioma?—Esa es la cuestión.
Vega volvió al libro; una idea ya se formaba en su mente. Llevó los dedos a la punta de sus labios.
—Tal vez lo entiende.
—¿Cómo es que tu hermano lo entendería?
—¿Está totalmente extinto? Haze subió la mirada, como si de esa forma encontrara la respuesta.